Kathleen, amor de altura

Volví a escribir. Cuento inspirado en alguien que conocí en Madrid, de regreso a Miami. Todavía estoy trabajando en muchas frases, pero esta es la idea.

Kathleen, amor de altura

Interrumpió en la fila como si tuviera asiento en primera clase a pesar de que su tarjeta de embarque marcaba el 23H. “Estamos abordando solo de las filas treinta a la cincuenta”, pero ella insistió en colarse porque llevaba un caja grande blanca y necesitaba subir al avión lo antes posible para no quedarse sin espacio. Era su violonchelo, dijo. “¿Le compras pasaje también al chelo?”, le pregunté. Sonrío mientras me mostraba la tarjeta 23J. “¿Y qué tal se porta, duerme todo el viaje?” Sus mejillas enrojecieron al mismo tiempo que se tapaba la boca ocultando una gran carcajada. Nos encontramos de nuevo en el túnel de acceso al avión. Me explicó que si mandaba su violonchelo abajo, moriría de la cantidad de golpes que recibiría y “lo necesito para tocar”, aclaró. Tocas en Miami fue la pregunta más obvia que se me ocurrió porque era la ciudad de destino de nuestro viaje con salida en Madrid. “No, en la orquesta de Granada, donde vivo, ahora regreso a casa, a San Francisco”. Tras su reciproca pregunta le conté que yo vivía en Chicago pero era originario de Toledo, que era escritor y me gustaba montar bici en los meses de verano. “Diecisiete años” dijo sorprendida, “es mucho tiempo fuera de Toledo”. “¿No extrañas España?”, me preguntó meneando su largo pelo castaño de un hombro al otro. Nuestros ojos se engancharon fijamente entre pregunta y respuesta, contándonos todo lo que el tiempo para abordar el avión permitió. Si solo hubiéramos tenido algunos minutos más, pensamos los dos al mismo tiempo. Yo en la 39A, tu en la 23H, nos despedimos. Soy Kathleen, yo Luis.

Pasadas unas horas y después de la habitual comida desabría, decidí ir a buscarla a su asiento. “Venía a invitarte a un café al bar del fondo del avión”, le dije. Sonrió de nuevo ofreciéndome el asiento libre que quedaba a su lado. “Mejor me invitas aquí, puse el chelo arriba y está vacío este lugar”. La azafata nos trajo el mejor café disponible del avión, de un color marrón transparente en unas tazas rojas de plástico con dos de azúcar. Hablamos por un largo rato. No paraba de reír. Sus ojos verdes tomaban fuerza cuando se ruborizaba. Su boca me invitaba a besarla, mientras se movía al hablar, por un momento dejé de escuchar su voz para enfocarme nada más en el movimiento de sus labios. Me agarró la mano con fuerza. Entonces nos besamos. Llevó mi mano hasta su cara, luego la puso en su pecho. “Siente mis pulsaciones”, me ordenó. Yo dejé la mano sobre su pecho un tiempo, se me hizo eterno. Sentí que mi corazón haría un hueco en mi camisa por la fuerza con la que golpeaba mi pecho. Besó mi cuello, yo bajé mi mano para agarrar todo su pecho. Llegó a mi oído para susurrarme algo que no logré entender.

Una vez en el baño nos quitamos la ropa con rapidez, sabiendo que la gente que esperaba afuera no comprendería nuestra necesidad. Hicimos el amor por horas. Por momentos no gritabas, solo me mirabas fijamente, con tus pies y manos apoyados contra la pared de plástico. Sentí que cedería la puerta. Los golpes eran duros y secos, y tú me agarrabas el pelo con tanta fuerza que pensé perderlo por completo. Tu cara contra el espejo, que se empañaba mientras gemías con un aliento cálido. Se encendió la señal de los cinturones por unas turbulencias, pero tu y yo seguimos en lo nuestro. El avión se descolgaba como una noria sin freno y tu gritabas de gusto y de miedo. Volvimos a nuestro asiento porque necesitábamos dormir un rato. Mis piernas temblaban como si hubiera subido diez mil escalones.

