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De visita al Zoo

Ayer fuimos a un Safa… bueno, a un zoológico. No estuvo mal, sobre todo poder acariciar leones cachorros y jugar con ellos. Son gatitos pero con más mala leche. Luego dimos una vuelta por la reserva donde tienen leones encerrados en unas explanadas y paseas en el jeep a su alrededor mientras te miran con cariño. No son leones salvajes, no saben cazar. Los alimentan con el 20 por ciento de su peso en carne de vaca todos los domingos. Se pasan 20 horas al día durmiendo y pegan al día hasta 15 polvos, de cinco segundos, nada mal.

El safari de hoy sí estuvo de otro mundo. Os dejo las fotos de ayer, luego subo las de hoy.

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Me comí el Safari

No fui de Safari, aunque sí me lo comí. Voy el domingo, hoy teníamos que estar a las diez de la mañana allí y como siempre, salimos tarde. Nos fuimos al mercadillo de Bruma, un barrio a las afueras de Johannesburgo. Jirafas, elefantes, collares, banderas, camisetas y por su puesto vuvuzelas, esas que “suenan” en los estadios a pesar de que ya muchos tienen claro que el sonido proviene de la megafonía de los estadios.

Compré de todo, o casi de todo. Horacio lloraba “you are killing me with these prizes. My wife is going to kill me”. Lo cierto es que todo es muy barato. Collares a $3 dólares, también los había a $12. Jirafas a $20 aunque las pienso pagar a $10 el domingo cuando regrese. Los personajes en las tiendas son de circo, cien por ciento carismáticos. El dueño de la primera tienda que entramos nos dijo que nos daría todo al 50%, entre abrazos y reggae sudafricano me rebajó el 30% nada más, pero me regaló una jirafa de la suerte, quiero creer, y un collar con la silueta de África. Yo le decía que a pesar de no lucir africano, yo lo era, así que mejor me diera precio de local. Me lo dio, pero antes le subió un 60% de extranjero.

Nos fuimos a comer a Carnivor. Un rodillo sudafricano donde sirven la carne típica del lugar. Empezamos con un chorizo sabroso, y luego otro seco estilo sudafricano incomible. Nos sirvieron antílope, seguidamente impala. Las dos carnes son muy secas. La del impala muy dura. No pude quitarme de la mente la imagen de sus caritas mirándome con esos ojos negros, grandes. Ya no puede comer cordero, a pesar de que me encanta. La forma de su pata ensartada en esa espada me revolvió el estómago. La cebra la comí casi sin masticarla, también con un sabor fuerte, seco y duro. Probé el cerdo y luego el cocodrilo, que sabe a pollo pero con mucho cartílago, y bien jugoso. En mi plato quedaron trozos de todos esos animales, parecía un safari chamuscado.

No fue la mejor experiencia pero no podía dejarla pasar.

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