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Los pantalones periodistas

Hoy tiré ropa que guardaba desde hace más de diez años. Soy de esos que no le gusta tirar las cosas, salí a mi padre. Cuando por fin me decido a hacer limpieza, me da nostalgia de deshacerme de lo que alguna vez me hizo feliz. Siento que si me desprendo de mis posesiones, de alguna manera, también pierdo un trozo de mis recuerdos. No me convenzo de que vaya a poder recordar con la misma claridad los momentos de mi vida, y de hecho el repasar mi baúl de trastos, mis fotos, inclusive la ropa vieja, siento un aire que me transporta a esos momentos, al instante. Soy visual, pero también los olores y la música me trasladan a gran velocidad a todos los rincones de mi pasado. Aún así, hoy no me quedó más remedio que tirar mi ropa vieja, esa que tantas veces he mirado sujetando la percha con una mano, mientras me convencía de que algún día la volvería a usar.

Tiré un trozo de tela, porque ya no se le podía llamar pantalones, que dice Lari usé en mi primer día en Sportsya.com. Ahí empezó todo en enero del 2000, mi carrera periodística en Internet. Me cambiaría la vida. Ahí conocí a Carlos. Escribí mi primera nota, cubrí mis primeros eventos. Con esos pantalones aprendí a ser periodista. Pantalones con vocación. Desde entonces he tenido varios pantalones, siempre relacionados al periodismo, de alguna manera o de otra. Aquí sigo, cubriendo menos, mandando más, pero siempre con el sentimiento de esos mismos pantalones, los pantalones periodistas.

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Recuerdos de Calas de Mallorca

Es algo inevitable. En cuanto llega el verano, por mi mente navegan los recuerdos imborrables que Calas de Mallorca marcó en mi vida. Todos tenemos un lugar al que queremos regresar, el mío es Calas.

La piscina, los amigos, la playa, mis bicis, el fútbol, mis varias casas, las noches, las guiris, los polvos, las risas, las lágrimas, las charlas, Carlos, Álvaro, mis hermanos, mi familia, la tienda de mi madre, los helados.

Mañana empiezo poco a poco a plasmar quizá la mejor época de mi vida, al menos hasta ese momento.

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Más recuerdos que algún día olvidaré

Después de escribir la entrada de ayer, continué recordando. Hoy recordé más cosas, y éstas me hicieron recordar muchas más. Diferentes lugares, otras caras, distintas aventuras. He llegado a la conclusión que es imposible escribir todos nuestros recuerdos. Sería una tarea interminable la de intentar plasmar en este blog absolutamente todo lo que tengo en mi cabeza. Al menos haré el intento.

Como olvidar el alemán que robó mi perro, la goleada 12-1 de España a Malta, el penalti de Eloy, la moto de mi abuelo, los viñedos de mi abuelo, los silbidos de mi abuelo. Los juegos a papás y mamás con mi vecina, el supermercado de mi madre. Los shows del hotel Balmoral, aprender a bailar Rock N´ Roll, los roces con la hija de Pepe, el día que me jodí los dos codos, los baños de mi abuela. Como olvidar a mi abuela. Su risa, su llanto al reírse, sus carcajadas. Cuando aprendió la alineación del Madrid de carretilla, sus migas, sus pedos, o cuando me olía el aliento para ver si había fumado o me preguntaba si había hecho droga. Las goleadas en el Bernabéu, Romay, la muerte de Fernando Martín, las subidas de Perico, el dominio de Induráin, el “vamos” de Arantxa, los goles del Buitre, los pases de Míchel. Las siestas de mi padre, las charlas con mi tío, las risas de mi madre, el único chiste de mi abuelo, las broncas con mi hermana, el peluche llamado Tito, después Enano. Otra vez me dan ganas de llorar. El llanto por Arconada, o por el gol de Señor, la pelotita de los Vicario, las paradas de Paco Buyo. Sergio y sus primas, Laura y sus padres. Alvaro y su familia, todos los habitantes de Calas. Cómo extraño esos años. Mi bicicleta de montaña, la más barata del Pryca. Las películas porno de los padres de A. Su tocadiscos, The Cure, la nocilla, su queso manchego, su canasta en el patio. La gravilla de las calles, las farolas verdes, las cuestas, sus subidas, sus bajadas. La playa. El mar. La arena. El sol. Los turistas. El verano. La plaza, las fiestas, las monedas en el cubo de agua, las pruebas por todo el pueblo, las piñatas de harina. El peluquero, la tienda de la Rosa, las barras de pan diarias, las dos cintas de Loquillo y Los Trogloditas, mi casa, mi cama, mi tiempo libre. Mis escapadas por el tejado, las noches de marcha, los bailes, las turistas, los amigos. La monotonía. La adrenalina. Las noches de espiritismo. Mi primer trabajo. La piscina del bar, los blody marys, las coca colas gratis, las hamacas, la cinta de U2 que me robé, The Unforgettable Fire.

