Pude ser actor, pero no

Esa semana me sentí útil. Tanto, que hasta pensé que el cine podría formar parte de mi futuro. Era una época complicada, a mis veinte era demasiado mayor para estar en el colegio, demasiado joven para tener un trabajo estable. Demasiado inmaduro para saber qué me llenaba, muchos conflictos que discutían continuamente en mi cabeza. Esa semana, grabando el cortometraje que subí al mortero ayer, marcó un antes y un después. Confirmó qué podría ser alguien en este país, que el idioma y mi distinta idiosincrasia podrían convivir con el nuevo mundo. Me vi en amigos como David o Lucas, quise ser como ellos de mayor. Semanas después grabé un comercial, algo aburrido en los campos desiertos de Tamiami, donde lo único que conseguí fue el teléfono de la gringa de la compañía del catering, un rubia que me sacaba diecisiete años, con un novio en la cárcel y unas tetas que daban sombra a todos los bocadillos de jamón y queso de su carrito. Nos vimos una sola vez, en un barco en Key Biscayne, donde ella “vivía” y cuidaba por un favor a un amigo. Allí estaba ella, esperándome con cinco latas de Budweiser vacías, la sexta en la mano, y un puro, de aquellos que fumaba mi padre, en la boca. De un toque me llevó a la proa del barco, a un litera claustrofóbica, en un colchón que apestaba a meado, su boca a habano y cerveza, sus tetas a sal, en el suelo dos cucarachas vivas. Salí corriendo. En ese barco terminó mi carrera cinematográfica.

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