El metro de Miami

Ayer utilicé por primera vez el metro de Miami con la intención de transportarme, no de pasearme, como había sido el caso las veces anteriores. Decidí ir al trabajo en metro, pensando que ahorraría tiempo, gasolina y aprovecharía para leer en el trayecto, contestar correos o jugar a mi juego favorito en el iPad, Boom Beach. Pues bueno, ni una, ni otra, ni tampoco la de después. Una experiencia ridícula, una pérdida de tiempo extraordinaria, además de pasar el mismo miedo que sentía cuando cruzaba la feria del Palma de camino a mi instituto, rodeado de gitanos, en este caso de gente rara de todos los colores y olores. Yo con mi mochila del trabajo, con dos iPhone 5S, un iPad bien cuidado, una Mac y una “lunchera” con más comida para un día que la que quizá probarán en toda una semana algunos de los que me rodeaban. Tardé una hora y media en llegar al trabajo, cuarenta y cinco minutos más de los que hubiera tardado conduciendo. No leí, no contesté un correo, solo me fui fundiendo en mi asiento, encogiendo en cada minuto que pasaba con la esperanza de hacerme tan pequeño hasta llegar a ser invisible. Con la mirada clavada en el suelo para no alentar a los ya más que animados por algunos litros de alcohol a las nueve de la mañana. Escuché música con el fin de hacerme el sordo e ignorar al que quisiera discutir la invasión a Irak, la segunda guerra Mundial, la marcha de LeBron James a Cleveland o si de verdad Neil Amrstrong pisó la luna. Solo quería dejar de sudar, que el tren llegara a su destino y pudiera sentarme en mi escritorio sin tener que coser ninguna puñalada. Soy un niño bien. Los trenes sucios llenos de pueblo no van conmigo. Soy de pelo corto, barba afeitada y zapatos algo decentes. Los olores me asustan. La gente rara me da miedo. El metro de Miami no es para mí.

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Hero

Hace tiempo que no escribo. Quizá porque soy feliz o quizá porque ya no sé por donde empezar a contar mis aventuras. Lo más probable no pienso en ellas como lo hacía antes, por eso las tengo encerradas en un cajón de la última habitación de mi casa. Extraño escribir, la soledad de aquellos tiempos, a pesar de que no echo de menos estar solo. A quien echo de menos es a mi padre. Todos los días me acuerdo de él, con una canción, con una puerta que no cierra o con un jardín que no brota. Quisiera contarle todos los lugares que he visitado este año, todas las risas de mis hijos, todos los planes que tengo. Lo extraño todos los días a pesar de que también seguro lo escondo en ese mismo cajón. Un cajón profundo lleno de secretos. Ayer pensaba la angustia que debió sentir viendo que se moría, sin poder hacer nada, esperando que alguien lo sacara de esa maldita cama en aquella esquina de su habitación. El miedo de saber que nada podía sacarlo de allí. Saber que se le acaba el tiempo, que nos dejaba solos, porque seguro eso le atormentaba más que la propia ansiedad de morirse. Una mierda de enfermedad, la maldigo todos los días, por no dejarle disfrutar más tiempo de todo lo que tenía. El nunca quiso ser el héroe pero se convirtió casi sin buscarlo. Nunca hizo la tarea con nosotros, ni tampoco fue “entrenador del año” en esas ligas de pacotilla, no montamos bicicleta juntos, ni celebramos el Mundial, pero no hizo falta, a su manera y sin buscarlo, se convirtió en mi héroe. 

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Sigo aquí

No me he muerto. Sigo aquí, sigo sintiendo, tengo los mismos pensamientos, las mismas sensaciones, pero ya no tengo miedo. Sigo soñando con ser campeones este sábado, sigo pensando todos los días en mi padre. Sigo jugando con mis hijos, riéndonos todos juntos, sigo amando a Farrar, cada día más.

Sigo aquí, no me he muerto, al contrario, estoy más vivo que nunca. No me recuerdo tan feliz, quizá nunca lo fui tanto. Tengo tantas ganas de vivir que no me detengo en el Mortero.

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Me cuesta tanto

Me cuesta tanto escribir. Me cuesta estar triste, extrañarte, recordar los días duros. Me cuesta tanto llorar. Como si hubiera olvidado mis propias ideas, como si no pudiera prestar atención, he perdido sensibilidad por eso me cuesta llorar, por eso me cuesta escribir. Me concentro para escribir pero no puedo. Me esfuerzo en llorar pero no puedo. Recuerdo los días que me dabas consejos, los días que me juzgabas pero ya no me duelen. He olvidado el dolor. ¿Será esto lo que significa ser feliz? Hace tanto que no lo soy que no recuerdo lo que es.

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Un rincón

Para escribir debo estar solo. Siento la invasión en ese espacio creativo, el ruido, las luces, los colores. Necesito un rincón oscuro, en silencio para excavar mis pensamientos y encontrar una idea que tenga sentido, darle forma, hacerla pedazos.

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Siesta Key

Desde Siesta Key puedo ver tu pelo bailando con el viento del Golfo. Arena blanca húmeda por las nerviosas olas, tus ojos azules perdidos entre el cielo y las nubes, tus manos suaves, blancas, entrelazadas con las mías, bastas, peludas. Te quiero como nunca he querido. Diferente, conectado, descubriendo sensaciones en mi pecho que nunca he sentido. Te amo como nunca he amado. Sin miedo, despierto, consciente de lo que quiero. Por fin entiendo que mis frases te provocan una sonrisa, te ríes con sinceridad, eres mi perfecto escenario. Me siento amado por quien soy, como soy, con todos estos defectos, (y algunas virtudes) pero principalmente manías, prejuicios y dolores en muchas partes de mi cuerpo. Te quiero como nunca he querido. Por tu bondad, tu seguridad, tu dulzura y tus manos. Te amo como nunca he amado.

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Tomó el cáliz

Hoy volví a misa después de muchos años. Me transporté a aquellas pegajosas tardes del verano Mallorquín, con los aburridos sermones que no conseguía encontrarles sentido, mi mente divagando entre escotes y faldas, el sudor escurriendo por la frente entre la mínima luz que sorteaba los originales vitraux. Chocan en mi cabeza todas estas contradicciones, creencias y conocimientos. Dudo de todo, no me fío de nadie. Pero me siento bien, extraño.

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