Mañana más.

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Algún día olvidaré

Descubrí que el Alzheimer se manifiesta más temprano al heredarse de generación en generación. Mis dos abuelos murieron a causa de esta enfermedad a los setenta años. Según mi amigo, el Dr. Marulanda, mi padre lo sufrirá unos años antes de la séptima década de su vida, por lo tanto a mí me tocará mucho más joven.

Con el miedo lógico de olvidarlo todo en algún cualquier momento, quiero hoy recordar, mientras la memoria lo permita, todo aquello que nunca quisiera olvidar.

Mi primer colegio, la playa de Benidorm, mi fuerte Randall, aquel primer escalextrix, la primera vez que vi cohetes, el fuego de las fallas valencianas, Calas de Mallorca, el Mediterráneo, la arena de playa, el avión amarillo que me regaló mi tío Sebastián, mi tío Sebastián, mis abuelos, padres, hermanos, familia y amigos. El olor a mar, el fresco de la Sierra Tramuntana, la humedad de nuestra casa, el sonido de las llaves de mi padre, los besos de mi primer perro, el miedo del primer día de colegio, el colegio, los partidos de fútbol en el cole, y de básquet, y de volei. Las monjas, el autobús, beso, atrevido o verdad, los veranos en Calas, mi primer balón, mi primera bicicleta, cuando aprendí a nadar, cuando no sabía nadar, la piscina de Calas, las carreras, Carlos, Alvaro y otros más. Mi primer beso, mi primer baile, mi segundo polvo, mi primer trabajo, mi segundo trabajo, mi primera novia, la primera ruptura, el amor, lo que creía que era amor, el despecho, lo que creía que era dolor, el salón de máquinas, los helados, la paella, los petardos, las pulseras que nos robábamos, las pesetas, los duros y las monedas, la pizza, la primera discoteca. El tenis, la pesca, mi primera carrera, mi casa de Palma, los nuevos amigos, el colegio nuevo, mi primera ciudad. Mi calle, mi barrio, las clases de mecanografía, caminando por las calles de Palma, el invierno, el verano, las cuatro estaciones en Palma, mi primer equipo de fútbol, mi último equipo de fútbol. Mi entrenamiento de atletismo, las carreras, mi primer segundo lugar, mi último segundo lugar. Los pueblos de mis padres, los veranos, los inviernos, la Semana Santa. La navidad en familia, el turrón, la carne asada, los regalos y los primos.

Antes de empezar a llorar solo quiero recordar, el día que aprendí que lo olvidaré todo.

PD: No pude pasar de los 16 años.

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A todos los que crecimos en la calle

Hoy me llegó este texto de parte de Laura, una amiga de Teruel. Laura y Mapi son periodistas. Las conocí hace unos años cuando pasaron dos semanas con nosotros en Univision.com. Laura me pone al día de lo que pasa en España, pero no de lo que leo en El País, El Mundo o veo en el Telediario, sino de las novedades del pueblo.

Hoy me mando este texto que quiero compartir con todos aquellos que crecimos en nuestros países en las décadas de los 70 y 80 (quizá un poquito antes también). Disculpen los errores, no edité el texto.

