Amsterdam

El día que te conocí no me marqué ninguna expectativa pero en el fondo sabía que mostrando esa actitud podría relajarme para ser yo mismo, consejo de nuestra “Celestina”, sabedor él de que las personalidades coincidirían. Hoy, más de dos meses después estoy feliz de haber aceptado aquella cena. No puedo hablar mucho de Ámsterdam y Holanda, tan solo lo que he visto desde la ventanilla de un avión que casi se marcha sin mí. Una tierra encharcada, plétora de agua, manchada con todas las tonalidades del verde. Su aeropuerto sucio y anticuado contrasta con unas caras blancas modernas y estridentes ojos azules. Espero para volar a Berlín, donde me espera la parrilla de salida a una carrera en coche contra el tiempo para regresar de vuelta a este mismo lugar, excitante y liberal, dentro de dos semanas.

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