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El balón de Pelé

Escribo estoy hoy sábado, pero en realidad sucedió el jueves. Angel, venezolano que trabajo conmigo, me comentó de un niño de tres años que tiene leucemia, y que ninguno de sus padres es compatible para un transplante de médula ósea que necesita urgente. Los padres, con la ayuda de la comunidad venezolana en Miami, están organizando una subasta para recolectar el más de millón y medio de dólares que necesitan para hacer la investigación para que el pequeño reciba el transplante. Me preguntó si tenía algo de valor que quisiera donar para la subasta por lo que enseguida pensé en una de los dos balones de fútbol que tengo en mi oficina firmados por Pelé. Sin pensármelo me incorporé de mi silla, alcancé uno de los balones del mueble de mi oficina y se lo di a Angel. Le di uno bien feo, y barato, con los logos de las cadenas de televisión de mi compañía, pero firmado por Pelé al fin. Angel se puso bien contento: “Wow Joaco, esto va a ser lo mejor que tengan en la subasta” me dijo. Angel va a regalar unos guantes de boxeo bien guays firmados por Bernard Hopkins, y otra gente hará lo propio, la idea es ayudar a esta criatura de tres años que necesita seguir viviendo. Antes de que Angel saliera de mi oficina le pregunté si habría alguien que valorara una pelota barata, fea y con los logos de las tres cadenas de televisión, más allá de que estuviera firmada por Pelé. Le pregunté si no sería mejor que regalara la otra pelota que tengo firmada, esa sí es chula, es una de las bien poquitas que se crearon para el primer partido del Mundial. La pelota oficial de la inauguración del Mundial, Sudáfrica vs. México que se disputó en el Soccer City Stadium de Johanesburgo el 11 de junio de 2010. Angel me dijo: “epa, pero esa sí te va a doler perderla”. Entonces me entró un cargo de conciencia tremendo. Para qué quiero yo entrar todos los días a mi oficina y ver un trozo de cuero firmado por un tío que ni conozco cuando ese esférico puedo ofrecer unos cuantos dólares más a esta pobre familia. Por supuesto, cambié de las manos de Angel el balón feo y barato, por el oficial, todavía en su caja, de la inauguración del Mundial. Me sentí feliz. Recé por el niño.

Un día después apareció un donante para el pequeño en Nueva York. No sé si tuvo algo que ver, pero todos los días cuando entre a mi oficina y vea el vacío que dejó el balón de Pelé en mi mueble, me acordaré de la felicidad que me produjo saber que dos padres podrán seguir viendo a su hijo reír.

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Lo único que me importa es…

Todos tienen sus historias. Todos cuentan con ilusión y entusiasmo los temas que más les preocupan. Yo los miro, finjo que presto atención, incluso asiento con la cabeza, hasta a veces con un sí vacío, pero muchas veces no tengo ni puta idea de qué me están hablando. La mayoría. Y tampoco me interesa.

Algunos hablan del frío. Otros de lo poco que han visto de Johannesburgo. Muchos hablan de las largas horas de trabajo. La mayoría se queja del hotel, algunos de que no sirven comida en las noches. Por momentos oigo conversaciones de la seguridad, de que nos dejan pasar al IBC sin revisarnos, de que nadie mira el monitor y cuando lo miran ni siquiera entienden los colores de la pantalla. De que la comida tiene muchas calorías, de la distancia con la familia, de que el Internet en el hotel es una mierda. Otro grupo habla de la competencia, de otros canales de televisión. Si tienen más gente en la producción, o un mejor estudio, de qué personajes tienen en pantalla o de si sus programas hablan de fútbol las 24 horas. La audiencia es un tema común. De si somos los mejores o si alguien nos gana en números (que nadie entiende), en televisión, Internet o plataforma móvil. ¿Qué es ser los mejores? ¿Es la audiencia directamente proporcional a la calidad? El caso es que todos hablan de tema, muchos sin entender muy bien lo verdaderamente importante.

A mí me preocupan muchas cosas, pero solo me importa una. Me preocupa el frío, el no haber visto nada de Joburg, las horas de trabajo, el hotel, la comida, la seguridad, mi gordura, la audiencia, nuestro tráfico, el dinero, y muchos otros temas en los cuales me veo involucrado en diversas conversaciones. Sí, me preocupan todos ellos, pero en realidad no me importa ninguno. Mientras mi trabajo salga bien, no me importa estar gordo o si el canal de al lado tiene a Hristo Stoitchkov de invitado. A mí lo que me importa es la Selección español. A mí lo que me importa es el fútbol.

Me importa España y Fernando Torres. Me importa el tobillo de Xabi Alonso, el marcaje a Cristiano Ronaldo. Me importa que David Villa siga marcando y que sequemos a Thiago. Me importa que Gerard Piqué continúe inmenso y que Sergio Ramos se sume al ataque. Que Sergi Busquets sea el amo del mediocampo, con la ayuda de Xavi, que nos comamos a Portugal. Que Andrés Iniesta haya vuelto a ser el mismo, el temible, el fugaz. A mí lo único que me importa es que pasemos a cuartos de final, como sea. Me importa que España siga ganando, con frío o calor, con calorías o sin calorías, con un hotel de mierda o el Monte-Carlo Grand Hotel.

Lo único que me importa es que pasemos de ronda, que ganemos el Mundial.

PS: Cuando me queda algo de tiempo también me importa Lari y mis hijos. La distancia, sus caritas y sus risas. Los extraño pero trato de no pensar en ello. Para que voy a mentir, mi cabeza está llena de fútbol y de La Roja, España, los goles y sensaciones.

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