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I love Mallorca

Hoy me emocionaba hablando de los veranos de Mallorca. Hablaba con un par de colegas que vendrán en agosto a la isla, y sí, sí van a venir y ya veré donde duermen y no, no vendrán a la boda, relax. Pero de que vienen, vienen, a descubrir y vivir en persona todas las historias que les he contado sobre los veranos de Mallorca.

Porque los veranos de Mallorca son mágicos. Para mí, la mejor época del año en cualquier lugar del mundo. La lentitud de su tiempo, el ruido, el sabor de sus tardes, el fresco de sus madrugadas, el calor de sus días. Los veranos de Mallorca me fascinan. Me emocionan. Me traen unos recuerdos que jamás reemplazaré. La mejor época de mi vida, de lejos. Los mejores años de mi vida, de lejos. En los veranos de Mallorca descubrí el amor, el sexo, las noches. También los días, la playa, a pescar, el mar, la costa, las bicis, la piscina, el fútbol. Los petardos, la marcha, los colocaos con Alvaro, mis amigos, y sobre todo mis amigos. Los helados, las paellas, las playas nudistas, las costas, los chapuzones en el mar, las máquinas de juegos, las pizzas, los amigos de mis padres, el rock and roll. Tantas y tantas historias que nunca me cansaré de recordar. Las guiris, los colegas, el calor, el verde del mar. Tantos recuerdos que me desbordan. Quiero vivirlos todos de vuelta. La montaña, las acampadas, las risas, las ventanas abajo, las carreteras desiertas, la música. Quiero estar en Mallorca con Alvaro, Silvio y Robert. Recorrer la isla, las playas, las discos. La comida, los restaurantes, las plazas en Soller o Alcudia, el Paseo Marítimo. Enseñar a mis hijos donde crecí, donde aprendí a vivir. La piscina donde aprendí a nadar, la calle donde aprendí a montar bici, la plaza donde aprendí a jugar. En Calas y en Mallorca aprendí a ser yo, y treinta y cinco años después regresaré para volver a ser aquel que algún día fui. Me muero por estar con todos los que quiero, mis padres, hermanos, tíos, hijos, amigos, da igual el orden, mi abuela, mi isla. Todos juntos para ver casarse a mi enano. Y una semana de locura, controlada que ya no tengo veinte, locura sana, para reemplazar recuerdos con nuevas experiencias.

Si algún día podéis, viajad a Mallorca en verano, no os arrepentiréis. No quiero dejar de escribir de Mallorca. Lo más probable tarde en dormirme un par de horas. Tengo tantos recuerdos, tantas historias, tanta gente. Mallorca es mi vida. Y no quisiera ser de ningún otro lugar, no quisiera haber crecido en ningún otro lugar. Me siento especial, soy de un lugar especial. No soy de Madrid, ni Barcelona, soy de Mallorca. Soy de Mallorca. Gracias por ser tan especial.

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Mi casa

Ayer llegué a mi casa de Calas. Ahí donde pasé horas despierto en las noches, pensando en una y en la otra, en la próxima piscina, el mar, la pesa, las bicis y mis colegas. Al llegar los recuerdos eran tan fuertes, y tantos, que me dejaron sin fuerzas para pensar. Eran imágenes que se agolpaban en mi frente, recuerdos, sonidos, lugares y olores todos en un mismo momento corriendo por mi mente.

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Mi primer amor, salado

Aquel verano yo era un niño, ella, un poco mayor. Por muchos años no recordaba ni siquiera su nombre, hasta que una antigua amiga me lo recordó. Todavía hoy dudo de si ese es su nombre, sobre todo porque la cara que ahora veo en alguna red social no tiene nada que ver con aquella niña, mi primer amor.

Cuando yo era niño todos los veranos eran iguales: piscina o playa en la mañana, piscina o playa en la tarde, show para los turistas en el hotel donde trabajaba mi madre en la noche. Todos los días, de todos los veranos eran iguales. Pero ese año fue diferente, porque ese verano llegó ella de Barcelona. Llegó con su pelo liso y sus gafas de sol grandes. Manejaba una moto, y yo iba detrás abrazándola con toda la extensión de mis brazos. Me fascinaba como se mordía la lengua cuando se reía, como haciendo el sonido de la letra zeta. Recuerdo que copié ese tic. Era tan dulce. Tenía unos ojos marrones pequeños, un pelo castaño fino, que cuando se mojaba oscurecía. Nunca había sentido en mi vida los nervios que sentía cuando ella me miraba. Me ardía algo por dentro que no podía reconocer. Un vacío inmenso en la boca del estómago daba paso al hueco profundo que me quitó el hambre durante todo el verano. Sentía que miraba en todo momento aunque no estuviera presente. Pensaba tanto en ella que me sentía observado en todo momento. Quería hacer todo a la perfección por si desde arriba, como un ángel, ella hubiera estado observándome.

