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Mis hijos

Me río con mis hijos, todos los días. Con ellos mi vida va más rápido, desde que me despierto a las seis y media de la mañana y corro para vestirlos, darles de desayunar o llevarlos al colegio. Y hasta que termina el día con la cena, el baño, la tarea, dormirlos, hacerles las luncheras y vuelta a empezar a las seis y media de la mañana. Pero con ellos me río, me río de sus ocurrencias, de sus frases ingenuas y tan ciertas como la vida misma vista desde los ojos puros de unos niños fascinantes que me roban el corazón cada día de mi existencia.

Por mis hijos daría mi vida, pero no solo en un acto impulsivo de valentía, sino en la acción más premeditada y calculada que pueda existir. Sin dudarlo, por mis hijos me desvelo, sacrifico mis momentos, me entrego a fondo la mitad del mes. Adoro mis momentos en soledad, pero a la misma vez extraño los otros quince días del mes sin sus risas, y sus carreras por el pasillo, sus ojos llenos de vida y sus carcajadas llenas de amor. Extraños los “I love you papi de Sebas” o los abrazos de oso de Marcos. La cara de felicidad cuando les felicito por sus tareas bien hechas. Su expresión de completos cuando les digo lo orgulloso que estoy de sus esfuerzos. Me desborda el amor por mis hijos. Tanto que me duele el pecho en ocasiones. La satisfacción que me da el verlos felices es indescriptible. Sus ojos de felicidad al apuntarlos a Karate, fútbol o ajedrez me completan como padre. Las explicaciones de Sebas de cómo se mueven las piezas en el “chess” me conmueven. Marcos hablando español, escribiendo español me derrite. Mis hijos son la hostia. Y yo el padre más afortunado del mundo. Hoy, después de una semana con ellos estoy exhausto, pero desgarrado porque ya mañana les digo adiós. Una semana sin su piel, sin el culito repingon de Sebas mientras duerme, sin los ojos azules de Marcos inundados de amor y bondad. Nunca pensé que sería tan feliz de ser papá, y no cambiaría esta sensación por nada en el mundo, ni todo el oro, ni todo el chocolate.

Algunas de las frases de mis hijos:

Se escapó el hamster de Betty, y apareció corriendo esta mañana por la sala. Marcos: “Papi, cógelo para guardarlo en su jaula”. Sebas: “Papi, abre la puerta para que se escape, que me da miedo”.

Marcos cuando le recrimino que no se acordó de hacer la tarea en español: “Papi, no puedo guardar tantas cosas en mi cerebro”

Sebas, mientras se agarra el pito. Papi: “Sebas deja de tocarte el pito ya joder” Sebas: “I love my pito papi” “Quiero casarme con mi pito”.

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Mami here, here

A los oscuros relatos que alguna vez compartí sobre las experiencias paranormales de Marcos, quiero sumar los sucesos escalofriantes que ocurrieron unas noches atrás, esta vez con Sebas como protagonista.

A las doce y pocos minutos de la madrugada nos despertó un golpe sordo, más bien a mi me despertó Lari con otro golpe, pero en las costillas.

– ¡Alguien se cayó! ¡Alguien cayó!

Cuando volvió a repetir esas tres palabras, bien comunes en los primeros años del ofició de un padre, Lari ya había abierto la puerta de nuestra habitación y escuché de nuevo dos golpes. Los ruidos fueron sordos, lejanos, pero procedentes de la habitación de los niños y seguidamente escuché el llanto de Sebas. El cuerpo se me soldó a la cama mientras un escalofrío eléctrico me comenzó en la oreja derecha terminando en la parte baja de mi espalda. Pensé fugazmente “a pesar del golpe que Lari me dio en las costillas y a través del sueño he escuchado el primer golpe, y ahora dos más. Solo tenemos dos hijos, por lo tanto uno se ha tenido que caer dos veces en cuestión de segundos, algo bien improbable”.

Me levanté y caminé detrás de Lari hasta la habitación de los niños. No había señales de caída, cada niño estaba en su cama pero Sebas lloraba como si algo hubiera sucedido. Su llanto no era normal y yo estaba seguro de haber escuchado tres golpes de algo pesado caer sobre la alfombra de la habitación

Bajé las escaleras en busca de leche. Comprobé que no había nadie con vida en la casa, ni detrás de la cortina de la cocina, ni en el baño, nada más, no hay más lugares donde esconderse en nuestro diminuto townhouse. Sebas, arriba en su habitación, seguía llorando sin consuelo.

