Archivo de la categoría: Cuento

La noche

Le daba miedo la noche. El sonido de la música desde la distancia, a medida que se iba acercando, la erizaba. La incertidumbre de no saber que encontraría en aquel hueco le hacía perder el control de sus emociones. Los gritos, el alcohol, el tabaco, todo desconocido para ella, todo le aterraba. Los cuerpos en movimiento, sudorosos, las manos descontroladas. La noche se apoderaba de ella. La mirada perdida a lo lejos, el miedo se extendía por todo su cuerpo. Una cara conocida era suficiente para tranquilizarla unos minutos, después continuaba temblando como el primer día. No ser aceptada, querida o simplemente piropeada, un completo pavor cuando lo pensaba. Entonces se acordó de él. De sus manos calientes. Su mirada atrevida. Se calmó. Se sintió triste, él a lo lejos, la vio perderse entre las luces. Miedo y lágrimas, combinación común, mediocre. La noche volvió a derrotarla.

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Los nervios

Un hombre que siempre estaba nervioso a veces sin motivo alguno. Desde que despertaba los nervios no le dejaban desayunar, a penas comer en todo el día. El pelo se le caía por trozos, dejando huecos horribles que cubría con un sombrero pescador. No le quedaban uñas sobre unos dedos destrozados por sus dientes. El estómago vivía en una constante tensión, como si tuviera una corriente eléctrica recorriéndole las tripas. No se fiaba de nadie cuestionando todas las historias que escuchaba. Un hombre sin grasa y apenas músculos, todos consumidos por sus nervios. No podía disfrutar del deporte por la incertidumbre. Tampoco veía películas al no soportar no conocer el final. Los niños lo ponían nervioso, siempre pensando que estaban en peligro. Con los ancianos no podía hablar por miedo a que murieran sin terminar la frase. En las noches daba vueltas en la cama sin poder dormir. Contar ovejas lo alteraba. Una mañana dejó de preocuparse. Desaparecieron los nervios a la hora del desayuno, no pensó en los más jóvenes o los más viejos. Ese día salió a correr, vio una película, en la noche cocinó. Antes de dormir le dijeron de nuevo: “te quiero”, como esa mañana.

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Una idea

A veces me fuerzo a escribir porque no encuentro nada en mi cabeza. Me paseo por mis ideas sin encontrar alguna que me llame la atención. Es como si todo lo que supiera lo hubiera olvidado. Todos los lugares que he visitado han desaparecido de mi memoria, su calles, su gente, todos están ocultos en algún lugar de mi perversa mente. Entonces descanso los dedos sobre las teclas esperando que alguien cruce por mis ojos y consiga hacer saltar alguna chispa. Pongo música para poder viajar a esos lugares remotos que no consigo recordar. Respiro con calma para saborear los olores a mi alrededor convencido de que alguno me hará recordar. Entonces decido escribir de aquello que no consigo escribir y las palabras van cayendo como piezas de dominó hasta llegar al final de mi historia sin haber conseguido descifrar una sola sensación del pasado, ni siquiera un mal recuerdo. Mi cabeza sigue vacía. Solo pienso en ti.

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El cansancio

Un hombre estaba tan cansado de vivir que un día dejó de hacerlo.

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El cuento

Quisiera escribir un cuento con palabras desconocidas. Usando metáforas sin entender el significado o descripciones de sensaciones que nunca sentí. Lugares que no visité. Gente que no conocí. En mi cuento soy ciego. Me enamoro de la luna llena mientras pasea por un cielo nublado. Mi cuento no tiene final si tu imaginación lo permite. En mi cuento las flores no huelen, los niños caminan descalzos. El hambre no nos deja pensar. Las balas se incrustan en las paredes. En este cuento solo hay muerte por eso viajo por el papel hasta llegar a otro cuento, desconocido, sin guerra y sin lágrimas.

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El libro

Solo siento que no pierdo tiempo cuando leo. Si no tengo un libro en mis manos me ataca la ansiedad, siento que me ahogo, no me puedo concentrar hasta que de nuevo me adentro en cualquier aventura al azar de algún libro. En las mañanas abro mi libro antes de encender la luz. De camino al baño voy recordando las últimas líneas que leí antes de dormirme. Muchos días no me baño y cuando el olor es ya insoportable lo hago con la cortina entre abierta, el libro sobre el inodoro y unos jabones viejos a cada lado para que no se pasen las páginas. Nunca cocino. Ordeno comida y siempre tengo el camibo exacto para no tener que mirar la cara del repartidor. En las noches leo con una luz muy ténue para poder dormirme con un libro sobre mi pecho.

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La calle

Quise escribir sobre una calle estrecha con puertas viejas, sin números en las paredes y ventanas llenas de rejas. Quise contar como la ausencia de una acera obligaba a todos a caminar por el centro de la calle, sobre un asfalto gastado, lleno de huecos. Al final de la calle un policía amargo, porra en mano, sus zapatos bien pulidos brillaban en las noches de luna.  Se apagan las luces, se cierran las rejas y la calle estrecha duerme tranquila, solitaria, una día más, en esta condena de por vida.

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