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2016

Han pasado casi seis años desde que escribí esta entrada, los 100 lugares del planeta que están desapareciendo, de los cuales entonces solo conocía diez. El link no funciona por lo que no sé si he visitado alguno de los noventa restantes, pero sigo sin conocer los diez que elegí.

El 2016 ha llegado y se marchará con algo seguro: cada día escribo peor, pierdo el español en una mezcla de horchata con whiskey en un vaso bajo de culo ancho. También pasará, me queda claro, sin dejarme conocer ninguno de estos lugares, sin pasar horas muertas viajando por la red buscando algo lejano o escuchando a gente inmadura e inocente. Tampoco parece que leeré muchos libros y lo más probable no haga muchos amigos. El año no pinta que me va a ofrecer mucha más paciencia de la que me robó el 2015, quizá, este año termine de exprimir la poca que me queda. Pero mientras menos paciencia parezco ofrecer del escaparate a la calle, más feliz y llena mi vida resulta ser de la puerta para dentro. Como una de esas librerías de madera, con libros viejos y estanterías altas con escaleras con ruedas. Todo lo que hago lo disfruto o quizá disfruto de todo porque es lo que quiero hacer.

Para el 2016 no me voy a poner metas absurdas como viajar, leer mucho o bajar de peso. Mi única meta es seguir haciendo lo que quiero. Voy a viajar algo, seguro bajo de peso y por lo menos voy a leer un libro, ese que empecé en el 2015. Todo lo demás seguro puede esperar hasta que tenga un poco más de paciencia. En esta librería se venden los libros que yo quiero, algunos no están a la venta y en la puerta hay un cartel de “Cerrado por vacaciones” porque las remodelaciones ya terminaron.

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Mallorca

10513361_10152702446307214_2182617093784483282_nNo entiendo cómo puedo extrañar tanto un lugar. Se puede entender de una persona, incluso de un animal (imagino) pero de una isla, me cuesta creerlo. Pero es cierto, extraño el sol y los ruidos del verano. El calor del asfalto de sus carreteras estrechas forradas de muros de piedra. Sus pinos, el agua verde cristalina que se casa con el azul espeso del Mediterráneo. Sus pueblos tranquilos, el rugir de las motos viejas. La montaña, mi abuela y los chistes de mi tío. No hay otro lugar en el mundo como Mallorca, y sí, es una opinión pero todos los que la han visitado comparten. Quisiera volver a Mallorca algún día para no dejarla nunca. Algún día.

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Yo, Ironman (in the making)

IMG_2051El problema de mi blog es que se ha quedado en un recuerdo. Un recuerdo amargo, de un pasaje de mi vida que sirvió para crear mi presente, el presente de mi nuevo yo.

Al nuevo yo le duele el culo del sillín de la nueva bici. Disfruta sus días de trabajo entre entrenamiento y entrenamiento. Nunca ha estado tan en forma, sobretodo comparándolo con ese otro yo de hace unos años. El de ahora disfruta de su familia, de su casa y de los sábados en la tarde. De las películas sin sentido, de muchos días de sol y sobre todo de mucha carretera, en bicicleta y corriendo.

Mientras me preparo para el reto deportivo más grande de mi vida, reflexiono sobre como ha cambiado mi cuerpo, como disfruto las olas en la playa, las charlas en la bici o comprar zapatillas nuevas. Disfruto esta vida al máximo, tanto que me asusta pensar que algo pueda pasar. De momento sigo siendo un Ironman in the making. Feliz.

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Calvo

¿Será que pronto pasará algo que cambiará este estado de felicidad? Así pensamos los fatalistas. Cuando las cosas van bien es porque algo asoma por ahí para ponerlas otra vez en su sitio. Por ejemplo, ahora que he bajado15 kilos resulta que me estoy quedando calvo. CALVO. El otro día me puse una de esas viseras horribles y entre el pelo y la visera asomaba un trozo de frente, calva o cabeza. El caso es que el sábado descubrí que me estoy quedando calvo. Durante muchos años amigos y familia me lo han advertido: “Macho, te estás quedando calvo” Bah, tonterías. La cuestión con la calvicie es que no eres calvo hasta que te das cuenta. Cuando me miraba al espejo siempre me enfocaba en la barriga. No miraba los bellos ojos que tengo, mis piernas fornidas, lo guapo que soy en general (digo, modestia y aparte, pero tengo razón) solo me fijaba en el barrigón. Ahora casi no hay barriga, por lo que tengo que desviar mi atención a otro lugar: mi calva.

