Archivo de la categoría: Crítica

No country for an old man

Ni para un extranjero. Hoy tuve que ponere el freno a esta cuesta abajo de vida que llevo. Puse el freno de mano, metí primera y torcí la rueda hacia el bordillo. No me mueve ni un agua torrencial. Ya lo dice la película, este país puede ser duro. Hay días que prefiero verlo pasar por mi ventana.

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La voz que odio

Siguiendo con la temática del día, el odio, me cae mal la gente que habla haciendo ruido con la garganta. Como si no le saliera la voz  por la boca, como si estuvieran encerrados en una cueva, como si estuvieran contando una historia de miedo o en los últimos momentos de la risa de Thriller.

Hay tantas gringas que hablan así… las odio a todas. Creen que hablando así son más interesantes o inteligentes, boludas.

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Odio

Que alguien me explique por qué odio. En estos días de lluvia, soleados pero grises sobre mi cabeza, de esos días que ya me avisó mi madre: “mejor no levantarse de la cama”. Por qué odio el acento de todos, los semáforos en rojo, la gente gorda y los tontos. Los que caminan gracioso, los que gritan en la cocina, los feos y gilipollas. Por qué odio el mundo. Esos días cuando todos me irritan, sus miradas, sus risas. Por qué no me voy a la mierda en esos días. No quiero explicarle a nadie porque las mesas tienen cuatro patas o existen sillas con ruedas. El café es amargo, el azúcar lo endulza, no preguntes porqué. En esos días donde odio odiar todo, odio que alguien se dé cuenta y me odie.

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Un dolor de huevos

A veces pienso que debe ser un dolor de huevos vivir conmigo. Ni yo me soporto. Estoy destinado a terminar como mi sombra, mi conciencia, unas zapatillas y un trozo de pan. Es cuestión de tiempo.

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No puedo fallar

Tantas veces he escrito sobre mi peso. Ya no sé por donde empezar. Pienso que quizá estoy enfermo, como ese que ya no viaja con los Dolphins porque es adicto a la comida. Quizá no tengo esa adicción, pero fijo tengo un problema. Es como si tuviera que aprovechar para comer algo pesado, cuando estoy en un hotel, una fiesta, o regalan comida. Da igual si no tengo hambre, tengo que comer igual. No importa el daño que me hago, es como si no me lo estuviera haciendo a mí, aunque tampoco quiero hacerle daño a nadie nunca, por lo tanto no entiendo por qué lo hago.

Será cuestión de huevos como dice mi otro yo. Ya no me puedo fallar, no puedo hacerme esto. No me puedo atar las zapatos, no puedo recoger una moneda del suelo, o el champú de la ducha. Hoy solo me mojé el pelo.

Ya no me puedo fallar.

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Obseso-compulsivo

Soy un obseso-compulsivo. Sí, lo soy desde muy joven. Ya desde pequeño me comía las patatas primero, luego la hamburguesa. Cuando comía mi helado favorito, el magnum blanco, tenía que hacerlo sin que se cayera un trozo de chocolate al suelo. En la ducha seguía el mismo ritual, primero el pelo, luego el cuerpo, cerraba los grifos por orden, salía por el mismo lado de la cortina, me secaba el cuerpo siguiendo los mismos pasos. No soportaba las sábanas arrugadas, las alfombras tampoco. El espejo retrovisor del coche debía estar perfectamente colocado. Me vestía con un mismo orden, imposible de narrar.

Hoy sigo siendo obseso-compulsivo. Tras haber sumado muchos otros detalles me queda claro que soy un tío dedicado y con compromiso.

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Menos mal

Con esa risa insultantemente estridente, un vaso de cerveza en la mano y un hombre a cada lado. Tus movimientos histriónicos llamaron mi atención en un estadio con treinta mil personas gritando. Apareciste tú, con tu cara pintada de naranja y verde, los colores del equipo que animas y yo narro en la radio. Tú en una suite, yo en una cabina. Tus collares coloridos, una falda estridente, unas medias rojas y zapatillas de fútbol americano, como si fueras tú la que va a jugar el partido.

Por otro lado esa rubia. Menos mal.

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Mi armario

Hace mucho tiempo que dejé de ser flaco. No recuerdo el día que engordé, pero sí el proceso, a pesar que durante mucho tiempo en mi mente seguía imaginándome flaco. Ya esos días están lejos, ahora me conformo con bajar un poco la barriga, con ver menos papada o ver algún reflejo en el espejo que me anime. Durante años he guardado ropa varias tallas más pequeñas, esperando ilusionado algún día poder volver a vestir esas camisas. Siempre que organizo el armario dejo a un lado esa ropa acartonada, pasada de moda pero con el brillo de la ropa nueva. Ahí llevan más de seis años algunas camisas, a penas usadas, esperando poder cubrir esta barriga otra vez. Inútilmente me las pruebo de vez en cuando, sin mucha suerte. Lo mismo sucede cuando organizo la cajonera. Pantalones de correr, conjuntitos para la bicicleta o ridícula indumentaria de triatleta. Pues no soy ni más rápido o más lento por no caber en esas mudas. Tampoco menos simpático o estúpido a ratos. No me ha ido mal en el departamento del amor, barriga incluida. El caso es que mido todo contra mi barriga, pero hoy estaría en el mismo lugar, con los mismos logros y las mismas derrotas, con estas libras que con treinta menos encima. Sería el mismo tío cojonudo, enamorado, feliz, con dos hijos de puta madre, un trabajo que cuido. Habría perdido los riñones, también me hubieran puesto este tan aplicado que llevo en mi costado. Hubiese viajado a los mismos lugares y hubiera visto a España salir campeón. Todo con unas tallas de menos pero con las mismas risas a cuestas.

Porque no soy aquel flaco que corría rápido, ni lo voy a ser jamás. Por eso hoy tiré a la basura toda esa ropa vieja, se acabó la espera. Seré más o menos gordo, seguiré luchando por sentirme bien, pero al menos mi armario no me mirará con nostalgia, esperando por un día que ya nunca regresará. Solo podré estar flaco en el futuro, ya el pasado me lo comí.

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Me voy, loco

Hace ya más de diez años yo también utilicé esa táctica. “Me voy al Super Bowl”. Me dio igual la opinión de mi jefe, o de mi superior, me compré el pasaje yo: $256 dólares, Miami-Las Vegas-San Diego, y así metí la presión necesaria para que me dejaran ir con todos los gastos pagados. Todos los periodistas hemos amenazado con esa frase a nuestros jefes alguna vez. “Yo voy al Mundial” me dijeron hoy. Deja vu, ya me la dijeron hace cuatro años y esa persona terminó dando vueltas cuarenta días en Sudáfrica. Ya no funcionó la frase, esta vez es diferente. Una sí, dos no.

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Houston

Houston es horrible. Ya me lo pareció hace nueve años cuando fui a cubrir el Super Bowl de la teta de Jannet Jackson. Y hoy lo confirmé otra vez. Autopistas interminables, gente gorda y disfrazada con gorros vaqueros, comida grasienta.

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