Archivo mensual: septiembre 2014

Calvo

¿Será que pronto pasará algo que cambiará este estado de felicidad? Así pensamos los fatalistas. Cuando las cosas van bien es porque algo asoma por ahí para ponerlas otra vez en su sitio. Por ejemplo, ahora que he bajado15 kilos resulta que me estoy quedando calvo. CALVO. El otro día me puse una de esas viseras horribles y entre el pelo y la visera asomaba un trozo de frente, calva o cabeza. El caso es que el sábado descubrí que me estoy quedando calvo. Durante muchos años amigos y familia me lo han advertido: “Macho, te estás quedando calvo” Bah, tonterías. La cuestión con la calvicie es que no eres calvo hasta que te das cuenta. Cuando me miraba al espejo siempre me enfocaba en la barriga. No miraba los bellos ojos que tengo, mis piernas fornidas, lo guapo que soy en general (digo, modestia y aparte, pero tengo razón) solo me fijaba en el barrigón. Ahora casi no hay barriga, por lo que tengo que desviar mi atención a otro lugar: mi calva.

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Coach

Hoy volví a ver la vida a través de unos ojos más pequeños, aunque fuera por un par de horas, hoy volví a acercarme a sus problemas. Hoy volví a ser entrenador. Aunque solo consiga transmitirles lo que siento cuando salto a una cancha habré ganado el partido. La emoción de completar un pase con estilo, servir un gol a un compañero, sacrificio en equipo, o el éxtasis de anotar un gol. Con sus risas y sus problemas. El color de las zapatillas o si la camisa les queda muy grande. El sol en la cara o la sensación del corazón golpeando a un ritmo que nunca sintieron. La aceptación de sus nuevos colegas. La admiración sus padres del otro lado de la línea blanca haciendo fotos con sus teléfonos. Ser parte de algo, sentir que pertenecen, que alguien les dedica un grito de aliento, sin tareas ni “pop quizes”, no hay libros o gomas de borrar. Solo es un juego y por primera vez, aprender es jugar, se permite correr, saltar y gritar. Dar patadas a un balón, sudar o revolcarse en la hierba. Jugamos a jugar. Cada uno con sus estilo, sus personalidades y sus extraños acentos. Hoy les enseñé el “Tiki-taka” aunque quizá ya haya pasado de moda, pero me emocioné mientras les explicaba. Recordé aquellos días en Sudáfrica.

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El metro de Miami

Ayer utilicé por primera vez el metro de Miami con la intención de transportarme, no de pasearme, como había sido el caso las veces anteriores. Decidí ir al trabajo en metro, pensando que ahorraría tiempo, gasolina y aprovecharía para leer en el trayecto, contestar correos o jugar a mi juego favorito en el iPad, Boom Beach. Pues bueno, ni una, ni otra, ni tampoco la de después. Una experiencia ridícula, una pérdida de tiempo extraordinaria, además de pasar el mismo miedo que sentía cuando cruzaba la feria del Palma de camino a mi instituto, rodeado de gitanos, en este caso de gente rara de todos los colores y olores. Yo con mi mochila del trabajo, con dos iPhone 5S, un iPad bien cuidado, una Mac y una “lunchera” con más comida para un día que la que quizá probarán en toda una semana algunos de los que me rodeaban. Tardé una hora y media en llegar al trabajo, cuarenta y cinco minutos más de los que hubiera tardado conduciendo. No leí, no contesté un correo, solo me fui fundiendo en mi asiento, encogiendo en cada minuto que pasaba con la esperanza de hacerme tan pequeño hasta llegar a ser invisible. Con la mirada clavada en el suelo para no alentar a los ya más que animados por algunos litros de alcohol a las nueve de la mañana. Escuché música con el fin de hacerme el sordo e ignorar al que quisiera discutir la invasión a Irak, la segunda guerra Mundial, la marcha de LeBron James a Cleveland o si de verdad Neil Amrstrong pisó la luna. Solo quería dejar de sudar, que el tren llegara a su destino y pudiera sentarme en mi escritorio sin tener que coser ninguna puñalada. Soy un niño bien. Los trenes sucios llenos de pueblo no van conmigo. Soy de pelo corto, barba afeitada y zapatos algo decentes. Los olores me asustan. La gente rara me da miedo. El metro de Miami no es para mí.

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