Archivo mensual: julio 2013

Saliendo de la crisis

Una semana y media todos enfermos. Tos, dolor de estómago, pecho y hospital.

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La chula de mi madre

Así en estas circunstancias, enfermo, con dolor de estómago, de cabeza, de oídos y con fiebre, extraño más que nunca a mi madre. Su mano fría en mi frente, con su tono de verdadera preocupación. Parece que cualquier medicina común si procede de mi madre tiene poderes mágicos. El termómetro y un pan torrado con aceite. Un poco de Gatorade, una manta en el sofá y varias camisetas empapadas. Pasar por esto solo, sin madre, parece empeorar las síntomas sin ninguna esperanza de mejoría.

Mi madre nunca se enfermaba y si alguna vez lo hizo no paró de atendernos, así de chula es mi madre. Y cuando nos enfermábamos recibíamos con agrado el pequeño regaño de que “tienes que comer algo. Tómate el jarabe que es para la tos. Bebe algo de agua para que no te deshidrates”. Mi madre controlaba los tiempos de las comidas. El primer día en ayunas. Los siguientes sobrevivíamos con algo de pan tostado y aceite, luego arroz de enfermo (como solíamos llamarlo), al simple arroz blanco aguado con algo de tomate y un ajo entero. Más adelante una sopa de pollo, nada de leche, ni de comidas pesadas. Mi madre tenía un talento especial para saber qué era lo que necesitaba nuestro estómago. El jarabe, los efervescentes y en casos extremos el antibiótico con el típico aviso “tienes que terminarte la dosis aunque en unos días te sientas mejor porque sino te regresa con más fuerza”.

Llevo cinco días enfermo. Marcos seis. Sebas cuatro. Farrar tres y sus hijos también. Hoy dos con fiebre. Dos con calambres en el estómago y yo con un hueco en el pecho y una tos de viejo de Ducados. Marcos hizo de mi madre el sábado. Farrar el domingo. Yo hice de su madre ayer y hoy, de madre de todos desde el jueves. Todos hemos sido madre y enfermo en algún momento de esta semana. Nada se compara al cuidado de una madre. Las caricias en la frente, las sobadas en el estómago y la excesiva atención que nos hace sentir como niños otra vez. Extraño a mi madre.

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Mi nueva vida

Algunos ya sabéis que mi vida cambia el lunes que viene. La mayoría no sabéis nada porque he optado no contarle a nadie dadas las malas experiencias de mis primeros intentos de compartir esta gran noticia. El lunes ya no dormiré solo, aunque ya hace tiempo que no lo hago. Aquí habrá siempre niños, unas veces dos, otras cuatro y permanentemente dos chihuahuas.

Mi vida será como siempre la imaginé. Harmonía. Familia. Casa. Niños. Pizza. Juegos. Balones. Piscina. Compartir mis mejores y peores momentos con esta persona maravillosa que llegó a mi vida sin buscarla. Ojalá os alegréis por mí, por nosotros, porque estamos muy felices. Ilusionado con las cajas, los planes, una cama aquí y una silla allí. Justo en una semana el jaleo invadirá esta casa como todos estos fines de semana, con las risas de estos peques, los ladridos de estos perros y nosotros, sentados en el sofá de la piscina disfrutando de nuestra nueva vida.

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El virus

Llevo cinco días muriendo lentamente. Primero un ataque al estómago, agudo, malintencionado, amenazando trepar por mi garganta pero quedaría en eso, una amenaza. Noches interminables, sentado cerca de la bañera, solo. Batallando con mi mente, como si fuera posible controlar con la mente las nauseas, ingenuo. Odio vomitar. Lo odio, lo odio, lo odio. El sábado fue día de descanso, como en el Tour de Francia, y el domingo atacó de nuevo como el Alpe D’Huez. La garganta, el pecho, los mocos. Aquí estoy, tirado en cama, rodeado de servilletas, medicina y una nariz llorona. Que alguien me libre de este maldito virus.

El otro día me llamaron del seguro médico para recordarme que no tengo asignado médico de cabecera. Trate de explicarles que tengo un transplante de riñón por lo que voy al médico cada dos meses y él hace de mi médico de cabecera. Pero no, entienda que debe tener uno, me decía la amable enfermera. Hoy pienso que esto es un complot, un virus inyectado en la leche o los tomates por las compañías de seguro para que vayamos al médico, para que compremos medicina y servilletas, para que nos pasemos la noche sentados al lado de la bañera. Mañana llamaré al seguro para que me asignen un médico de cabecera. Se salieron con la suya, ahora ya por favor llévense este puto virus de mi cuerpo.

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Gracias

Pues gracias a todos. Por leerme, por comentar, gracias a Cris y hoy a Carmen. Algunos, como Carmen, me leerán en sus ratos libres, otros quizá como mi hermano me leeran al recibir el correo al que se registraron hace ya varios años y seguro lo leen como cualquier otro que reciben durante su ajetreado día. “Uff déjame ver qué carajo ha escrito este mortero ahora”. En fin, gracias a todos de alguna manera, en especial a los fieles como mi cuñado Juan, mi padre en su día, además de muchos más que no se atreven a dar el paso al frente para comentar o quizá los textos no lo merezcan. Gracias

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Crisis, what crisis?

En estos últimos meses he perdido muchas noches de sueño. Noches largas, de calles anchas, con coches gigantes a los cuales no me puedo subir. Mucha gente a mi alrededor con las cabezas grandes, con frentes pronunciadas y que me hablan mientras se acercan demasiado a mí. Noches de conversaciones inverosímiles, ruidos extraños, noches de sudor. “Estás en la crisis de la mediana edad” me dice mi hermano. Tengo treinta y seis, ¿será? Pero es la mediana edad ¿de qué? Porque ya tuve la crisis de la mediana juventud, por ahí de los doce, porque mi juventud terminó pasados los veinte. Luego la crisis de la mediana adolescencia cuando tenía dieciocho, porque justo ahora estoy dejando de ser adolescente. Más tarde la crisis de la mediana madurez a los veinticuatro, de camino a ser maduro por completo a los cuarenta y ocho. La crisis de ser padre, de ser marido y de ser divorciado. Tres crisis que me las chupé todas juntas en menos de cinco años. ¿Y ahora? ¿la crisis de qué quiero hacer con mi vida profesional? De momento lo único que tengo claro es que he pasado los últimos veinte años de mi vida en crisis, y ya me cansé ¡cojones!

Tengo tan claro que quiero vivir contigo, que quiero ver crecer mis hijos, hacer pankakes y jugar en la piscina. Tengo tan claro que quiero viajar, ahí, allí y también más allá. Quiero escribir. Montar bici, correr, saltar, comprar una pelota de básquet nueva. Pintar la habitación, hacer la caseta “Alfonso Duro” en mi patio, en memoria de mi padre, arreglar las puertas y tantas cosas más de mi casa que hablé con él por tantos años. Leer ese libro, este y aquel de mi mesita. Publicar el mío, me da igual si no lo compra nadie. Dejarme llevar, tengo tan claro que soy feliz con tantas cosas en mi vida. Ahora solo necesito superar esta pequeña crisis, de ineptos, de… eso, lo dicho, esa crisis.

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Jueves

Jueves de mierda. Dolor de estómago, hospital, médico y dolor de cabeza.

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