Horas más tarde volvimos al baño. Nuestra escena se repitió durante días. En las mañanas nos quedábamos dormidos viendo películas viejas y comprábamos chorradas en la tienda duty free. En las tardes paseábamos hasta llegar a los asientos de primera clase, donde a escondidas me robaba un quiche delicioso de verdura que te fascinaba y unas botellas individuales de tinto. Nos sentábamos cerca de la puerta de emergencia a mirar por la pequeña ventana la puesta del sol. Los colores eran diferentes todos los días. Azules, lilas, rojos y anaranjados. Nos besábamos sin miedo jurándonos ser felices. Ya entrada la noche te acompañaba a tu asiento, el 23H, yo caminaba a mi 39A mientras suspiraba y cantaba por el largo pasillo. Un día me invitaste a pasar la noche en el asiento del violonchelo que ya había hecho mío. Dormimos varios meses así, apretados. Yo salía temprano en las mañanas para llegar a mi asiento y preparar mi día. A través de mis contactos conseguí comprar un anillo al joyero del asiento 4H, quien le debía un favor al del 6B, dueño del casino donde el joyero tenía una deuda de varios millones de euros. Esa tarde le pedí a la azafata de sobrecargo que no dejara a nadie ir a los baños de atrás para no ser interrumpidos, porque allí en la última fila de asientos había preparado una cena especial. El comandante evitó todas las tormentas del radar parar brindarnos una cena tranquila. Entonces te propuse matrimonio. Tu comenzaste a llorar.

La ceremonia fue sencilla, como siempre habíamos querido. Preparamos todo en menos de tres días. Nos casamos en la parte de atrás del avión. El del 33F era un juez retirado y se ofreció voluntario para casarnos. Escribió unas letras preciosas. Como no había champaña, decidimos descorchar todas las botellas de vino individuales, hubo quiche para todos y el pan con mantequilla no faltó en ninguna mesa. Bailamos toda la noche, hicimos la conga por el pasillo desde primera clase hasta el último asiento. Todos bebieron y rieron. Fue una boda de altura. Para la luna de miel el comandante nos dio una gran sorpresa al dejarnos pilotar el avión durante toda una semana. Allí estábamos los dos, en el asiento del piloto y del copiloto haciendo el amor en cualquier posición, jugando con todos los botones. De vez en cuando entraba el comandante enajenado para activar de vuelta el piloto automático. Tras la luna de miel la tripulación nos informó que había movido algunos pasajeros para dejarnos la última fila de asientos, los cuatro del medio, “para que tengáis más privacidad” nos dijeron. No era gran cosa, pero teníamos baño propio y lo único que necesitábamos era mirarnos a los ojos para ser felices. En las noches escuchábamos los murmullos y risas de los vecinos mientras tu gemías. Aquellos cuatro asientos fueron testigos del sexo más pasional jamás practicado. Los meses pasaron, nosotros éramos felices. Tú dabas conciertos con tu violonchelo todas las tardes en la zona de primera clase. Yo me había construido un pequeño estudio en el 42E donde escribía cuentos de amor por encargo. Incluso el copiloto me encargó desesperado un soneto para entregárselo a Virginia, una azafata solterona que se soltaba el botón de la blusa cada vez que entraba en cabina a llevarle el café. Por fin, cuatro años después, el siempre segundón aspirante a piloto se había decidido a declararle su amor.

Los meses pasaban con normalidad. Nuestros días eran divertidos, las noches llenas de sexo. Hubo que llamar al Dr. Avellaneda del 3A, un viejo cascarrabias que solo tomaba ron y galletas de mantequilla mientras jugaba al solitario en su pantalla portátil, para que confirmara tu embarazo. “Está de casi dos meses”, dijo. Recibimos regalos de todo tipo. Todo el mundo escarbó entre el equipaje para conseguirnos al menos un detalle sin valor. Orejeras, bufandas, chocolates, alguien nos trajo unos tarros de miel del pueblo, otros chorizos al vacío y mejillones en lata. El caso es que todos querían ser parte de aquel acontecimiento, tanto que hasta tuvimos que subastar las butacas vecinas para presenciar el parto porque todos deseaban estar presentes. Juan del 24D se encargó de recolectar el dinero, cobrando hasta 150 euros por la fila inmediata. Las azafatas adornaron los asientos con sábanas limpias y otra fue narrando el parto por los altavoces para que todo el avión tuviera acceso a los detalles. Nació Isabel, en la fila 42, a once mil metros de altitud y 47 grados bajo cero. Hermosa, de ojos verdes como su madre y pelo oscuro como su padre. Uno a uno, todos pasaron por nuestro lugar para hacerse una foto con Isabel. Días más tarde el del 27J armó un montaje con todas las fotos y All you need is love de fondo. La película dio vueltas en todas las televisiones del avión durante semanas.