Fue la primera vez que vi de cerca unas tetas. Tumbados los dos en la playa, o en la piscina, o cuando manejaba su moto y se le caía el tirante de su vestido, y yo sentado atrás miraba por encima de su hombre al espejo retrovisor. Todavía hoy no he olvidado su pecho pequeño, su pezón grande y marrón asomando por el espejo de su moto. El viento caliente del verano mallorquín en nuestras caras. Yo abrazado a ella. Y ella tan lejos. Ella lloraba todos los días por un novio que tenía en la ciudad donde vivía. Y yo solo era su amigo, su hombro. Fue mi primer amor, mi primer amor salado. Nunca supo como me sentía, porque al fin y al cabo yo era un niño y ella era mayor que yo. Se convirtió en mi mejor amiga, y yo en su mejor amigo. Hablábamos como nunca yo había hablado con nadie, y menos con una mujer. Todos los días, a todas horas. Éramos inseparables. Nos contábamos todo. Me enseñó a cuestionar la autoridad de mis padres, a tolerar otras costumbres, a entender que lo que yo había aprendido como normal no necesariamente lo era. Sin duda conversaciones de niños mayores, siendo yo todavía un niño pequeño. Esa sensación no correspondida de un amor que te quiere como amigo me marcó para siempre. Y que jodida sensación.

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La playa

Recuerdo con cariño la playa de Calas, y todas las playas que disfruté de Mallorca. Cala Antena tenía muchas piedras, Cala Domingos mucha gente. Recuerdo a mi tío soltarme donde no hacía pié años antes de saber nadar cosa que quizá me traumatizara para el resto de mi vida. O al menos me generó un respeto al mar que todavía no he perdido, y no sé si alguna vez lo perderé. Será por eso que cuando Sebas me dice que nada hasta donde yo estoy nunca lo suelto, ni retraso mi posición. Una, para que no le coja miedo al agua, y otra, para que confíe en mí. En la playa disfruté siempre de las olas, pero no de la arena. Disfruté de bucear y de las rocas, aunque nunca me gustó tumbarme a tomar el sol. Hice mucha pesca submarina en la costa de Cala Romaguera con un arpón viejo que no tengo idea de donde salió. Creo que solo pesqué un “pequeñín” y como decía el anuncio lo devolví al mar, a pesar de haberlo atravesado con la varilla metálica. No me olvidaré del agua verde y azul del Hotel Maioris, con Juanmi y Alvaro, en esa época que nos dio por hacer de nudistas. Y las rocas, los turistas, las dos que vinieron de acampada, todos siempre de nudistas. La playa ha sido siempre una pieza fundamental en mi vida. Menos aquí en Miami. Ahora estoy recobrando las sensaciones con las que crecí. En la playa la piel es diferente, el sol me da fuerza, me gusta como me queda el pelo salado.

Hoy pasé el día en la playa con mis hijos, para que empiecen a crear sus recuerdos de su infancia y la playa.

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Un hueco y desaparezco

Hoy tuve un día de esos, de los que quisiera poder hacer un hueco en la tierra y desaparecer. O al menos, si no esfumarme, al menos salir por el otro lado del hueco para aparecer en el paseo marítimo de Calas, sentado en un banco de piedra, la brisa en la cara y perder la vista en el Mediterráneo.

Siento la cara anestesiada, como se te queda al bajarte de una moto a toda velocidad. Voy a mil en mi vida hasta que freno en seco, y entonces me da igual todo. Que se pudra la piscina, que nazcan más mosquitos, a la mierda la dieta, solo quiero dormir. Estos días me llegan de vez en cuando, por suerte, el último año han sido más de cuando que de en vez. Quisiera que no escuchar nada. Que salieran todos de mi cerebro porque ya no cabe nadie más. Me aburre pensar, a veces hasta respirar. Ojalá pudiera dormir sin cerrar los ojos. Me pesan mis propios pensamientos. Sueño con regresar a los años 80 cuando mi única preocupación era si ponerle dos o tres cucharadas de Cola Cao a la leche de mi merienda.

Hoy salí de mi hueco con un beso de Lari. A veces no tengo esa suerte.

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Los veranos de España

Hoy me acordé de los veranos en España. Aquellos con los que crecí, aprendiendo muchas lecciones que luego apliqué y sigo aplicando en mi vida. Los veranos en España no son mejores que los de otros lugares, sino diferentes, pero iguales de alguna manera (como coincidió hoy Liliana). Los veranos en España son sin duda el mejor recuerdo de mi juventud, o al menos, junto a mi familia, lo que más añoro de mi país.

Tengo muchas imágenes imborrables de los veranos. En mi caso son de Calas de Mallorca, Palma y Murcia (Cancaritx, Molina de Segura y Archivel), en ese orden. Aunque esta historia aplica a cualquier rincón de España, cualquier ciudad o pueblo, allí donde crecieron nuestros padres y lo más probable nacieron y murieron nuestros abuelos. Todos estos lugares, y a todos los familiares que nos cuidaron durante esta época del año, los recordamos con un cariño especial, con un leve sonrisa que nos transporta a “aquellos maravillosos años”.

