Archivo mensual: diciembre 2012

Ya llega el 2013

Ha sido un gran año, a pesar de los malos momentos. Se casó mi hermano, fui padrino, disfruté mis hijos como nunca, mantuve mi trabajo, hice viajes inolvidables y mi riñón sigue vivo.

Cubrí otro Super Bowl, corrí mi primera media maratón, me divorcié por fin, comenté dieciséis partidos de mi equipo favorito, viaje a ciudades que no conocía dentro y fuera del país. Hice amigos, estreché mi amistad con otros. Conocí grandes personas, otras chiquitas. Pasé momentos jodidos, olvidé otros momentos más jodidos aún. No me puedo quejar, ha sido un gran año. No paro de leer por todos lados de que el 2013 va a ser mucho mejor año. Hay tanta gente sufriendo por un motivo u otro que todos buscan un inicio de ciclo, una mejora de la situación, pero solo por ahí se empieza, por querer que la situación mejore. Y sí, el 2013 será un mejor año, simplemente porque nos lo propondremos. No tengo una lista, creo que no la necesito. La última vez que la hice fue en enero de 2010 y no terminó muy bien el año, por lo que este año mis resoluciones serán pocas y concretas.

A todos los que de alguna manera u otra os he empujado lejos, lo siento. A los que seguís viendo esto desde cerca, paciencia. Soy como soy y no tengo que caerle bien a todos, eso hace tiempo que me quedó claro. ¿Perdón? Sí, soy un tío cojonudo, un líder y un cachondo. Que no os confunda mi mal momento, que yo de remolque no voy de nadie.

Termino el año en una butaca de hospital, escuchando una tos y una débil respiración. El 2012 ha sido un gran año solo porque lo hemos podido terminar todos juntos. Hoy no hubo uvas, tampoco champán. Me quedé dormido en este sillón incómodo a las 11:52. A las 12:08 me despertó el primer mensaje de texto.

Llegó el 2013.

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo Reflexión

La nieve

Ayer vi caer la nieve. Siempre me ha gustado la nieve, desde el día que la conocí en aquel viaje a Andorra cuando tenía doce años. La nieve, o la odias o la disfrutas, pero no tienes una opinión indiferente. Imagino que si viviera en este lugar, donde tuviera que quitar la nieve todos los días con un pala de la puerta de mi casa además de desenterrar mi coche, lo más probable la odiaría.

Algún día llevaré a mis hijos a una de esas cabañas de madera en Tennesse o Las Carolinas, rodeadas de nieve, con una chimenea y un fuego inmenso. Y haremos un muñeco de nieve en la puerta, y guerras de bolas de nieve. 

Aquella vez en Andorra no la vi caer, eso fue en Toronto, muchos años después, por primera vez. Recuerdo salir a la calle en el aeropuerto y quedarme un buen rato con las palmas hacia el cielo, sintiendo como los copos se derretían en mis manos. Luego la vi en Detroit, Indianápolis, Dallas y ahora Boston. En todas esas ocasiones me ha fascinado ver todo cubierto de blanco. Verla caer, con esa calma. Las siluetas de los autos y árboles cubiertos por completo. Una sensación de paz.

Deja un comentario

Archivado bajo Relato

Soy un materialista

Todos lloraron cuando murió E.T. Yo no, la verdad. Nunca me gustó la película, ni tampoco el para muchos adorable extraterrestre. No me gustó su físico, ni su textura o su cuello alargado. No me gustó su arrogancia y su dedo me producía escalofríos. Pero el cine está lleno de personajes ficticios que nos hacen llorar. Incluso objetos, espíritus o amigos imaginarios. En todos los casos, el cine juega con el trillado tema del amor y la amistad, o la falta y necesidad de ellos. La urgencia de tener a alguien o algo que nos acompañe incondicionalmente. Por eso todos lloraron, creo que me incluyo, cuando Tom Hanks perdió a su amigo Wilson, que no era más que una pelota de voley pinchada. Desde Pinocho hasta King Kong, pasando por Espinete y Don Pimpón. La mujer de Patrick Swayze en Ghost o Bruce Willis en el Sexto sentido.

