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Mi carrera acaba de comenzar

Que gran sensación la de conseguir una meta después de mucho tiempo trabajando para ello. Me siento nuevo. Rejuvenecido. Algo más completo. Tranquilo. Con una cierta arrogancia, esa que te otorga el haber conseguido algo cojonudo. Un pequeño porcentaje de la población mundial consigue terminar una carrera de larga distancia, y yo ya soy uno de esos. Hoy, rodeado de veinticinco mil chalaos, no pude evitar emocionarme. Durante la primera milla tenía los pelos de punta. El correr rodeado de tanta gente con el mismo propósito, cada uno con su historia, con su sacrificio, pero todos en equipo. Fascinante ver los diferentes cuerpos, y las pintas, los zapatos, los estilos de carrera. El agua y el Gatorade, los miles de vasos de papel tirados por el suelo. Miles y miles de cabezas, sudadas, subir y bajar en armonía. Camisetas de todos los colores. El ruido, los gritos, los llantos.

La primera milla levité por el puente que va camino a Miami Beach. Todavía era de noche, pero ver las luces del Downtown, los barcos de crucero gigantes con todas sus luces encendidas, el mar calmado, fue una experiencia relajante. Las primeras cinco millas éramos un equipo, siete corredores todos juntos, mirándonos a la cara, preguntando el uno al otro cómo la íbamos llevando. Iba adelantando y siendo adelantado por una amiga del trabajo que está buenísima, no niego que la motivación extra ayudó para sentirme más fresco en la primera mitad de la carrera. En la milla seis mi ex cuñada se cayó. El maldito IT band que me atacó a mí el año pasado. Nos quedamos con ella pero dos se marcharon al frente. Fascinante como el grupo se iba dividiendo. Los que no buscábamos marca, más que completarla, esperamos a los más lentos. Una milla más adelante nos fuimos cuatro del grupo, porque los lentos nos dieron permiso. Las siguientes tres millas, de la seis a la nueve, fueron de infarto. Nos sentimos bien y apretamos. Para la milla nueve ya me costaba apoyar la pierna izquierda, pero los gritos de la gente seguían llegándome.

Entre la milla nueve y la diez se encontraba un grupo de una organización que recauda dinero para niños con cáncer. Vi llorar muchos corredores en ese tramo. Yo no pude evitarlo. Las fotos, los niños con sus pañuelos en las cabezas corriendo por la hierba al lado de la carretera, fue un tramo electrizante. Las mamás, llorando desde la acera, nos vieron llorar a todos. Los niños corrían por la hierba y reían, sin saber muy bien que pasaba. Media milla más adelante tuvimos que tranquilizarnos porque sentimos que nos fundíamos por la emoción derrochada en ese tramo. Inigualable. Y creo que sí nos fundimos porque las siguientes tres millas fueron de quirófano. Las piernas no me dolían en un lugar en particular pero estaban tan hinchadas que sentía cuchillas desde la cadera hasta las uñas. Si caminábamos era peor. Y la milla once que nunca llegaba. Y en realidad nunca llegó. Cuando vi el cartel a lo lejos de la siguiente milla recé para que fuera la doce, porque si hubiera sido la once no hubiese tenido fuerzas para continuar. Pero fue la doce, y ya solo quedaba una más. Entonces me pasó mi compañera de trabajo, pero ni aún así pude mantener el ritmo. Ya todo me daba igual. Solo pensaba en mi padre, en todas sus horas de sufrimiento, la quimio, los dolores, y los que yo sentía no eran nada comparado con lo que él está pasando. Y pensé en mis hijos. Y me volví a emocionar. La última curva. La última recta. Y vi la meta al fondo. Y con la camiseta trataba de cubrirme. Muchos años de cambios. Muchas horas de entrenamiento. Me vinieron muchas cosas a la cabeza. Pero la sensación de cruzar la meta, con mi propias fuerzas, nadie me regaló nada, mereció la pena desde el primer día que empecé a correr a los doce años. La emoción de completar un propósito, que por mucho tiempo perseguí. Maravilloso.

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A mi tío Sebastián, gracias

Empecé a correr por mi tío. Mañana cumplo una de mis tantas metas. Significa tanto esta carrera para mí, y conociendo lo moña que soy, no sé si en algún momento veré la carretera entre tanta lágrima. La primera carrera que corrí llegué el penúltimo, si mal no recuerdo. Me compré una lata de Aquarius, mi amigo Carlos otra, y nos fuimos con mi tío Sebastián al cruce de Calas, creo que era una distancia de cindo kilómetros. Cuando dieron la salida, mi tío salió a todo trapo con el grupo de favoritos, detrás iban a toda leche el resto de corredores, y mi amigo y yo nos quedamos los últimos. Recuerdo tener tanta rabia que también quería llorar. Yo le decía a mi amigo, literalmente, pero esta gente que coño se ha creído, por qué van tan rápido. Tendría diez o doce años, pero ¿sería yo tan ingenuo de pensar que en la carrera iríamos todos la mismo ritmo? El caso es que mi tío me dijo que si empezaba a correr me compraba unas zapatillas. Y me compró unas Le coq sportive. Eran más feas que pegarle a un padre, pero para mí era las más chulas que jamás había tenido. Y empecé a correr. Corría a todas partes. A clase de mecanografía, por el pan, al centro de Palma. Recuerdo correr por todas las calles de Palma. Tantos recuerdos. Al año siguiente corrí la misma carrera, quedé cuarto.

Mañana corro por mi padre y por mis hijos, ojalá estuvieran los tres en la meta para verme, como el día que corrí mi primer triatlón, y mi padre me cortó el primer mechón del pelo que me había dejado crecer durante dos años. Gracias por todos los mensajes en FB, me emocioné al leer tantos mensajes de apoyo. Me tengo que ir a dormir, pero ahora quiero gritar, quiero empezar a correr. Voy a disfrutar el paisaje, el amanecer, mi grupo con el que he corrido durante tres años, los otros 25 mil corredores a mi alrededor. Esta es una de las experiencias que más he deseado vivir, durante mucho tiempo.

Gracias tío por aquellas Le cop sportive, gracias por enseñarme este mundo. Gracias. Te quiero.

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