Archivo mensual: febrero 2013

Mis hijos

Me muero de la risa con sus historias…

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Goleada

Lo más importante es que se hicieron las cosas bien por mis hijos. Pude haber cancelado citas o no haberme presentado. Pude haber puesto un partido de fútbol por delante de los sentimientos de mi hijo. Pude haberme dado prioridad, como muchas veces hago, pero no, no lo hice. En algún momento del día me pasó por la mente el reto de ser el mejor padre posible, incluso de ser el mejor ex marido. A veces no estoy tan seguro de ser el mejor hijo, el mejor amigo o el mejor empleado, pero estoy en una etapa de mi vida donde no me da el forro para llegar a todo. Ayer me decía alguien justo eso, que no intente ser perfecto, que no intente serlo todo, y a pesar de que quiero relajarme, hoy doy vueltas y vueltas en la cama, preocupado por toda la mierda que me rodea.

Quisiera que todo se detuviera. El ruido, la velocidad, los gritos. Las conversaciones, las mafias del trabajo, la muerte. Estoy gordo, lento y lleno de granos. Aunque al menos hoy me sentí feliz por hacer lo que tenía que hacer, escuchar a mi hijo, darle su tiempo, quitarle el miedo. Un día no muy lejano morirá mi padre y a pesar de ser el final, será el principio de una etapa, la de mi recuperación.

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Mierda

Estaba tratando de ignorar lo que está sucediendo, así es como lidio yo con algunos de los problemas que me rodean, pero estas últimas semanas siento que ya no puedo correr más, el dolor de esta situación me alcanzó. Verlo en esa cama tirado, con la mirada clavada en algo invisible y lejano, trato de imaginar en qué piensa porque cuando pregunto no responde. No es justo acabar así, tan temprano, con tanto hecho y tanto por hacer. No me consuelan las putas frases de “la vida es así” o “a todos nos toca” o esa farsa de clichés vacíos dichos la mayoría de las veces para tratar de hacernos sentir mejor. Gracias, pero no funcionan, nada funciona. Aun así, gracias por intentarlo.

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Mis almóndigas

De caballo.

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Mi carne

Muchas risas alrededor del fuego. Entre carnes, vino y Coca-Cola. El lugar mágico de esta casa, cerca de las brasas, donde tantas veces nos hemos reunido, hoy nos volvimos a reír escuchando las historias de mi depresión posdivorcio, el drama en Mallorca, los agobios en Europa, Alicia Paola, alguna que otra más, el helado, las pizzas, el amor, el engaño, pero sobre todo los amigos y el pasado. A veces siento que tengo muy pocos amigos pero que tampoco hago nada para remediarlo. Y es que no tengo tiempo, o mejor dicho, no tengo fuerzas ni ánimo para sacar tiempo. Siempre ha sido igual, desde que dejé de ser joven, ya me costaba dedicarle tiempo a todos mis amigos. Llegaba el fin de semana y prefería pasar tiempo con mi pareja o con mis amigos más cercanos, el resto me aburría, porque me aburre la conversación casual. Esa que no pasa del cómo está todo, el trabajo y demás. Prefiero mis amigos cercanos, esos que al minuto ya estamos hablando de cosas personales, importantes, profundas o de simples chorradas, pero nunca casuales. Conversaciones que produzcan sensaciones, las casuales me dan sueño.

Me voy a dormir desde otra perspectiva después de haber repasado más de dos años entre dos costillas, chorizos y un vacío.

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La esencia

La esencia, esa maldita esencia que vengo escuchando los últimos tiempos, esa esencia que ayer salió a flote incontrolable, sigilosa, se fue haciendo fuerte para tomar posesión de mí por completo. Cuando quise darme cuenta era demasiado tarde. El aburrimiento, el ego, la inseguridad, ese ser caprichoso, infantil hasta cierto punto. Egoísta. Lección aprendida. Hoy me arrepiento, solo era una pelea más, media hora más. Debo confesar, disculparme, necesito trabajar en esa esencia.

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Miguel Ríos es mío

Hoy no me importa llorar escuchando Miguel Ríos toda la noche. “No estás sola” como aquellas noches frías de Calas de Mallorca, donde me imaginaba una ciudad con edificios altos, en la noche, con cientos de luces iluminando las ventanas y dentro de una de ellas una mujer sola, en su cama de sábanas de seda, triste, perdida. Soñaba con un mundo tan grande, inalcanzable, sentía que yo vivía tan lejos de todo. Imaginaba intercambiar mi vida con aquellas caras extrañas que veía por las calles desde la ventana del coche de mi padre. Intentaba pensar cómo serían sus vidas, serían tan diferentes a la mía, me preguntaba. “Amor por computadora” yo jugaba a ser mayor, a encontrar mi otra mitad creada por un ordenador, como la de la película. Alta, con el pelo largo, ondulado y oscuro. Miguel Ríos me acompañó durante tantas noches que ahora no puedo evitar sentir una gran nostalgia. Me recuerda a mi tío, a mi padre joven y fuerte, a mi madre y su risa interminable. Recuerdo un día en el colegio algún gilipollas dijo que Miguel Ríos se drogaba en los conciertos “eres un imbécil -le dije, Miguel Ríos no se droga nunca, imposible”. Quedé devastado de su convicción. ¿Se drogaría Miguel Ríos, mi ídolo? No puede ser, no puede ser. Todavía hoy no dudo de él.

Siempre quise ser como Miguel Ríos. Desde aquella noche en Benidorm, yo tendría cinco años y TVE1 pasaba el concierto en vivo, el Rock and Ríos. Mi madre insistía en que me fuera a dormir, sería tardísimo, pero yo no me moví del sofá hasta que tocó Bienvenidos, la última canción del concierto. Lo recuerdo como si fuera ayer. Miguel Ríos es mi niñez, me enseñó la música, el rock. Cuando regrese en otra vida quiero hacerlo en él, al menos en los años ochenta para crear de nuevo Los viejos roqueros nunca mueren, Extraños en el escaparate, el Rock and Ríos, El rock de una noche de verano, La encrucijada o El año del comenta. Nada más, luego puedo morir tranquilo.

He vagago mucha veces por la ciudad, extasiado en el bullicio como Boabdil el chico.

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