Las necesidades aumentaron con la llegada de Isabel por lo que tuvimos que buscar alternativas. Tu comenzaste a dar clases de chelo a los hijos insoportables de los pasajeros de primer clase. Yo hacía traducciones de documentos legales en los ratos libres. Ya escaseaban los polvos en las noches, los paseos a primera clase o nuestros cafés en el rellano de la puerta del baño. Nuestras miradas dulces pasaron a ser de aburrimiento. Nos molestaba todo. El sonido del agua azul del inodoro. Los espacios incómodos a los que nos teníamos que resignar. Siempre la misma comida. De jóvenes teníamos tantos sueños, pero ahora todo había muerto en cuatro asientos de la última fila de un avión. Una tarde decidimos separarnos. Yo me mudé al 21D, un pequeño asiento con vista al pasillo, lo justo para mi solo. Más de la mitad de mi sueldo no pasaba por el asiento 21, sino que se iba directamente a la fila 42. En la noches yo te veía caminar por el pasillo con tus tacones altos y tu falda corta. Escuchaba tus risas salir de las primeras filas y bien entrada la noche regresabas de puntillas con los tacones en la mano para no hacer ruido. Yo me hacía el dormido. Meses después te mudaste con el ingeniero del 7D. Yo veía a Isabel solo los fines de semana, a penas un rato, para ver las nubes desde la ventana de emergencia. Era lo único que mi pequeño sueldo podía permitir. De vez en cuando le daba una visita a la Enriqueta, la azafata puta que decían por los pasillos que se había pasado ya a toda la tripulación menos a la pareja de gays de la fila 19. Así pasaron varios años entre turbulencia y tormenta.

Una mañana de otoño tomaba un café tranquilo en la última puerta de emergencia cuando te sentaste a mi lado. “Nunca más las nubes fueron tan blancas como cuando las mirábamos juntos, ¿te acuerdas?”, me dijiste. En tus ojos pude ver unas lágrimas cargadas de tristeza. Ya Isabel había crecido y se había mudado con su novio, un músico de banda barata que vivía en el 24H. “¿Recuerdas los días que hacíamos el amor en el baño?”, me preguntaste. “Ya no puedo ni bajarme los pantalones dentro del baño, por la barriga, digo”, te dije. Tú sonreíste, como aquel primer día. Esa noche regresamos a nuestra fila 42 para pasar toda la noche abrazados. Así hasta el día que te enfermaste. No sufriste mucho, te fuiste antes que terminara la película de la tarde. Dos días después fallecí yo. Todos los pasajeros habían escrito en una libreta de tapa azul su deseo al morir. El nuestro era el mismo. El piloto empinó el avión hacia el océano, bajando la velocidad y así permitir a la azafata de turno abrir la puerta. Allí, en aquella capa azul marino arrojaron nuestros cuerpos pálidos.

Una vez en el agua vi trozos de avión por todas partes. Me rodeaban escombros, cuerpos flotando bocabajo y las bandejas de plástico de la comida. Iba perdiendo el conocimiento poco a poco, recostado en una maleta naranja. A unos metros de mí vi a Kathleen y su chelo. Había muerto del impacto, al instante, pero sus brazos todavía sujetaban con fuerza su gran caja blanca. Intenté nadar hacia ella. Al llegar a su lado la abracé como si la conociera de toda una vida. El último recuerdo que tenía era el de mi mano en su pecho, su cara llena de terror mientras me susurraba algo al oído que no logré entender. Tan solo había necesitado los escasos segundos antes de estrellarnos para imaginarme toda esa vida a su lado.

*Propiedad de El Mortero. Su venta, copia o distribución será perseguida y condenada.

3 comentarios

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3 Respuestas a “Kathleen, amor de altura

  1. Cris

    Te he dicho que es alucinante como escribes?… Me quede en primera fila, en la 1C (pasillo) para registrar todo lo que pasaba en esta aeronave. Claro, me perdi de las mejores partes…pero es que estaba en la cabina, tu sabes, esta pasion por volar!!! Me encantan tus lineas…😉

    PD: Aun esta en pie el registrarnos para ir a volar en Noviembre, ya estamos algo pasados (en tiempo quiero decir) te le mides? No garantizo que puedan permitirte hacer en un Thunderbird….pero que es cojonudo soniar a cientos de millas por hora enun F-16, lo es. Besote

  2. Robert

    Ruido de tacos sonando contra el piso… y la cabeza girando automáticamente; ese es el que siempre debe estar en lugar del tormento de U Pana Cogito… Y encima viene Alonso y la caga!!

  3. Gracias Cris. jiji. jaja U Pana Cogito, qué lejos está ese día… “es no sabías querido joaquin…”

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