Petra

Roberto no solía ordenar comida china en las noches. Le agravaba esa úlcera que lo tuvo en cama tres días la última vez que visitó Montevideo. Pero esa noche sintió un extraño antojo de noodles, de esos gordos que se enredan entre el pollo, el pimiento y la cebolla. Había terminado de escribir su columna diaria, y por alguna razón le apetecía comida china. Roberto trabajaba desde su casa, sentado en una silla negra con ruedas gordas, siempre escribiendo para un prestigioso periódico nacional. Desde su pequeña Mac, que descansaba en una sencilla mesa metálica, Roberto opinaba de los temas que más preocupaban a la sociedad. Su trabajo solo se podía leer en la web y eso maltrataba su ego de una manera incontrolable. Con nostalgia recordaba las asignaciones de guerra, los complots políticos, los viajes con mochila y grabadora, pero sobre todo ver su nombre en la primera plana del diario. “Ahh el papel de periódico”, suspiraba cada vez que pasaba por el kiosco de la esquina. Junto con los paseos por las calles de Praga era lo que más extrañaba de los años ya pasados.

– Chino Madlid con sabol… ¿Qué desea pedil pala lleval? –contestó del otro lado del teléfono el chinito de turno.
– Pat Thai, pero el del Noodle gordo. Camino Real, Las Rozas.
– Catolce con cincuenta. Unos cualenta minutos. Glacias.
– Joder, cada día está más cara la comida china. Unos  simples putos Noodles.

Encendió su estufa mientras esperaba la cena. Todavía el frío golpeaba seco y cortante los alrededores de Madrid en las noches. La montaña a espaldas del apartamento de Roberto empeoraba la situación climática unos grados. Roberto vivía solo, porque así lo prefería, para poder pensar en sus problemas, en el pasado. Llegó la comida. Abrió los cartones para colocarlos metódicamente en la mesa de la sala. Buscó Jan Garbarek en la librería de su Mac y se dispuso a cenar, solo, como lo había hecho durante los últimos ocho años de su vida. La comida lo decepcionó. Extrañaba un buen bife de su tierra. Hacía años que no visitaba Buenos Aires. Quizá debería ya cruzar el Atlántico y regresar a casa para siempre, se decía muy a menudo. Pero Madrid le gustaba demasiado. Rompió la galleta de la suerte que le había entregado el chino con la orden de comida. No era supersticioso, ni creía en la suerte. La vida es un cúmulo de decisiones donde tratamos de no tomar las equivocadas, se repetía. Al crujir la galleta, le pareció extraño encontrar un papel enrollado, más grande de lo habitual. “Qué sofisticados estos chinos”, dijo en voz alta. El papel era estrecho pero estaba enrollado como un papiro, escrito con letra negra y bordes rojos. Como si descansara en un cryptex de galleta. Comenzó a leer:

Lea atentamente, de lo contrario su vida corre peligro. Acaba de recibir el conjuro del pez de plata. Durante los próximos cien años no podrá amanecer en la misma ciudad donde pasó el día anterior y una vez visitada no podrá regresar a ella. Si no sigue estas instrucciones, morirá.

El papel comenzó a fundirse, como si hubiese sido rociado con vinagre en este improvisado cryptex. Roberto maldijo a los chinos por la broma mientras golpeaba la mesa con varios dedos parcialmente quemados. Marcó con furia el número telefónico del lugar pero una voz le indicó que estaba fuera de servicio. Marcó varias veces, con calma, asegurándose que no cometía un error pero siempre recibía el mismo mensaje.  

“La concha que los parió. Mañana se van a enterar”. Y se fue a dormir. 

Con el primer rayo de sol Roberto sintió que le ardía la garganta. Su brazo izquierdo estaba lleno de pequeñas hormigas primero, luego se le durmió. Le faltaba el aire. Sintió un pinchazo en el corazón. Se vistió rápidamente. Estaba blanco, sudoroso y con un dolor muy fuerte en el pecho. Salió disparado con su coche camino al hospital más cercano. Por la A-6 vio un cartel gigante del restaurante chino donde ordenó la noche anterior que decía ¡Nuestras galletas sí son mágicas, disfruta el viaje! “La puta madre…”. Marcó el número que venía en el cartel con mucha dificultad ya que no podía mover su brazo izquierdo. Esta vez la grabación era distinta:

¡Nuestras galletas sí son mágicas. Disfruta el viaje. Roberto, sigue las reglas del juego, deja la ciudad o morirás! Dijo la grabación.

