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Los regalos

Este año no he recibido muchos regalos. Gracias a Cris por la taza de Charlie Brown, el libro, la pelota y los chocolates que tanto disfrutaron troceados mis hijos en los pancakes ese domingo. Gracias a Silvio por la chaqueta del blanca y dorada del Madrid. Hoy la estreno en el trabajo y con ella ganaremos la Champions este año, lo presiento. Y por último, un cuadro que pinto mi “suegra”, a pedido de mi ex, con tres pájaros en unas ramas. Por si no me había quedado claro, ahí están los tres pájaros, uno para cada uno de mis hijos y otro más grande para mi. Por lo demás, no hubo más, ni siquiera ropa o calcetines, o una bufanda para el verano de Miami. En realidad, no necesito nada más. Bueno, por necesitar, me iba a regalar una tele nueva si ganaba mi final del Fantasy ayer, pero perdí los $800 que habían de bote. Me quiero comprar unas cremas para la cara, por eso de que el maquillaje todas las semanas, y la edad todos los días, me la están deteriorando (sí Enano y tío Sebastián, todavía se puede deteriorar más. Seguro que es lo que habíais pensado. #mamones). En fin, que quiero muchas chorradas, pero son eso, chorradas. En realidad lo que quiero es un juez, y que termine ya todo esto. Y quiero no lesionarme, poder terminar la media maratón. Y quiero empezar el entrenamiento del Half Ironman, y no lesionarme, y terminarlo. Y seguir bajando de peso. Y que me dure el único riñón que tengo. Y que me dure el trabajo. Y que a Marcos le vaya bien en el cole, y a Sebas. A ellos les compré una mesa de hockey de aire, miniatura claro, no como esas que había en el centro comercial de Calas. Y unas pelis, y un bingo para que juguemos los tres en las tardes. A Lari un certificado para un facial y un masaje, para que empiece el año relajada. Pues nada, que lo que más ilusión me hace de los regalos es abrirlos. Esos segundos de incertidumbre, pensar en qué habrá pensado esta persona al escoger este regalo, sentir una cierta adrenalina y satisfacción al descubrir que esa persona te conoce, te escuchó y más allá del regalo, compró algo que confirma que estaba pensando en ti. Eso es lo que más me gusta de los regalos. Y yo soy malísimo para eso. ¿Y a ti, qué te regalaron?

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¿Qué te trajo Santa Claus?

A mí dieciosho pare eh carcetine. Pero estos calcetines son especiales, son todos negros e iguales. Resulta que ya desde hace unos años todos mis calcetines negros se desparejaron. Unos con rayas rojas, otros más apretados, otros con una línea blanca, otros con unos bordados azules, otros con la punta de los dedos marrones y muchos, por no decir todos, con agujeros por donde asoma la uña del dedo gordo. Todos vivían entre la ropa sucia, la lavadora o secadora, en los dos cajones de la mesita de mi cuarto o por los diferentes bultos de ropa limpia que descansan por la casa, pero nunca encontraría dos calcetines iguales juntos. Después de varios intentos fallidos por reconciliar a los apestosos amantes decidí vivir al más puro estilo swinger, cada macho compartiendo su hembra. Aún así mis mañanas empezaban con un intento frustrado por encontrar dos calcetines iguales para de inmediato desistir y conformarme con aquellos dos de cierto parecido. Los negros más claritos desgastados por el uso iban con los azules oscuros, por la similitud en la tonalidad. Los de líneas gruesas con otros de algunas líneas pero no tan gruesas. Los del caballo blanco en lo más alto, a la altura de la canilla, con los de la línea roja o blanca, ya que el pantalón cubría los diseños. Los de bordados azulitos con otros de un diseño bien gay que no conjuntaban ni para el diseñador más sicodélico. Esos días más disparejos me cuidaba mucho de no cruzar las piernas para no delatarme ante los compañeros de trabajo. Y es que yo no cruzo las piernas con la corva sobre la rodilla, por cuestiones de flexibilidad creo, sino con el lateral del pie sobre la pierna opuesta, exponiendo a los más observadores mi dispar combinación.

Así es que decidí contarle a Santa Claus mi problema de muy fácil solución. Dieciocho pares de calcetines, todos negros y todos iguales. A la basura los desgastados, los de rayas gruesas, los de líneas blancas y bordados gays. Ahora ya no importa qué macho baila con qué hembra. Ahora ya podré por fin cruzar las piernas con tranquilidad.

PS: Gracias también por el cortador de pelo para las narices y orejas, clara señal de que estoy creciendo. Y los seis tazones para el cereal, mi gran pasión. Ahora siempre habrá uno limpio cuando me antoje de Captain Crunch.

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