Salvador Dalí

Ayer estuvimos en su museo, en Saint Petersburg, el segundo más importante del mundo tras el de Barcelona. Los niños disfrutaron, intentaban descrifar sus cuadros, los relojes fundidos, las tetas caídas, los toros ocultos, perros bebiendo agua y hasta E.T. por ahí escondido. Me recordó a España en aquella época donde no había problemas, ni desempleo, cuando todavía se llamaba Copa de Europa, en el coche de mi padre no había radio y mi hermana y yo poníamos la música. Mecano era nuestro grupo favorito. Alaska, Miguel Ríos y Hombres G. El coche olía a metal oxidado, las carreteras eran estrechas y las náuseas viajaban con nosotros por la isla. Mi hermana y yo disfrutábamos de Dalí, Nassau y los polvos pica-pica.

Hoy mis hijos lo hacen de una película en el coche, multiples juegos en los ipads y varias pelotas. Pero lo más probable recuerden a Dalí por encima de todo, su bigote, Cristobal Colón y esa mujer mirando al mediterráneo por la ventana, la misma que Sebas se encargó de apuntar, por si no me había percatado de que: “She’s naked papi”. Sí hijo, está desunda.

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