Luz roja

Odio la luz roja. Y no la del semáforo, aunque a esa también le tengo manía, pero sí todas las otras intermitentes que llaman mi atención constantemente, incordiando, como cuando te ponen el dedo a centímetros de la cara sin tocarte. La luz roja del aparatito de incendio en la habitación, la luz roja del teléfono del hotel y la maldita luz roja de blackberry anunciando que ha llegado otro mensaje. Y claro, no puedo quedarme quieto cada vez que veo esa insoportable luz estomagante. Es como esa gente que no para nunca de hablar, que no respira, que no ofrece un espacio para poder contestar. O como el profesor que no te quita el ojo durante un examen, siempre a la espera de alguna trampa. Es como el bebé que llora sin motivo, solo por llamar la atención. Hablando de atención, es como la mujer que pelea solo por joder. Es como el que te lleva la contraria solo por hacer conversación. La luz roja es una pesadilla sin amanecer. Es un dolor de estómago sin inodoro. Es un dolor de cabeza sin aspirina. La luz roja me persigue. Odio la luz roja.

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