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Más recuerdos que algún día olvidaré

Después de escribir la entrada de ayer, continué recordando. Hoy recordé más cosas, y éstas me hicieron recordar muchas más. Diferentes lugares, otras caras, distintas aventuras. He llegado a la conclusión que es imposible escribir todos nuestros recuerdos. Sería una tarea interminable la de intentar plasmar en este blog absolutamente todo lo que tengo en mi cabeza. Al menos haré el intento.

Como olvidar el alemán que robó mi perro, la goleada 12-1 de España a Malta, el penalti de Eloy, la moto de mi abuelo, los viñedos de mi abuelo, los silbidos de mi abuelo. Los juegos a papás y mamás con mi vecina, el supermercado de mi madre. Los shows del hotel Balmoral, aprender a bailar Rock N´ Roll, los roces con la hija de Pepe, el día que me jodí los dos codos, los baños de mi abuela. Como olvidar a mi abuela. Su risa, su llanto al reírse, sus carcajadas. Cuando aprendió la alineación del Madrid de carretilla, sus migas, sus pedos, o cuando me olía el aliento para ver si había fumado o me preguntaba si había hecho droga. Las goleadas en el Bernabéu, Romay, la muerte de Fernando Martín, las subidas de Perico, el dominio de Induráin, el “vamos” de Arantxa, los goles del Buitre, los pases de Míchel. Las siestas de mi padre, las charlas con mi tío, las risas de mi madre, el único chiste de mi abuelo, las broncas con mi hermana, el peluche llamado Tito, después Enano. Otra vez me dan ganas de llorar. El llanto por Arconada, o por el gol de Señor, la pelotita de los Vicario, las paradas de Paco Buyo. Sergio y sus primas, Laura y sus padres. Alvaro y su familia, todos los habitantes de Calas. Cómo extraño esos años. Mi bicicleta de montaña, la más barata del Pryca. Las películas porno de los padres de A. Su tocadiscos, The Cure, la nocilla, su queso manchego, su canasta en el patio. La gravilla de las calles, las farolas verdes, las cuestas, sus subidas, sus bajadas. La playa. El mar. La arena. El sol. Los turistas. El verano. La plaza, las fiestas, las monedas en el cubo de agua, las pruebas por todo el pueblo, las piñatas de harina. El peluquero, la tienda de la Rosa, las barras de pan diarias, las dos cintas de Loquillo y Los Trogloditas, mi casa, mi cama, mi tiempo libre. Mis escapadas por el tejado, las noches de marcha, los bailes, las turistas, los amigos. La monotonía. La adrenalina. Las noches de espiritismo. Mi primer trabajo. La piscina del bar, los blody marys, las coca colas gratis, las hamacas, la cinta de U2 que me robé, The Unforgettable Fire.

Mañana más.

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Algún día olvidaré

Descubrí que el Alzheimer se manifiesta más temprano al heredarse de generación en generación. Mis dos abuelos murieron a causa de esta enfermedad a los setenta años. Según mi amigo, el Dr. Marulanda, mi padre lo sufrirá unos años antes de la séptima década de su vida, por lo tanto a mí me tocará mucho más joven.

Con el miedo lógico de olvidarlo todo en algún cualquier momento, quiero hoy recordar, mientras la memoria lo permita, todo aquello que nunca quisiera olvidar.

Mi primer colegio, la playa de Benidorm, mi fuerte Randall, aquel primer escalextrix, la primera vez que vi cohetes, el fuego de las fallas valencianas, Calas de Mallorca, el Mediterráneo, la arena de playa, el avión amarillo que me regaló mi tío Sebastián, mi tío Sebastián, mis abuelos, padres, hermanos, familia y amigos. El olor a mar, el fresco de la Sierra Tramuntana, la humedad de nuestra casa, el sonido de las llaves de mi padre, los besos de mi primer perro, el miedo del primer día de colegio, el colegio, los partidos de fútbol en el cole, y de básquet, y de volei. Las monjas, el autobús, beso, atrevido o verdad, los veranos en Calas, mi primer balón, mi primera bicicleta, cuando aprendí a nadar, cuando no sabía nadar, la piscina de Calas, las carreras, Carlos, Alvaro y otros más. Mi primer beso, mi primer baile, mi segundo polvo, mi primer trabajo, mi segundo trabajo, mi primera novia, la primera ruptura, el amor, lo que creía que era amor, el despecho, lo que creía que era dolor, el salón de máquinas, los helados, la paella, los petardos, las pulseras que nos robábamos, las pesetas, los duros y las monedas, la pizza, la primera discoteca. El tenis, la pesca, mi primera carrera, mi casa de Palma, los nuevos amigos, el colegio nuevo, mi primera ciudad. Mi calle, mi barrio, las clases de mecanografía, caminando por las calles de Palma, el invierno, el verano, las cuatro estaciones en Palma, mi primer equipo de fútbol, mi último equipo de fútbol. Mi entrenamiento de atletismo, las carreras, mi primer segundo lugar, mi último segundo lugar. Los pueblos de mis padres, los veranos, los inviernos, la Semana Santa. La navidad en familia, el turrón, la carne asada, los regalos y los primos.

Antes de empezar a llorar solo quiero recordar, el día que aprendí que lo olvidaré todo.

PD: No pude pasar de los 16 años.

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Todo comenzó en Murcia

Recuerdo mis primeros viajes a Molina de Segura, Murcia, desde Palma de Mallorca como una aventura inigualable. Los recuerdo con más fuerza a partir de mis siete años, más en concreto a partir de la navidad de 1983. Siempre en las vacaciones de fin de año. Salíamos del colegio unos días antes del receso navideño para aprovechar bien el viaje. La aventura comenzaba ya desde Palma atrapado en el coche de mis padres en la cola del puerto esperando para embarcarnos en el eterno viaje del ferry hasta Valencia. El barco salía a las 12 de la noche, los nervios de la travesía, el comienzo de las vacaciones y la familia que esperaba, todo se mezclaba con el olor a gasoil, el agua salada y el ruido de los camiones embarcando por la gigante puerta trasera del barco.
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