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La pesadilla de un viaje

Estamos de regreso en Miami tras una auténtica aventura en Jamaica. Tras ser golpeados por el Huracán Gustav el jueves en la noche, el viernes, sábado y domingo fueron todavía más tormentosos. Nuestro vuelo del viernes se canceló y nos confirmaron salir de Kingston el lunes a las seis de la mañana. Pensar que nos teníamos que quedar tres días más en una ciudad destrozada, sin nada que hacer, encerrados en el hotel con unas condiciones horribles, me producía una sensación de ansiedad terrible. Sobre todo porque hoy lunes salimos para Puerto Rico a las cuatro, lo que significaría que vería a mi familia unas horas nada más.

El viernes fue infernal en Kingston. Todo el día lloviendo, la ciudad estancada, encerrados en el lobby del hotel, sin aire acondicionado, sin luz (obviamente sin cable, sin Internet) sin suficiente comida, sin agua caliente y con el estrés de tener que dar seguimiento a la historia de Gustav. La gente se acumuló en el lobby del hotel, todo el mundo agobiado, estresado y empapados de sudor gritaban a los empleados, que peor que nosotros habían pasado toda la noche trabajando achicando agua de los pasillos y ahora intentaban calmar a unos hostiles huéspedes. Así pasamos todo el día y la noche del viernes hasta el sábado temprano donde decidimos acampar en el aeropuerto para poder viajar en lista de espera.

Nuestra compañía de vuelo nos indicó que el aeropuerto estaba cerrado pero en el tumulto de lobby del hotel alguien infiltró la información de que el sábado el aeropuerto estaría abierto. Acordamos con dos personas salir del hotel a las siete de la mañana para entrar en la lista de espera del primer vuelo. Nuestros dos cómplices no estaban en el lobby el sábado en la mañana, al llegar al aeropuerto descubrimos que habían madrugado llegando a las seis y comprando dos tickets partiría para casa a las diez, nos engañaron. Tras varias horas de sudor y discusión conseguimos un boleto para el vuelo de las diez del sábado. Por suerte me tocó a mí, pero me negué a viajar para no dejar al Gran Corky (José Corcino, el camarógrafo) solo en Jamaica. El aeropuerto estaba sin electricidad, repleto de gente discutiendo en las colas, en los mostradores, en las puertas de entrada, todo el mundo gritaba. Gente que llevaba desde el miércoles durmiendo en el suelo. Los empleados en los mostradores estaban histéricos aguantando las quejas de la gente, tenían que hacer la facturación a mano porque no funcionaban las computadoras, rellenaban la tarjeta de embarque y luego marcaban tu nombre en una lista inmensa donde estaban todos los pasajeros.

Así pasamos todo el sábado, con la ilusión de entran en la siguiente lista de espera y poder llegar a casa. El jueves me bañé con agua fría en el hotel, pasamos todo el día sudando, la noche del huracán sudando, el viernes sudando, la noche del viernes igual, todo el sábado sudando y sin podernos bañar. La noche del sábado la pasamos en el aeropuerto, sudando y obviamente sin conseguir un baño. Habíamos perdido la cuenta de los días que llevábamos sin una buena ducha. Sí, se pueden imaginar como estaba ese aeropuerto con gente desde el miércoles sin bañarse.

Por fin, el domingo a la una de la tarde conseguimos un vuelo a Miami. Primer escuché mi nombre pero no celebré hasta no escuchar el de Jose, era la única manera que podía regresar, solo si lo hacíamos los dos juntos. Nunca he estado tan feliz al escuchar el apellido Corcino. Al llegar a casa descubrí que había olvidado las llaves de mi coche y las camisas con las que había viajado, no me importó. Me di un buen baño, pasé un rato con mi familia y dormí toda la noche, feliz, en el fresquito de mi habitación. Ahora pienso los días que Franklin, Jolly y todas las personas que conocimos en Jamaica, seguirán sufriendo por las condiciones inhumanas en las que viven, y siempre con una sonrisa.

Hoy nos vamos a Puerto Rico. Esperemos que las aventuras terminen aquí y tengamos un viaje placentero para cubrir el Islanders contra el Alajuelense de Costa Rica.

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Jamaica, una joya pedirda en el Caribe

Llevo dos días en Kingston, Jamaica y estoy afectado por el contraste entre la belleza del paisaje y la dejadez en que se encuentra la ciudad. He viajado por diversos lugares del continente, conozco varias zonas de México, he visto el tercer mundo en primera persona en Indonesia, pero Jamaica los supera a todos en decadencia.

Por lo general en todos estos lugares que les he mencionado hay una gran diferencia entre las zonas pobres y las zonas turísticas. La pobreza es mayor en Bali que en Jamaica, pero la zona de Nusa Dua (donde se encuentran los hoteles cinco estrellas) refleja el flujo de capital turístico. El contraste con el resto de la isla es grande, pero a pesar de la miseria, existe un espíritu de conservación de lo propio.

Esto no pasa en Jamaica, por eso digo que más que pobreza es dejadez y miseria compartidas. Las zonas turísticas de la capital están en un estado de abandono, el resto de la ciudad es deprimente. El dinero del turismo no se queda en Jamaica. Las grandes corporaciones pertenecen a extranjeros que no invierten en la mejora de la isla. La deuda externa es tan grande que el propio gobierno vive hipotecado sin poder mantener a flote su ciudad. Aún así la belleza rodea la miseria de la ciudad de una forma tan peculiar que no deja de atraerme.

La pobreza es tremenda. Niños descalzos, sin camisa pedaleando sus bicicletas que en cualquier momento pueden caer desmontadas. Cientos de personas sentadas en la calles, sin hacer nada, hablando, fumando y con ojos de abandono, se han rendido ante el sistema. Mujeres muy jóvenes cargando niños en pañales. Los huecos en las calles parecen llevar años ahí, erosionados por el tiempo y la lluvia. El calor y la agobiante humedad ralentizan todo. Las gallinas escarbando en las montañas de basura que se acumulan en las esquinas. Las cabras cruzando las calles buscando un trozo de pan duro que no le sobra a nadie. Los perros, desnutridos y cojeando, tienen el aspecto de ser más callejeros que en otros lugares. Los olores me impactan al recorrer las calles destrozadas por el paso del tiempo. Aceite quemado, comida frita, grasa, en cada esquina de los barrios pobres. Puestos de comida ambulante sucios, cocinando en barriles metálicos bajo unos toldos viejos de plástico para protegerse de las abundantes lluvias. El olor a tierra mojada no desaparece nunca al igual que la marihuana. 

A pesar de todo, la belleza es insuperable. Hay algo del paisaje, de la gente, que me atrae.  Las montañas tupidas por la espesa selva, imponentes, vigilan el atardecer en la bahía. El rojo ha invadido el ambiente. El sol, a escasos minutos de desaparecer, se deja ver entre unas gigantes nubes rojizas que marcan una  bella silueta al otro lado del puerto. Unos barcos de carga oxidados esparcidos por el lugar, el dibujo de las casas en la ladera de la montaña y el olor al agua del mar me hacen olvidar la necesidad del lugar. La humedad ha desaparecido. La noche trae una cierta esperanza tras un día de un intenso sol, un brutal calor. Las sonrisas, los ojos, la piel, la amabilidad y la belleza innata de la mujer jamaiquina superan los límites de lo exótico. Un paraíso, una joya perdida en las aguas del Caribe.

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