Hoy me partí de risa con la película Ted. Un muñeco de peluche que cobra vida para convertirse en el mejor amigo y compañero de Marck Wahlberg. Un guión típico de felicidad, crisis y final feliz, pero que consigue en un momento determinado que sientas pena por el peluche relleno de algodón, sin caer en cuenta en la verdadera realidad: que la película es una gilipollez.

Entonces pensé que yo también he tenido esos momentos, quizá no con un peluche, pero sí con un objeto al que quise mucho y en alguna que otra ocasión lloré el día de su muerte. Como la guitarra de madera que mi padre me regaló tras la carroza en Calas de Mallorca de El rock de una noche de verano. Era azul, maciza, y fingió ser la guitarra de Miguel Ríos, interpretado por Vicente, amigo de padre, en la carroza de aquel año. Yo jugaba a ser estrella del rock, cantaba el Rock and Ríos, Bienvenidos y muchas más, hasta que una tarde me senté por error encima del mástil. Tendría seis o siete años, y no lo digo para justificar mi llanto, sino porque ya desde entonces un simple trozo de madera significaría mucho en vida. Después pasaron perros y gatos, bicicletas o gafas de buceo, raquetas de tenis o muchos balones de fútbol. Mi primera máquina de escribir. Mi primera cámara de fotos, una Minolta X300s, que por mucho tiempo la contemplé en el escaparate de la tienda hasta que puede ahorrar las sesenta mil pesetas. Todas las demás cámaras que compré después. Mi guitarra. Mis video consolas. Todas mis bicicletas. Algunos libros. Mi primer compact disk y el CD Canción Animal de Soda Stereo. Mi primer móvil. Mis Ipods. Mis primeras y únicas Ray-ban. Mis canicas. Mis maquetas de aviones. Mi primera y única MacBook Pro.

A todos y todas, gracias por ser mis amigos. Me dirán materialista pero amo mis juguetes.

2 comentarios

Archivado bajo Crítica, Curioso, Reflexión, Relato

Cuando los sueños se esfuman

A veces quieres recordar un sueño que fue tan vivo, que al despertar a medida que pasan los segundos se va esfumando de tu conciencia, vas olvidando las palabras, los lugares, la gente y hasta las sensaciones. Abres los ojos, tumbado en la cama lo recuerdas como si lo acabaras de vivir. Por la piel sientes el tacto, el calor o el frío del lugar. Escuchas las voces como si hubieran estado contigo en la cama. Repasas las conversaciones una y otra vez. Entonces te incorporas y todo desaparece. Te esfuerzas para recordar de nuevo ese sueño que hacía unos minutos era tan real. No quieres pensar en nada más, cierras los ojos para concentrarte con más fuerza, pero todo en vano. Poco a poco las imágenes van desapareciendo mientras tu frustración va aumentando. Sientes cierta tristeza por no poder revivir algo que podrías jurar que viviste en carne.

Entonces de repente ya no recuerdas nada.

Como me jode cuando me pasa eso, jeje.

Deja un comentario

Archivado bajo Relato

Mis mejores amigos

El término amigo está devaluado, o exagerado. Le decimos amigo a cualquiera, muchas veces por falta de otras calificaciones que demuestren el afecto necesario. Nunca vas a presentar como un compañero de trabajo a alguien con el que solo compartes unas conversaciones superficiales a la hora de la comida sino como un amigo del trabajo. O como conocido a alguien con quien corres un par de veces por semana, o simplemente a alguien que tienes en Facebook con quien nunca hablas o compartes. A todos les decimos amigos. Tengo un amigo con el que corro, un amigo del trabajo o un amigo de FB.

