El jardín de mis hijos

No sé si soy mejor que mi padre o llegaré a serlo. Y por mejor me refiero a un amplío espectro de significados: mejor persona, mejor hijo, mejor padre. Comprensivo, criterio, aceptación, amplitud. Sé que mi padre esperó que yo fuese mejor en su ámbito, cosa que nunca logré, a pesar de mostrar un mayor interés en los últimos años. Pero sé que le molestaba precisamente eso, que no mostrara interés, y es que cuando era más joven las obras, las remodelaciones y los martillos me aburrían. Me quedaba dormido. Nunca tuve fuerza para ese tipo de labores, no me motivaban. Dame esto, dame lo otro. Mueve esto, mueve eso. No, así no. No sabes hacer nada. Quita, quita. Es que eres… Me molestaba la crítica, el dejarme claro mi inutilidad, la falta o ausencia de refuerzo positivo. Entendí que ese era el proceso y que por muy bien que hiciera las cosas nunca estaría a la altura. Lo entendí y me puse a remolque, solo aprendí a mostrar interés. Recuerdo el día que compré esta casa, el día que me dieron la llave. Mis padres estaban en Cancún por lo que “nadie” podía cambiar la cerradura. “Espérate al viernes que llega tu padre que tu no sabes hacer eso”. Claro que sé. Yo lo hago. “Que no hombre, qué vas a saber cambiar la cerradura tú, que es muy complicado. Espérate al lunes, que tu padre intentó con la de nuestra casa y no pudo”. Ese día cambié la cerradura para la gran sorpresa de mis padres, atónitos no me creían y juraban que había llamado a un cerrajero. No llamé a ningún cerrajero.

Pero hoy entendí la satisfacción del interés mostrado por mis hijos mientras plantaba unas plantas azules y blancas alrededor de las dos piedras del jardín del frente de mi casa. Los tres sin camisa, de tierra hasta las pestañas, tirados en el suelo excavando, plantando, regando. “I like the colors papi” decía uno. “We should put a big one here” decía el otro. Se peleaban por quien hacía el siguiente hueco o esparciría la tierra para cubrir las raíces. Se dividían el tiempo para sujetar la manguera.

Con mi padre en el hospital, llevo dos días arreglando mi jardín, para que a la distancia sepa que sí aprendí algo, que sí valieron la pena todas esas horas de aburrimiento, esos gritos al niño que se quedaba dormido de pie soñando en Raúl, Induráin o el siguiente partido en el colegio. Quizá nunca sea mejor que mi padre para colocar un cuadro, arreglar el jardín o tumbar una pared, pero me aseguraré de seguir haciéndolo para que mis hijos algún día recuerden con el mismo cariño que yo, el haber compartido tantas horas con mi padre.

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