Las piscinas de mi vida

IMG-20130516-00823La primera piscina que recuerdo era fría en las mañanas y tibia durante las tardes. En Cala Antena aprendí a nadar. Antes de eso, en la piscina pequeña, jugaba a saber nadar dando brazadas ficticias con la cabeza calada mientras apoyaba las manos en el fondo para no sumergirme. Mi madre, sentada en una hamaca de goma dura, las había naranjas, verdes y azules, fingía que me creía entre chisme y chisme con sus amigas. Yo le tenía pavor al agua, pero a la misma vez era en lo único que pensaba en todo el día, en el momento en el que volveríamos a la piscina de Cala Antena. La piscina grande era inmensa, azul y muy fría. Allí, en las mañanas, una vecina alemana trataba, sin éxito, enseñarnos a nadar a mi hermana y a mí.

Años después aprendí. No recuerdo el día, ni en qué verano, pero recuerdo ya no tener miedo. La piscina del Complex se convertiría en nuestro santuario, el mío y el de todos los colegas del verano. Allí me di mi primer beso bajo el agua. También sentí las sensaciones del chorro de agua en mi bañador. Aprendí a tirarme de cabeza. Bucear el largo de la piscina. Hacer el puente. Jugar waterpolo. Enamorarme. Disfrutar las inmensas tetas de las turistas, y algo más que tetas. En la piscina del Complex fuimos felices todos los niños españoles en los veranos de Calas de Mallorca.

La del hotel Chiuauas cubría muy poco, pero tenía un tobogán, un trampolín y tres plataformas con forma de seta que nos volvían locos. Pero de ese hotel nos echaban siempre porque no éramos huéspedes. Su piscina climatizada nos ofrecía los últimos suspiros del verano. Ya en septiembre, con las lluvias de otoño, los días grises y frescos se hacía más amenos en el agua caliente y con ese alto sabor a cloro. La del Aquamar era inmensa y con la forma de una playa. Ahí no jugábamos mucho porque estaba repleta de turistas, así como Acapulco. La del Eurocalas tenía una cascada divertidísima, el agua era más blanda que otras piscinas y tenía un sabor dulce. Y a veces frecuentábamos la del hotel América, allí cerca de la playa Cala Domingos. Esa piscina era pequeña y más cuadrada que las demás. De un color azul oscuro debido a su profundidad, fría y siempre con un viento fuerte que subía de la costa. Esa me daba miedo, por lo que entraba y bien rápido me salía.

Las piscinas de Calas siempre las recordaré con cariño. Incluso vacías en invierno me producían una sensación de respeto. Hoy tengo la mía vacía. Me siento en los escalones, camino su rampa hasta llegar a los más profundo y recuerdo mis días en las piscinas de Calas de Mallorca. El ruido de sus olas. El olor a cloro. Los bikinis. Las colchonetas. Sus hamacas y sombrillas. Sentado en el borde de una piscina siempre seré feliz.

1 comentario

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Una respuesta a “Las piscinas de mi vida

  1. Cris

    Las picisnas tienen su encanto ,unas más que otras…las públicas pues eso….a la bulla de los tarros ve tu a saber cuantos no se mearán en ellas. Pero las privadas, las de casa….jajajaja…son paradisiacas. Cuando invitas a sentarnos en uno de esos escalones…?jajajaja Abrazo acuático

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