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Coach

Hoy volví a ver la vida a través de unos ojos más pequeños, aunque fuera por un par de horas, hoy volví a acercarme a sus problemas. Hoy volví a ser entrenador. Aunque solo consiga transmitirles lo que siento cuando salto a una cancha habré ganado el partido. La emoción de completar un pase con estilo, servir un gol a un compañero, sacrificio en equipo, o el éxtasis de anotar un gol. Con sus risas y sus problemas. El color de las zapatillas o si la camisa les queda muy grande. El sol en la cara o la sensación del corazón golpeando a un ritmo que nunca sintieron. La aceptación de sus nuevos colegas. La admiración sus padres del otro lado de la línea blanca haciendo fotos con sus teléfonos. Ser parte de algo, sentir que pertenecen, que alguien les dedica un grito de aliento, sin tareas ni “pop quizes”, no hay libros o gomas de borrar. Solo es un juego y por primera vez, aprender es jugar, se permite correr, saltar y gritar. Dar patadas a un balón, sudar o revolcarse en la hierba. Jugamos a jugar. Cada uno con sus estilo, sus personalidades y sus extraños acentos. Hoy les enseñé el “Tiki-taka” aunque quizá ya haya pasado de moda, pero me emocioné mientras les explicaba. Recordé aquellos días en Sudáfrica.

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El metro de Miami

Ayer utilicé por primera vez el metro de Miami con la intención de transportarme, no de pasearme, como había sido el caso las veces anteriores. Decidí ir al trabajo en metro, pensando que ahorraría tiempo, gasolina y aprovecharía para leer en el trayecto, contestar correos o jugar a mi juego favorito en el iPad, Boom Beach. Pues bueno, ni una, ni otra, ni tampoco la de después. Una experiencia ridícula, una pérdida de tiempo extraordinaria, además de pasar el mismo miedo que sentía cuando cruzaba la feria del Palma de camino a mi instituto, rodeado de gitanos, en este caso de gente rara de todos los colores y olores. Yo con mi mochila del trabajo, con dos iPhone 5S, un iPad bien cuidado, una Mac y una “lunchera” con más comida para un día que la que quizá probarán en toda una semana algunos de los que me rodeaban. Tardé una hora y media en llegar al trabajo, cuarenta y cinco minutos más de los que hubiera tardado conduciendo. No leí, no contesté un correo, solo me fui fundiendo en mi asiento, encogiendo en cada minuto que pasaba con la esperanza de hacerme tan pequeño hasta llegar a ser invisible. Con la mirada clavada en el suelo para no alentar a los ya más que animados por algunos litros de alcohol a las nueve de la mañana. Escuché música con el fin de hacerme el sordo e ignorar al que quisiera discutir la invasión a Irak, la segunda guerra Mundial, la marcha de LeBron James a Cleveland o si de verdad Neil Amrstrong pisó la luna. Solo quería dejar de sudar, que el tren llegara a su destino y pudiera sentarme en mi escritorio sin tener que coser ninguna puñalada. Soy un niño bien. Los trenes sucios llenos de pueblo no van conmigo. Soy de pelo corto, barba afeitada y zapatos algo decentes. Los olores me asustan. La gente rara me da miedo. El metro de Miami no es para mí.

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La fiesta

Entonces abrió la puerta y llegaron dos más. De alguna manera ya sabía que serían muchos aquella noche. Llegaron dos, tres entraron por la ventana. Ya eran unos veinte, otros diez llegaron después de la medianoche. Después de los cien el calor era insoportable. No quedaba comida para nadie, tampoco agua. Las ventanas empezaron a romperse, los sofás a descoserse. Las escaleras temblaban por el peso de los más vagos que descansaban en los peldaños sin poder respirar. En la cocina algunos lamían las últimas gotas de alcohol de los vasos usados, otros sonreían con generosidad mientras fijaban la vista en unas tetas desconocidas. Dos que se besaban con los ojos cerrados en un baño repleto de mirones. Por detrás dos manos saboreaban el culo de la chica, otras dos las piernas y otras manos sujetaban su cara mientras la lengua se perdía en su boca. Llegaron veinte de golpe. Luego tres que nadie había invitado pero los dejaron pasar. Eran más de quinientos. Alguien gritó: “ya basta. Que no entre nadie más”. Tras el grito cayó desmayado pero se mantuvo erguido sujetado por el resto de cuerpos a su alrededor. No le hicieron caso al del grito y llegaron veinte más. Empezaron a lanzar las billeteras, teléfonos móviles y paquetes de chicle por las ventanas para hacer espacio a los diez que llegaron justo antes de soplar las velas. Lazaban sillas, mesas y mesitas. Todo por la ventana para que pudieran entrar los que iban llegando. Los más pequeños se subían a los hombros de los más fuertes y descubrieron que así cabrían otros trescientos. Tardaron menos de diez minutos en llegar con lo que de nuevo se hizo imposible respirar. El que encendió las velas se quemó los dedos mientras las velas quemaban la blusa de una que llegó sola. La blusa prendió una bufanda que inexplicablemente alguien todavía llevaba alrededor del cuello. Todos los pantalones empezaron a chamuscarse. Alguien pensó que lo mejor era soplar pero el fuego enfureció. Por la puerta solo cabían dos a la vez pero uno, que estaba ya bien borracho, quedó atascado haciendo un tapón humano. Fueron muriendo de diez en diez, luego de veinte en veinte. Caían al suelo hechos ceniza. Ya se podía respirar mejor a pesar del humo, además el espacio era mucho más amplio. Entonces uno subió el volumen de la música y empezaron todos a bailar.

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