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Algún día olvidaré

Descubrí que el Alzheimer se manifiesta más temprano al heredarse de generación en generación. Mis dos abuelos murieron a causa de esta enfermedad a los setenta años. Según mi amigo, el Dr. Marulanda, mi padre lo sufrirá unos años antes de la séptima década de su vida, por lo tanto a mí me tocará mucho más joven.

Con el miedo lógico de olvidarlo todo en algún cualquier momento, quiero hoy recordar, mientras la memoria lo permita, todo aquello que nunca quisiera olvidar.

Mi primer colegio, la playa de Benidorm, mi fuerte Randall, aquel primer escalextrix, la primera vez que vi cohetes, el fuego de las fallas valencianas, Calas de Mallorca, el Mediterráneo, la arena de playa, el avión amarillo que me regaló mi tío Sebastián, mi tío Sebastián, mis abuelos, padres, hermanos, familia y amigos. El olor a mar, el fresco de la Sierra Tramuntana, la humedad de nuestra casa, el sonido de las llaves de mi padre, los besos de mi primer perro, el miedo del primer día de colegio, el colegio, los partidos de fútbol en el cole, y de básquet, y de volei. Las monjas, el autobús, beso, atrevido o verdad, los veranos en Calas, mi primer balón, mi primera bicicleta, cuando aprendí a nadar, cuando no sabía nadar, la piscina de Calas, las carreras, Carlos, Alvaro y otros más. Mi primer beso, mi primer baile, mi segundo polvo, mi primer trabajo, mi segundo trabajo, mi primera novia, la primera ruptura, el amor, lo que creía que era amor, el despecho, lo que creía que era dolor, el salón de máquinas, los helados, la paella, los petardos, las pulseras que nos robábamos, las pesetas, los duros y las monedas, la pizza, la primera discoteca. El tenis, la pesca, mi primera carrera, mi casa de Palma, los nuevos amigos, el colegio nuevo, mi primera ciudad. Mi calle, mi barrio, las clases de mecanografía, caminando por las calles de Palma, el invierno, el verano, las cuatro estaciones en Palma, mi primer equipo de fútbol, mi último equipo de fútbol. Mi entrenamiento de atletismo, las carreras, mi primer segundo lugar, mi último segundo lugar. Los pueblos de mis padres, los veranos, los inviernos, la Semana Santa. La navidad en familia, el turrón, la carne asada, los regalos y los primos.

Antes de empezar a llorar solo quiero recordar, el día que aprendí que lo olvidaré todo.

PD: No pude pasar de los 16 años.

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Ayer murió mi abuelo

Ayer murió mi abuelo Pedro. Es extraño, pero siento que estaba muerto, aunque todavía vivo, desde hacía más de un año. La enfermedad de Alzheimer es horrible. Poco a poco se fue olvidando de todo, hasta de si mismo. A mi abuela la confundía con su madre, que a penas conoció porque fue criado por su propia abuela. A mi madre, su hija, la llamaba su hermana, cosa rara porque fue hijo único. A mis dos hijos los conoció primero por foto, cuando todavía podía saber que eran sus bisnietos. Se pasó sus últimos días mirando las fotos que le mandé de Marcos y Sebastián, diciéndole a mi abuela que esos dos de encima de la mesa no paraban de reírse ¿se estarán riendo de mí estos zagales? Cuando los conoció por fin, esta pasada Navidad, ya no sabía quien eran. Vivir sin recuerdos es peor que estar muerto.

Ahora que pasó a otra vida ¿habrá recuperado la memoria? Que bonito tiene que ser, después de muerto, volver a recordar todo aquello que habías olvidado. Algo parecido nos pasa cuando despertamos desorientados por una pesadilla y no sabemos distinguir la realidad del sueño. Al cabo de unos minutos sentimos un alivio al recordar que nuestra vida es real, y la pesadilla, solo fue eso, un mal sueño. Mi abuelo pasó el domingo quejándose, ya casi no podía respirar. Quizá a través de sus gritos impotentes nos quiso decir que quería morir para poder recobrar la memoria. Quizá gritaba los goles de España y quiso morir a tiempo para vivir el partido del jueves, y si con suerte se gana y más allá también se sale con suerte de la final, al menos mi abuelo nunca lo olvidará porque lo vivió, aunque sea ya muerto, pero entre nosotros. Mi abuelo ya no está vivo y desmemoriado, ahora está muerto pero sabe de nuevo quien somos. Para mí eso vale más que la carne y los huesos. Mi abuelo Pedro ya no vive en el olvido, mejor aún, una vez muerte vivirá para siempre en nuestro recuerdo, y nosotros en el suyo.

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