Recuerdo el cielo azul repleto de nubes blancas. Un sol incansable que bronceaba, y a muchos quemaba, en las playas y piscinas de Calas. El sonido armónico del grillo de verano, la brisa de las sombras bajo los pinos, el tiempo libre. En las noches jugábamos hasta las tantas, casi siempre al escondite, mientras el pueblo entero hablaba sentado en los porches de las casas. Yo recuerdo mirar al cielo, abarrotado de estrellas, y soñaba para que no pasara el tiempo. Extraño a mis abuelos, sentados en sus pequeñas mecedoras, siempre regañándonos pero dándonos todo el cariño del mundo. Nos atiborraban de comida, obligándonos a limpiar el plato. Nos consentían como deben los abuelos consentir a sus nietos. Es y será ley de vida.

Hoy mis hijos viven su tercer verano en Cancún, malcriados por sus abuelos, felices como nunca. Algún día los dos contarán sus anécdotas en la piscina de la abuela, en el ático de la casa, con los amigos del barrio, los desayunos de tostadas con Nutella (Nocilla) y muchos recuerdos más. Yo, hoy, revivo a través de su experiencia la mejor época de mi vida, y como un niño recuerdo con cariño mis veranos en España.

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Las piscinas de Calas de Mallorca

De Calas de Mallorca recuerdo muchas cosas. Las piscinas por ejemplo, nunca las podré olvidar. En los veranos de Calas hacíamos varias actividades, playa, fútbol, salir de marcha y todos los días, piscina. La primera en mi vida fue la de Cala Antenta. Una piscina peculiar porque en la mañana la grande estaba helada y la pequeña ardiendo, pero en la tarde la piscina grande estaba templada y la pequeña congelada. En la parte baja de la pequeña el agua me llegaba a las canillas cuando yo tenía diez años, allí yo fingía que nadaba cuando en realidad estaba apoyando las manos en el fondo. Creo que mi madre nunca supo la verdad (espero que no lea esto). El complejo era relativamente grande, con un restaurante, columpios para los más pequeños, dos pistas de tenis y a las piscinas las rodeaba una agradable yerba cubierta por pinos. Más tarde me envalentoné para bañarme en la grande, siempre agarrado de la escalera de tres peldaños de metal. Nos daba clase una alemana, creo, a mi hermana y a mí. Yo no aprendí a nadar aquel verano, mi hermana sí. Era un cagón. Bueno, lo sigo siendo, la diferencia es que ahora sí sé nadar.

Creo que aprendí a los doce años, en la piscina que marcaría una época en mí y en todos mis colegas, la piscina del Complex. Era la piscina de un complejo de apartamentos que pertenecía a un hotel y era la única donde los locales nos podíamos bañar, ya que las piscinas de los hoteles estaban reservadas para los turistas. En realidad, como nos conocía todo el mundo y nuestros padres también nunca nos echaban de los hoteles pero ya habíamos adoptado la del Complex como la nuestra y ahí nos quedamos. Teníamos un grupo inmenso. Carlos, Laura, Alvaro, David, mis hermanos, Sergio, Sara, y muchos más que ya no recuerdo sus nombres ni sus caras. Allí por fin me solté de la escalera y aprendí a nadar. Jugábamos a saltar, corriendo por el camino de entrada para coger más “fua”, buceábamos los 25 metros de largo, nos besábamos debajo del agua, espiábamos a las guiris mientras los asquerosos pelos se les salían por los costados del bikini y cuando volvíamos de jugar al fútbol, empanizados de tierra nos tirábamos con zapatillas y todo a la refrescante agua. En esa piscina quizá pasé los mejeros años de mi vida. Le tenía el cariño que se le tiene a una casa, la comodidad de estar en tu sofá, el confort de tu cama, así me sentía todas las tardes en esa piscina.

Había muchas más, pero no las sentía mías. La del hotel Canarios era pequeña, parecida a la de los cruceros. La de Chiguaguas no me gustaba porque no cubría nada, me llegaba el agua por debajo de las tetas, pero tenía un tobogán que aunque, en ocasiones quemaba la piel, era bien divertido. También tenía tres setas gigantes y jugábamos a hacer piruetas. En la parte onda tenía un trampolín de tres metros, yo casi nunca me tiraba, por el cague, claro. La piscina del hotel América estaba congelada siempre y super profunda. Mi abuelo fue piscinero allí muchos años atrás, de ahí me viene la afición. La del hotel Acuamar tenía inclinación como en la playa y la de La Carreta una rampa con cascada. La del hotel Samoa no la recuerdo. Y en la del Balmoral, donde trabajaba mi madre, jugábamos a waterpolo con los turistas.

Calas de Mallorca siempre será mi lugar favorito para pasar el verano, si no me creéis esperad que os cuente de las playas, del fútbol, de las bicis, el salón de máquinas o la marcha.

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