Archivo diario: Martes, 22 enero, 2013

Amsterdam

Ayer me preguntaron si había estado en Amsterdam, y sí, sí he estado. Me preguntaron que qué me pareció la ciudad a lo que contesté que me gustaron algunas cosas, otras no. De Amsterdam me gustó la arquitectura, la elegancia de sus edificios, sus calles asimétricas, sus farolas, los comercios y los bancos elegantes al pie de la calle. Me sorprendió la cantidad de bicicletas, lo bien organizado que está el tráfico a pesar de la cantidad de bicis que circulan por sus calles. La gente monta bicicleta porque cree en el sistema, no por conveniencia. Mes gustó la comida. Me gustaron las rubias.

De Amsterdam no me gustó el sello americano. Lo poco auténtico de su barrio rojo, pensé que sería más bohemio, menos comercializado al estilo americano. Y ahí está el problema de Amsterdam, que hay muchos americanos. Porque el gringo desensibiliza los lugares. El gringo los convierte en comunes. En Amsterdam encontré muchísima gente joven, gringos con dinero que llegan a Europa con una mochila porque es “cool”. Gringos sin historia que buscan pasar el mejor mes de su vida, para luego regresar a sus materiales y plásticas historias. El problema del gringo es que no tiene cultura y tampoco clase. Su sello es una gorra, pantalones anchos, comentarios ignorantes y mucha cerveza. Por eso Amsterdam pierde un poco su esencia desde el momento que se infecta de gringos. Partidos de béisbol en las televisiones de los bares, jóvenes borrachas arrodilladas en el suelo gritando “this is the best day of my life” y otros con su pelo corto y sus camisetas anchas admirando las putas en sus escaparates. Amsterdam repleto de americanos deja de ser auténtico para convertirse en Cancún con algo más de historia.

Eso es lo que opino de Amsterdam.

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