Mis pies

Nunca he sido uno de esos que se muere por los pies. En realidad no los miro, ni siquiera sé cómo lucen en mi mujer. Otros los ponen como requisito, les fascinan, los acarician, admiran y una serie de acciones que no quiero recordar. Esto de buena fuente. La cuestión es que yo soy de los gemelos para arriba. Prefiero los muslos, el estómago, el cuello, cosillas más “normales” digo yo. ¿Los pies? Pues para llevar unos buenos zapatos de tacón, o unas chanclas divertidas o un buen par de asics, pero nada más.

Hoy, en mi pedicura mensual volví a admirar mis pies. Las mujeres de las cómodas sillas de los costados los miran con envidia. De reojo observan el tamaño, imaginado cualquier cosa, miran mis dedos esbeltos y armoniosos, las uñas elegantes, los pelitos graciosos del empeine. Seguro dan un repaso a las piernas, pero lo más probable están centradas en mis pies. ¿Los suyos? Horribles. Con uñas deformes y dedos atrofiados. Callos que destrozan la piedra pómez al primer contacto o esos ralladores de cocina metálicos que usas las “chinas” del lugar. Porque claro, todas son chicas. ¿Dónde te haces la uñas che? Ahí en un lugar de chinas. Mis “chinas” son de Vietman, pero bueno, como dijo alguien alguna vez: “la misma mierda”.

Pues nada, que ahí os dejo mis pies. Para que los disfrutéis. Envidia sana.
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