La fiesta

Entonces abrió la puerta y llegaron dos más. De alguna manera ya sabía que serían muchos aquella noche. Llegaron dos, tres entraron por la ventana. Ya eran unos veinte, otros diez llegaron después de la medianoche. Después de los cien el calor era insoportable. No quedaba comida para nadie, tampoco agua. Las ventanas empezaron a romperse, los sofás a descoserse. Las escaleras temblaban por el peso de los más vagos que descansaban en los peldaños sin poder respirar. En la cocina algunos lamían las últimas gotas de alcohol de los vasos usados, otros sonreían con generosidad mientras fijaban la vista en unas tetas desconocidas. Dos que se besaban con los ojos cerrados en un baño repleto de mirones. Por detrás dos manos saboreaban el culo de la chica, otras dos las piernas y otras manos sujetaban su cara mientras la lengua se perdía en su boca. Llegaron veinte de golpe. Luego tres que nadie había invitado pero los dejaron pasar. Eran más de quinientos. Alguien gritó: “ya basta. Que no entre nadie más”. Tras el grito cayó desmayado pero se mantuvo erguido sujetado por el resto de cuerpos a su alrededor. No le hicieron caso al del grito y llegaron veinte más. Empezaron a lanzar las billeteras, teléfonos móviles y paquetes de chicle por las ventanas para hacer espacio a los diez que llegaron justo antes de soplar las velas. Lazaban sillas, mesas y mesitas. Todo por la ventana para que pudieran entrar los que iban llegando. Los más pequeños se subían a los hombros de los más fuertes y descubrieron que así cabrían otros trescientos. Tardaron menos de diez minutos en llegar con lo que de nuevo se hizo imposible respirar. El que encendió las velas se quemó los dedos mientras las velas quemaban la blusa de una que llegó sola. La blusa prendió una bufanda que inexplicablemente alguien todavía llevaba alrededor del cuello. Todos los pantalones empezaron a chamuscarse. Alguien pensó que lo mejor era soplar pero el fuego enfureció. Por la puerta solo cabían dos a la vez pero uno, que estaba ya bien borracho, quedó atascado haciendo un tapón humano. Fueron muriendo de diez en diez, luego de veinte en veinte. Caían al suelo hechos ceniza. Ya se podía respirar mejor a pesar del humo, además el espacio era mucho más amplio. Entonces uno subió el volumen de la música y empezaron todos a bailar.

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