Roberto se asustó. “¿Cómo saben estos jodidos chinos mi nombre?” Cruzó los tres carriles de la autovía bruscamente para tomar la salida en dirección A Coruña. Al rebasar el límite de Madrid, y ya fuera de la ciudad, todos sus síntomas desaparecieron. No lo podía creer, esto debía ser una broma pesada. Llamó a un amigo doctor para explicarle lo que le acababa de suceder. No recibió una respuesta lógica porque no la existía. Su amigo confirmó que los síntomas eran de un infarto al corazón pero claro estaba que no podía haber influido el haber salido de Madrid para que hubieran desaparecido los síntomas. Roberto decidió llamar a la policía ya que la ayuda de su amigo había sido nula. Tras explicar la situación el oficial comprobó que no existía ningún restaurante chino con el nombre Chino Madrid con Sabor. También pudo confirmar que el número telefónico que Roberto tenía había estado fuera de servicio por más de un año y que no había ninguna grabación sobre galletas mágicas. “Está usted muy mayorcito para estar inventando estas historias”, el policía colgó el teléfono. Roberto se sintió solo, sin saber a quién acudir. Llegó a Ávila dispuesto a comprobar si el conjuro del pez plata era una broma china o estaba siendo objeto de alguna grabación de cámara escondida. Cruzó la muralla para recorrer las estrellas calles de la ciudad en busca de un motel que quedara cerca de los límites de la ciudad. Allí se alojó para esperar la noche. Al primer rayo de sol Roberto ya estaba vestido y sentado en su coche. Le comenzaron los mismos síntomas, la garganta, las hormigas, el brazo. Roberto estaba ya en la AP-51 camino a Segovia. Manejó sin prisa, lentamente, tratando de encontrar una respuesta a la situación más ridícula que jamás le había sucedido. ¿Quién podría querer hacerme esto? Llegó a Segovia poco antes del medio día. La plaza mayor, con la catedral del fondo descansaba tranquila. El verano en la España peninsular era caluroso y las ciudades quedaban desiertas, a excepción de algún turista masoquista. Se sentó en un bar de la plaza, pidió unas aceitunas y una cerveza. Comenzó a llamar a todos los amigos que quizá podrían darle una respuesta lógica. Todos quedaban preocupados porque quizá Roberto había llegado ya a esa edad donde las situaciones se ven borrosas, y la mente nos juega malas pasadas. Roberto no estaba loco y tampoco viejo. “Solo tengo cincuenta y siete la concha de…” le gritó a más de uno en el teléfono.

Roberto salió de Segovia para ver la Universidad de Salamanca. De ahí llegó a Zamora donde comió un queso de cabra con una mermelada que se le derretía en la boca. Pasó por Benejiles, llegó a Lugo, más tarde a Pontevedra. Bordeó el litoral cantábrico, y en cada pueblo cenaba solo, dormía solo y amanecía sentado en su Alfa Romeo. En las noches lloraba, pero muy poco tiempo, enseguida maldecía los chinos del restaurante en Madrid. Tras dos semanas de unas supuestas vacaciones relámpago no podía justificar más su ausencia en su trabajo por lo que decidió comprar una Mac en San Sebastián. En ella escribía todas las tardes. Entonces decidió denunciar al restaurante chino en una columna con la intención de encontrar a alguien que hubiera sufrido el conjuro del pez de plata, pero su editor no aprobó el texto. Roberto, que tenía más conexiones en el periódico que una central telefónica antigua, consiguió que Miguelito el de la imprenta le publicara su columna. En ella maldecía los putos chinos del restaurante e invitaba a todos sus lectores a preguntar a amigos y familiares si alguien habría sufrido este maldito conjuro. “Les escribo desde Irún pero manden sus cartas al periódico en Madrid. Por favor, necesito regresar a casa”. La avalancha de cartas fue total. La gente se agolpaba en las puertas de las oficinas del periódico en busca de Roberto. Querían saber si era cierta la historia, si el periódico les había tomado el pelo, querían a Roberto. Pero Roberto no estaba. Y el periódico se vio forzado a despedirlo publicando una carta abierta explicando que Roberto había perdido el sano juicio.  Se sintió hundido, solo, sin salida. Recibió la noticia de su despido por correo.

Pasó dos días deambulando por Zaragoza y un pueblo cercano. Al tiempo llegó a Sabadell y allí decidió darle un giro a su historia. Madrugó para llegar con tiempo a Barcelona donde sentado en un bar del puerto decidió abrir un blog. El viaje del Pez de Plata lo llamó. Allí contó su historia desde el principio, hasta el último detalle, hasta el último hotel y la última cena, hasta la última noche en solitario de su viaje. Reacio a las redes sociales, entendió en ese momento que eran necesarias. Abrió su cuenta de Twitter y su grupo en Facebook, El viaje del Pez de Plata. Allí conectó con las 150 personas que tenía en su agenda de teléfono, y comenzó a contar su viaje.