– ¿Quieres leche? –le dije.
– No –contestó.
– ¿Quieres que te cargue? –le dijo Lari.
– No.
– ¿Quieres dormir?
– No.
– ¿Cierro la puerta?
– No.

Una conversación perfectamente probable con un niño de dos años a estas horas de la noche pero ese instinto que hemos desarrollado al afiliarnos al club de la crianza nos dijo que algo andaba mal. Sebas seguía llorando como si alguien o algo le molestara, una presencia que para cebe de mi miedo yo también estaba sintiendo.

Regresé a mi cama, incómodo por el llanto de Sebas pero más aún por esa presencia en la habitación. Desde ella veía la sombra de Lari mecerse en el techo del pasillo y sentí que algo subía por la escalera. A pesar del susto pude sacar las piernas de debajo de la colcha y al sentarme en la cama pude comprobar que no subía nadie. Caminé a la habitación de los niños y le dije a Lari que trajera Sebas a nuestra cama.

– ¡Así no despertará a Marcos con el llanto! –le dije a Lari.

En realidad lo que no quería era estar solo en mi habitación. Estaba ya muerto de miedo. Una vez los tres en la cama Sebas se calmó y empezó a tomar su leche. De repente soltó el biberón y comenzó a señalar a la puerta de nuestra habitación diciendo:

– Mami here, here.
– ¿Qué quieres, ir a tu cama? –le dijo Lari.
– No.
– ¿Cerramos la puerta?
– No. Here, here.
– ¿Apagamos la luz del baño? –La había dejado yo encendida para atenuar mi miedo aunque sin éxito.
– No. Here. –Dijo de nuevo señalando hacia la puerto, como si estuviera viendo a alguien.
– Bueno cálmate que estás con mamá y papá.

Los dos nos miramos evitando la pregunta de la cual no queríamos escuchar la respuesta: ¿Hay alguien ahí en la puerta? Y seguro hubiéramos recibido un Yeay (sí, en la jerga de Sebas)

Yo pensé que mejor no decirle al crío que está seguro con papá porque si ve espíritus, seguro también tiene la sensibilidad para sentir el miedo que tenía en ese momento y que necesidad hay de estarle mintiendo desde tan pequeño. Yo estaba ya temblando, escuchando ruidos, viendo sombras. La cara de miedo de Lari tampoco me estaba ayudando en mi proceso de relajación.

Al minuto se calmó y en seguida comenzó a señalar encima de nuestro armario.

– Here, here.

Lari y yo nos miramos, ahora ya sí aterrorizados. Intercambiamos sonrisas nerviosas y volvimos a evitar esa pregunta la cual ya conocíamos la respuesta.

La última vez que sucedió un episodio así terminamos haciendo una limpia de espíritus por todos los rincones de la casa. ¿Quizá volvieron? Yo sabía que no nos traería nada bueno aquel episodio de santería barato, sobre todo porque Lari se miró al espejo del baño de abajo y según la leyenda urbana eso es lo peor que puedes hacer cuando estás ahuyentando a los inquilinos del más allá. Ese día de la limpia salimos corriendo de la casa mientras se quemaba el incienso cruzado en forma de equis en nuestro portal. Manejamos lejos, sin sentido y por calles las cuales nunca habíamos pasado nunca, siguiendo los consejos de nuestra santera, claro. Nos bajamos del auto y como si estuviéramos llenos de hormigas nos sacudimos los espíritus bailando el ya fracasado break dance. Regresamos a casa por otro camino diferente al de ida para que las criaturas no encontraran el camino de vuelta.

Después de ese episodio de limpieza, Marcos nunca más volvió a decir que veía un señor flotando cerca de la ventana. Quizá regresó el señor pero esta vez solo Sebas lo ve. Tras una larga, tensa y sudorosa hora tapados hasta la barbilla con la colcha, con los ojos abiertos a más no poder logramos por fin conciliar el sueño. Sebas no ha vuelto a dejarnos saber sobre sus visiones nocturnas pero sí ha tenido dos noches con los mismos síntomas en el departamento del llanto. Por si acaso ya compramos el incienso. Este fin de semana habrá limpieza pero esta vez manejaremos a Hialeah, que de ahí seguro el espíritu no sabrá salir ni encontrar el camino de vuelta a casa.

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