Crónica de una cita anunciada

Todos esos nombres no valen para nada cuando planchas tu camisa. De nada sirven once correos si los pantalones están arrugados. La ducha, los pelos, los dientes. Todo el esfuerzo en unas líneas que se olvidan con un saludo. Los nervios, la risa cortada. La música de fondo mueve algo en tu interior, la frente suda. Podría haber estado más tiempo al sol, o bajado un par de libras, piensas. Tocas un tema, vocalizas, sonríes, tus ojos suaves contra los suyos. Estudias hasta el más mínimo detalle. Sus manos, son finas o rudas. El caminar. Poco a poco vas deshojando un extraño, te proteges. Mides tus palabras, dos cartas hacia arriba, tres bocabajo. Mueves un peón, ella la torre. Cuándo sacas el caballo. La reina y el rey resguardados por el alfil. Como una y tiro porque me toca. Te relajas. Haces recuento de los rincones de su cuello. La simetría de sus dientes. Expías dentro de su cabeza mientras mira hacia otro lado. Palpitáis. ¿Hay suspiros? Ya pasaron los nervios. Imaginas. Haces cuentas. Se mezclan, como en una clase de química. Aquí no hay cohetes, ni luces apuntando al cielo. Princesas o caballos blancos. Pero sí hay mañana.

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