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Engordé seis libras

¿Mereció la pena la tinga, los huevos revueltos, las hamburguesas y los tacos al pastor? Salí hacia México en 208 libras largas, casi 209. Dos sábados después estoy en 211 y media. Por lo bajo, hubiera bajado a 207 la primera semana y ésta a 205 libras, o sea, es como si hubiera engordado seis libras y media. O lo cierto es que he engordado dos libras y media.

No, no mereció la pena toda la basura que comí. Mierda

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El 2 de mayo hago un triatlón olímpico

Siempre he tenido una peculiar manera para no motivarme con las cosas que me molestan. Por ejemplo, la gente que sufre por no hablar inglés, suele aprender. Si te ofuscas por no saber escribir en la computadora con todos los dedos, vas a clase. El que no tiene ropa nueva, compra. El que se enferma, toma medina. Y sobre todo, el que está gordo, hace dieta. Bueno, yo no soy así.

Veo otros triatletas en el Publix (ayer) y los envidio. Quisiera estar flaco y atlético, pero no hago nada al respecto. ¿Por qué será? Me quejo todos los días pero no pongo remedio. Sentado en el palco del Pro Bowl miro hacia abajo por donde asoma le relieve grotesco de mi barriga y mis tetas. Me dan asco. Hoy debí haber hecho la media maratón para la cual entrené cuatro meses, una lesión en el abductor me dejó fuera. Desmotivado por no competir, o quizá más aún por no poder entrenar para el half ironman de mayo ya que el equipo por el cual fiché se desintegró antes de formarse, pienso que necesito otro reto y me di cuenta que es la única manera que yo reaccione, con un plan, con una meta.

Así es que empecé a escribir todos los días, poniéndome la meta de hacerlo a diario, y no he fallado. Por lo que hoy me propongo el siguiente reto: bajar 20 libras de aquí al 2 de mayo para competir en el triatlón olímpico de Mack Cycle en Key Biscayne.

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Señales de que ya estás demasiado gordo

– Cuando metes la barriga para la foto y la barriga aparece en la foto.
– Cuando la respiración se corta al ponerte los calcetines.
– Cuando vas todo el día con el botón del pantalón desabrochado.
– Aunque avergonzado, tienes que recurrir a tu mujer porque ya no puedes cortarte las uñas.
– Cuando vas manejando y descubres el doble michelín debajo de las tetas.
– Cuando te crecen las tetas.
– Aunque te tumbes boca arriba y respires hondo no te aparecen las costillas.
– Cuando ya no puedes respirar hondo y no sabes si tienes costillas.
– Cuando tienes que hacerle otro agujero al cinturón.
– Cuando ya dejaste de usar cinturón. Ya no lo necesitas.
– Cuando al quitarte los calzoncillos la cintura está marcada con el diseño del mismo.
– Al sentarte a ver la tele puedes colocar el control remoto en tu barriga.
– Cuando el botón del cuello de la camisa ya no cierra.
– El cuello se tragó tu nuez.
– Cuando conoces el interior, hasta ahora desconocido, de tu ombligo.
– Cuando de pié miras hacia abajo y no te la ves, la punta de los pies.
– Desaparecen tus tobillos.
– Cuando te miras al espejo y ya no te reconoces.
– Cuando te miras al espejo y te das asco.

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Sí, estoy gordo

Esta mañana en el parque vi una niña con cáncer. Hoy me levanté más gordo que ayer. Fue por eso que decidí volver a correr. Después de tres meses entrenando para una media maratón (21K-13.2 millas) me lesioné el abductor o el aductor (no sé bien cual) de la pierna derecha jugando a fútbol. Pues hoy, después de casi un mes sin correr por culpa de la lesión decidí regresar con seis millas para ir recuperando la forma. A los veinte minutos mi hermano y Leah me habían dejado atrás, o más bien les di permiso para abandonarme, al darme cuenta que todavía no habían roto a sudar. Sorteando los niños con bicicletas y los patos vagabundos, esos que tienen una lagaña roja pegada en un ojo, conseguí dar la vuelta completa por el caminito asfaltado. Con un leve cojeo por el dolor en la ingle, un pinchazo a la altura del pecho izquierdo, con todo la liga de lacrosse femenino mirando mi barriga y sus 20 libras de excedente dando brincos, los ojos entre cerrados por el sudor amargo y sucio que se deslizaba de mi pelo con casi veinticuatro horas sin lavar, decidí detenerme. Fue ahí cuando la vi. No tendría más de doce años, sin pelo, sentada en una sábana a la sombra de un árbol. Too much turkey? me preguntó el adulto que la acompañaba al verme escupir al suelo, doblado con mis manos en las rodillas. I´m too fat, le dije. Ahí fue cuando me di cuenta de mi insignificante enfermedad. Me di cuenta de la trivialidad que me atormenta. Y no porque la obesidad no sea un problema serio, sí. Sino porque capté el doble sentido del padre de la niña que jugaba con una rama sin flores a la sombra de un árbol. You can do something about it, dijo. Claro, seré estúpido. Cómo me atrevo a presentar semejante conflicto intrascendente cuando a su hija le quedarán algunos días para morir.

Cojeando hacia casa pensé que la niña quizá nunca pueda disfrutar de las amarguras y comedias de la vida. Nunca podrá romperse el brazo por lo que no será la más envidiada de su clase por la escayola firmada. No podrá suspender dos en junio, ni sentir el alivio al aprobarlas en septiembre. Su novio no le pondrá los cuernos, ni se enamorará a primera vista de su futuro marido. No pasará 24 horas de parto, ni dará pecho a su primer hijo. No deberá diez mil dólares en su tarjeta, ni dormirá satisfecha al comprar su primera casa. Mientras pensaba todas las cosas que se perderá esa niña, el dolor de mi ingle se fue disipando. Seguiré quejándome de esta situación de tan fácil remedio si mi único tormento es que estoy gordo.

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