Los nervios

Un hombre que siempre estaba nervioso a veces sin motivo alguno. Desde que despertaba los nervios no le dejaban desayunar, a penas comer en todo el día. El pelo se le caía por trozos, dejando huecos horribles que cubría con un sombrero pescador. No le quedaban uñas sobre unos dedos destrozados por sus dientes. El estómago vivía en una constante tensión, como si tuviera una corriente eléctrica recorriéndole las tripas. No se fiaba de nadie cuestionando todas las historias que escuchaba. Un hombre sin grasa y apenas músculos, todos consumidos por sus nervios. No podía disfrutar del deporte por la incertidumbre. Tampoco veía películas al no soportar no conocer el final. Los niños lo ponían nervioso, siempre pensando que estaban en peligro. Con los ancianos no podía hablar por miedo a que murieran sin terminar la frase. En las noches daba vueltas en la cama sin poder dormir. Contar ovejas lo alteraba. Una mañana dejó de preocuparse. Desaparecieron los nervios a la hora del desayuno, no pensó en los más jóvenes o los más viejos. Ese día salió a correr, vio una película, en la noche cocinó. Antes de dormir le dijeron de nuevo: “te quiero”, como esa mañana.

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