Cruzó los Pirineos para llegar al Sur de Francia. En su blog contaba los lugares que visitaba, describía el verde de las praderas, las cabras correr salvajes. En las redes sociales marcaba su camino, la siguiente parada, el siguiente hotel. Sin darse cuenta más de tres mil personas lo seguían. Muchos comentaban lo agradable que era leer sus aventuras, otros pedían que subiera fotos. Y en Marsella se compró una cámara digital, una 60D. Roberto subía fotos y videos de los caminos, de las comidas. Y en su blog pedía a la gente que le marcaran el trayecto. Superó los cien mil usuarios en menos de un mes. Muchos le ofrecían estadía por lo que dejó de dormir en hoteles solitarios. Otros querían mandarle dinero para que no dejara de escribir nunca. Y en París Roberto abrió una cuenta corriente. Allí unos cuantos comenzaron a depositarle 10 euros al mes, pero los 10 se convirtieron en 20 y esos 20 se multiplicaron por los más de dos millones de seguidores por todo el Mundo que ya tenía en sus redes sociales. Roberto no necesitaba el dinero por lo que comenzó a pedirle a sus feligreses que le recomendaran organizaciones sin fines de lucro. El dinero seguía entrando, y de la misma manera, en cada parada que Roberto hacía, depositaba enormes cantidades para los más necesitados. Conventos, escuelas, centros de arte, de investigación. Lo contactó CNN, el New York Times y hasta su antiguo periódico se interesó por su historia. No quiso hablar con nadie. Roberto seguía viajando, se debía a sus seguidores, que eran ya más de seis millones. Llegó a Amsterdam, pasó por Bremmen, luego Copenaghe, Oslo, Talin, Turku, St. Petesburgo, Moscu, regresó a Vilna bajó a Varsovia, Munich y descansó en el Voltava, en Praga. Allí se reunió con un grupo de miles de personas para contarles sus historias, como hacía en cada ciudad o pueblito que descansaba. Las plazas se llenaban, la ciudad lo esperaba con fuegos artificiales y lo veían marcharse con el primer rayo del día. Esa noche en Praga conoció a Petra. De pelo rubio lacio, ojos azules profundos, claros. Petra no pareció impresionarse por las historias de Roberto, al contrario, más bien sintió lástima. Petra le robó la mirada. La invitó a pasear por el puente Carlos donde se atrevió a cogerle la mano. Era el primer contacto con una mujer que Roberto tenía en dos años de viaje. Petra lo besó mientras Roberto le pasaba su dura mano por el pelo. Con el primer rayo de sol Roberto debió partir mientras Petra abrazaba el último suspiro del hombre más famoso del mundo. Se comunicaban todos los días, mientras Roberto viajaba por Europa.

Petra decidió encontrarlo en Brujas, y allí emprendieron el viaje juntos. Ella dejó todo atrás para estar con él. El sacrificio era no regresar jamás a casa, no ver a su familia a no ser por unas horas en cualquier rincón perdido del Mundo. Roberto y Petra viajaron felices, recorrieron las calles de Sofía, los parques de Luxemburgo, hicieron el amor en los balcones de los hoteles más caros del Mundo. Petra organizaba la agenda, intercalando visitas a los centros más necesitados con las charlas en las plazas. Más de veinte millones de personas seguían a Roberto, y ahora a Petra también, pero muchísimas más sabían de El viaje del Pez de Plata. Recibía colaboraciones de todo el mundo, rogándole una parada, porque cuando Roberto pasaba por una ciudad la economía se disparaba, la propaganda hacia el lugar era incalculable, el turismo inundaba los lugares durante la visita y por siempre después. Roberto era una bendición para los pueblos, para los más necesitados. A él se le acercaban todo tipo de individuos para contarle todo tipo de problemas. Roberto a todos los escuchaba y a todos les ofrecía palabras sabias. Había conocido tanta gente en tantos lugares que no había problema al que no le encontrara una solución. Algunos medios ya llamaban a Roberto El Mesías. La gente se golpeaba en las plazas solo para tocarle su ropa porque muchos decían que era mágica. Que un roce con Roberto conseguía darte paz interior para el resto de la vida. Y Roberto y Petra eran felices. El corazón de Roberto era el más grande del Mundo. Nunca tenía un mal rato, siempre tenía tiempo para escuchar hasta el último mendigo del pueblo, por mas aburrida que fuera la historia.

Diez años de viaje le habían costado a Roberto más de una arruga. Cerca ya de los setenta, la carretera no era tan cómoda. Un día Roberto cayó enfermo en el Líbano. No era más que la vejez. Esa mañana Roberto no pudo despertar con el primer rayo de sol, mientras Petra dormía a su lado profundamente. A las diez de la mañana Petra lo despertó. “Roberto, ¿tu corazón?” Le preguntó. Estaba perfecto. No había hormigas, ni tampoco el brazo se le había dormido, no le faltaba el aire. Roberto estaba perfectamente. Aturdido decidió coger el primer vuelo a Madrid. Regresó a su apartamento en las Rozas donde todo le pareció mucho más pequeño que cuando lo abandonó. En el suelo estaba el menú del restaurante chino que había causado su interminable viaje. Marcó con miedo el número telefónico. Del otro lado la misma voz que le contestara diez años atrás le interrumpió:

-¿Noodles, de los gordos?

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