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La planta enredadera

Hoy aprendí a hacer un arco con alambre para una planta enredadera. Mientras observaba con atención el recorrido del filamento que mi padre había construido, no pude espantar la grata sensación del saber. El saber hacer algo. El estar convencido de realizar una faena con certeza. Mi padre sabe hacer muchas cosas con fe de que las está haciendo bien. Yo lo observo y aprendo. Desde que tengo uso de memoria ese ha sido el ritual, observar y aprender. Esta mañana clavamos las maderas que faltaban a la valla de mi casa. Yo le daba a mi padre los clavos en su mano, justo donde él me los pedía. Un hilo de satisfacción se hincaba en mí con cada martillazo que daba mi padre a la vez que pensaba que la próxima ocasión yo ya sabré arreglar mi valla.

Después, mi hermano gritó. Era su cuello que había decidido torcerse y no moverse por un rato. Yo seguro de mi mismo, llamé al Dr. Marulanda. Resuelto el percance del cuello continuamos con la valla. Arreglamos la puerta, cortamos las maderas disparejas, clavamos las que estaban sueltas y yo siempre aguantando con firmeza o dando clavos en el lugar exacto de la mano de mi padre. La confianza aumenta a medida que trabajas con convencimiento. La autoestima crece. Una leve sonrisa se acurruca en tu cara. Embalado decidí limpiar la piscina, toda una borrachera de autoestima porque en esta faceta tengo ya un doctorado. Coloqué la manguera, giré la llave a waste, aspiré el fondo, hice el backwash al filtro, derramé el cloro y el ácido, eche a andar el motor. Mi padre seguía trabajando cuando me dio hambre. Seguro de lo que hacía, corté dos cebollas, cuatro ajos, un poco de aceite y en una sartén se bañó todo junto con una carne molida. La convicción de los farfala a la boloñesa no se empañó por el único momento de duda que tuve, cuánta sal le debo poner. Es la gran pregunta de todo chef aprendiz. Por suerte el recurso de catar siempre es útil. Controlados los dos fuegos, en uno la pasta, en otro la salsa, salí a la entrada de la casa a ver como marchaba la faena de la planta enredadera. Fue entonces cuando descubrí el proceso para conseguir un buen arco.

Cuatro puntos de apoyo, dos clavos en la madera de la jardinera del suelo, dos arriba en la viga del porche haciendo un rectángulo. La punta del alambre se ata a un clavo de abajo, subes hasta el clavo de arriba, lo rodeas y sigues paralelo a la viga para llevarlo hasta el clavo opuesto de arriba, lo rodeas y bajas al clavo de abajo, lo rodeas y subes unos dos metros de altura. Aquí es donde viene la parte difícil. Haces un ocho pasando el cable por si mismo para cruzar al lado opuesto, haciendo así el marco del arco. Al otro lado realizas otro ocho para bajar el alambre hasta llegar al punto de partida. Un buen nudo, enredas la planta y listo.

Qué satisfacción. Consejo de mi padre: dejas crecer la planta. Las ramas largas, las más fuertes, las guías por el alambre, las otras simplemente las cortas.

Hoy aprendí una cosa más, disfrutando de la gran sensación que deriva al realizar una labor con seguridad, aunque solo haya sido poner un clavo en la mano de mi padre.

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