Nuestra amistad se resume entre amigos y mejores amigos, incluso ese título que antes era exclusivo: “éste es mi mejor amigo” ahora lo estiramos a dos o tres individuos. Mi mejor amigo en un lugar, mi mejor amigo de cierto tema, o mi mejor amigo de cierta actividad. Y está bien, el problema surge cuando utilizas a tu mejor amigo para acceder a cuentas bancarias o de crédito. Mis preguntas de seguridad suelen ser mi deporte favorito, la ciudad donde nací, el nombre de mi mascota, todo preguntas que cualquiera que me conoce sabría, lo cual niega la propia función de seguridad. En cambio ayer me preguntó la contraseña una de mis tarjetas de crédito: “por favor, el apellido de su mejor amigo”. Vaya la hostia dije, ¿y quién es mi mejor amigo? Claro, sí sé quien es mi mejor amigo pero pensé quién era mi mejor amigo en el 2007 cuando abrí la cuenta. Pensé en Robert, Matilde, Iván… dije todos los apellidos pero sin suerte. Me puse nervioso y una risa entrecortada puso en alerta al pavo que estaba en la India al otro lado del teléfono. Me pasaron con el departamento de fraude y mientras se conectaba la llamada me fui a revisar los 581 amigos que tengo en Facebook. Alguno de estos debe ser, me dije. “Señor, empieza con la letra M”. Ay va la virgen, dije, ¿la letra M, la letra M? En mi cabeza repasaba todos mis mejores amigos de mi corta vida. Coño C. Moz… no puede ser, lo fue, pero imposible que lo dijera para una contraseña en el 2007. M. Messul… tampoco. R. Mar… ni hablar. Cómo no pensé en C. Mill… pues no sé, pero debí hacerlo. Y enseguida lo vi en FB, S. Maru… ahhh claro, el Pelao. Cómo se me pudo olvidar uno de mis mejores amigos. Precisamente por eso, porque tus mejores amigos no son aquellos que comparten contigo una parte de tu vida, una época, un hobby. Tus mejores son los que están contigo en todas, siempre. Y de esos tengo uno. Y un par más que con dos conversaciones nos ponemos al día. A todos “mis mejores amigos” los quiero igual que el que lleva el título de “mi mejor amigo”.

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexión, Relato

Abre los ojos

Pasado el día marcado en el calendario hace ya tres semanas, y analizando la situación a la distancia, entiendo todo lo que me molestó de este inevitable paso. Y no fue que esté con otro, tampoco fue el conocerlo a la distancia, ni la comparación, la cual en mi cabeza quedé por encima, más que nada fue el que compartiera con mis hijos en una época tan importante para mí. Fue la sensación definitiva de reemplazo, fue el desayuno con una familia que yo creé, o creamos juntos. Pero lo que más me jodió, cosa que descubrí hoy con el mar de fondo, fue que entendí que ya todo terminó. Y necesitaba entenderlo, porque por mucho tiempo, estoy que he querido, yo fui el que no lo quiso. Entonces empecé a recordar las horas muertas, escasas de conversación, cuando mi mente divagaba buscando salir del aburrimiento. Pensé en la sensación de culpa que me instalé a mí mismo para convencerme de que esto era lo que quería. Pensé en ese pedestal que creé confundiendo las plumas que lo soportaban por unas rocas indestructibles. Y ella allí arriba, en ese pedestal mentiroso, sin cumplir con unas expectativas que tampoco se preocupó en averiguar. Y yo aquí abajo, confundiendo infelicidad por familia, aburrimiento por rutina, desgana por los años, conformismo por matrimonio. Entonces me entró una sensación de paz, de alivio, una sed de vivir. Soy libre, me dije. Soy libre de todo y todos. Soy libre para hacer lo que quiera, estar con quien quiera o no estar con quien no quiera. Soy libre para ser feliz. Nada ni nadie me dirá lo que tengo que hacer para serlo, porque yo sé lo que necesito, y solo en ese lugar me detendré. Entonces miré el mar, la arena, la gente, me di la vuelta y tomé más sol.

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexión

Me largo

Quizá será lo mejor, largarme, así cuando vuelva las cosas estarán solucionadas. Irónico que me voy solo, al lugar donde empezó todo. Ahora necesito eso, estar solo, porque odio darle pena a la gente. Parece que tengo que pedir disculpas por estar mal, como si todos supieran la mierda que siento. Me olvidaba claro, que seguro todos pasaron por esto ya. Paso de todos, me largo a olvidarde de esta mierda. Nos vemos a la vuelta.

Deja un comentario

Archivado bajo Relato