El objeto de esta misiva es la de reivindicar una generación. La de todos aquellos que nacimos entre los 70 y 90 (un par de años arriba, años abajo), la de los que estamos currando de algo que nuestros padres ni podían soñar, la de los que vemos que el piso que compraron nuestros padres ahora vale 20 o 30 veces más, la de los que estaremos pagando nuestra vivienda hasta los ¡60 años!. Nosotros, no estuvimos en la Guerra Civil, ni en mayo del 68, ni corrimos delante de los grises, no votamos la Constitución y nuestra memoria histórica comienza con las olimpiadas del ’92. Por no vivir activamente la Transición se nos dice que no tenemos ideales y eso que sabemos de política más que nuestros padres y de lo que nunca sabrán nuestros hermanos pequeños y descendientes. Somos la última generación que hemos aprendido a jugar en la calle a las chapas, la peonza, las canicas, la comba, la goma, el rescate o el bote bote y, a la vez, somos la primera que hemos jugado a videojuegos. Hemos ido a parques de atracciones o visto dibujos animados en color. Los Reyes Magos no siempre nos traían lo que pedíamos, pero oíamos (y seguimos oyendo) que lo hemos tenido todo, a pesar de que los que vinieron después de nosotros sí lo tienen realmente y nadie se lo dice. Se nos ha etiquetado de generación X y tuvimos que tragarnos ‘bodrios’ como: Reality Bites, Melrose place o Sensación de vivir, que te gustaron en su momento, pero… vuélvelas a ver, verás que chasco. Somos la generación de Compañeros, de Al salir de clase…Lloramos con la muerte de Chanquete, con la puta madre de Marco que no aparecía, con las putadas de la Señorita Rottenmayer. Somos una generación que hemos visto a Maradona hacer campaña contra la droga, que durante un tiempo tuvimos al baloncesto como el primero de los deportes (Gracias Chicho!). Hemos vestido vaqueros de campana, de pitillo, de pata de elefante y con la costura torcida; nos pusimos bombers sin miedo a parecer skin heads. Nuestro primer chándal era azul marino con franjas blancas en la manga y nuestras primeras zapatillas de marca las tuvimos pasados los 10 años (Esas J’hayber!). Entramos al colegio cuando el 1 de noviembre era el día de Todos los Santos y no Halloween, cuando todavía se podía repetir curso. Fuimos los últimos en hacer BUP y COU, y los pioneros de la E.S.O. Hemos sido las cobayas en el programa educativo, somos los primeros en incorporarnos a trabajar a través de una ETT y a los que menos les cuesta tirarnos del trabajo… Siempre nos recuerdan acontecimientos de antes que naciéramos, como si no hubiéramos vivido nada histórico. Nosotros hemos aprendido lo que era el terrorismo contando chistes de Irene Villa, vimos caer el muro de Berlín y a Boris Yelsin borracho tocarle el culo a una secretaria; los de nuestra generación fueron a la guerra (Bosnia, etc.) cosa que nuestros padres no hicieron; gritamos OTAN no! bases fuera!, sin saber muy bien qué significaba y nos enteramos de golpe un 11 de septiembre. Aprendimos a programar el video antes que nadie, jugamos con el Spectrum, odiamos a Bill Gates, vimos los primeros móviles y creímos que Internet sería un mundo libre. Somos la generación de Espinete, Don Pimpón y Chema ‘el panadero farlopero’.Los q recordamos a Enrique del Pozo cantando con ganas abuelito dime tu…). Los mundos de Yupi y las pesetas rubias con la jeta de Franco en algunas de ellas. Nos emocionamos con Superman, ET, los Goonies o En busca del Arca Perdida. Los del bocata de chorizo y mortadela y también Phosquitos, los Tigretones eran lo mejor, aunque aquello que empezaba (algo llamado Bollycao) no estaba del todo mal. Somos la generación del coche fantástico, Oliver y Benjí… La generación que se cansó de ver las mamá chicho. La generación a la que le entra la risa floja cada vez que tratan de vendernos que España es favorita para un mundial. La última generación que veía a su padre poner la baca del coche hasta el culo de maletas para ir de vacaciones. La última generación de las litronas y los porros, y qué coño, la última generación cuerda que ha habido. La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia!!!! Mirando atrás es difícil creer que estemos vivos en la España de antes: Nosotros viajábamos en coches sin cinturones de seguridad traseros, sin sillitas especiales y sin air-bags, hacíamos viajes de más de 3h sin descanso con cinco personas apretujadas en el coche y no sufríamos el síndrome de la clase turista. No tuvimos puertas con protecciones, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños. Andábamos en bicicleta sin casco, ni protectores para rodillas ni codos. Los columpios eran de metal y con esquinas en pico. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y solo volvíamos cuando se encendían las luces. No había móviles. Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para castigar a los culpables. Nos abríamos la cabeza jugando a guerras de piedras y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con mercromina (roja) y unos puntos y al día siguiente todos contentos. Íbamos a clase cargados de libros y cuadernos, todo metido en una mochila que, rara vez, tenía refuerzo para los hombros y, mucho menos, ruedas!!! Comíamos dulces y bebíamos refrescos, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo y punto. Estábamos siempre al aire libre, corriendo y jugando. Compartimos botellas de refrescos y nadie se contagio de nada. Sólo nos contagiábamos los piojos en el cole. Cosa que nuestras madres arreglaban lavándonos la cabeza con vinagre caliente (o los más afortunados con Orión). Y ligábamos con los niñ@s jugando a beso, verdad y atrevimiento o al conejo de la suerte, no en un Chat. Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. Sabias que se rifaba una ostia si vacilabas a un mayor. No había nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos, si trasgredíamos alguna ley, era inadmisible, si acaso nos soltaba un guantazo o un zapatillazo y te callabas. Tuvimos libertad, fracaso, respeto, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer con todo ello. Eres tú uno de ellos?? ¡Enhorabuena! Pasa esto a otros que tuvieron la suerte de crecer como niños, antes de que todos estos niñatos que hay ahora que se creen algo y no tienen respeto ni educación a nadie destrocen el mundo en el que vivimos. GRACIAS!!! Un saludo a todos! Cuidaros y que os vaya bien!!

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Ayer murió mi abuelo

Ayer murió mi abuelo Pedro. Es extraño, pero siento que estaba muerto, aunque todavía vivo, desde hacía más de un año. La enfermedad de Alzheimer es horrible. Poco a poco se fue olvidando de todo, hasta de si mismo. A mi abuela la confundía con su madre, que a penas conoció porque fue criado por su propia abuela. A mi madre, su hija, la llamaba su hermana, cosa rara porque fue hijo único. A mis dos hijos los conoció primero por foto, cuando todavía podía saber que eran sus bisnietos. Se pasó sus últimos días mirando las fotos que le mandé de Marcos y Sebastián, diciéndole a mi abuela que esos dos de encima de la mesa no paraban de reírse ¿se estarán riendo de mí estos zagales? Cuando los conoció por fin, esta pasada Navidad, ya no sabía quien eran. Vivir sin recuerdos es peor que estar muerto.

Ahora que pasó a otra vida ¿habrá recuperado la memoria? Que bonito tiene que ser, después de muerto, volver a recordar todo aquello que habías olvidado. Algo parecido nos pasa cuando despertamos desorientados por una pesadilla y no sabemos distinguir la realidad del sueño. Al cabo de unos minutos sentimos un alivio al recordar que nuestra vida es real, y la pesadilla, solo fue eso, un mal sueño. Mi abuelo pasó el domingo quejándose, ya casi no podía respirar. Quizá a través de sus gritos impotentes nos quiso decir que quería morir para poder recobrar la memoria. Quizá gritaba los goles de España y quiso morir a tiempo para vivir el partido del jueves, y si con suerte se gana y más allá también se sale con suerte de la final, al menos mi abuelo nunca lo olvidará porque lo vivió, aunque sea ya muerto, pero entre nosotros. Mi abuelo ya no está vivo y desmemoriado, ahora está muerto pero sabe de nuevo quien somos. Para mí eso vale más que la carne y los huesos. Mi abuelo Pedro ya no vive en el olvido, mejor aún, una vez muerte vivirá para siempre en nuestro recuerdo, y nosotros en el suyo.

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Todo comenzó en Murcia

Recuerdo mis primeros viajes a Molina de Segura, Murcia, desde Palma de Mallorca como una aventura inigualable. Los recuerdo con más fuerza a partir de mis siete años, más en concreto a partir de la navidad de 1983. Siempre en las vacaciones de fin de año. Salíamos del colegio unos días antes del receso navideño para aprovechar bien el viaje. La aventura comenzaba ya desde Palma atrapado en el coche de mis padres en la cola del puerto esperando para embarcarnos en el eterno viaje del ferry hasta Valencia. El barco salía a las 12 de la noche, los nervios de la travesía, el comienzo de las vacaciones y la familia que esperaba, todo se mezclaba con el olor a gasoil, el agua salada y el ruido de los camiones embarcando por la gigante puerta trasera del barco.
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