Archivo mensual: mayo 2012

Scar Tissue

A veces me pegan unas paranoias de la hostia. Inseguridades estúpidas, sin fundamento. Imagino que es la memoria actuando en algunas heridas viejas. Me gustan las cosas bajo control. Me desespero ante la incertidumbre. Por eso me gustan los trabajos fijos, con un cheque rutinario, porque todo en mi vida me gusta que esté al alcance de mi mano. No me importa improvisar, y ser espontáneo, pero siempre bajo control. En fin, chorradas del coco. Cosas que luego se solucionan con una simple llamada, un plan de viaje, un beso.

Hoy me siento bien Red Hot Chili Peppers. Corrí con mis colegas, cenamos hamburguesas, bueno, yo una ensalada de gambas a la plancha que estaba para morirte. Me largo a dormir sin un plan para despertarme. ¿Ves? Si me gusta improvisar. Me voy a despertar cuando me despierte. I’m happy!

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Mi hijo el filósofo

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que mi abuelo me llevó a ver un partido de fútbol. Fue el 12-1 de España a Malta. Años después un amigo de mi padre, Juan el chófer, me invitaba a su casa los miércoles cuando el Madrid remontaba marcadores imposibles en la Copa de la UEFA. Nos sentábamos en su sofá incómodo, delante de la mesa camilla donde Carmen, su esposa, nos servía unos trozos de magra que sabían a gloria. Allí yo comía jamón y pan, mientras forjaba un amor que todavía es inquebrantable. No olvidaré esas noches, como Marcos no olvidará jamás la noche de ayer.

Jugaba el Miami Heat, equipo ya de la casa. Los puse a dormir pero mientras yo pelaba patatas en el counter de la cocina, de repente apareció una cabeza de la nada. Marcos que no podía dormir. Entonces pidió quedarse a ver el partido y me acordé de Juanito, y las remontadas, y el Madrid. Pensé que esta noche podría ser su Copa de la UEFA. Le dejé que se quedara. Mientras veíamos el partido, pegábamos cromos Panini de la Eurocopa, y Marcos no se callaba. Me pregunta todo. Estaba tan alterado que no paraba de contarme cosas. En un momento incluso me preguntó que por qué me estaba preguntando tantas cosas. Él mismo se extrañó de la cantidad de cosas que me estaba contando. Estaba excitadísimo. Celebrando cada machaque. Contando los puntos y la cuenta regresiva del reloj. Ya bien entrada la noche (bueno, para padre soltero e hijos, lo que significa las diez más o menos) estaba de un filósofo que me dijo:

–    Papi, quiero empezar mi vida de nuevo.

Yo no pude evitar partirme pero él estaba tan serio que no quise perder su confianza por lo que tuve que disimular con un cromo de un eslovaco que era horrible. Le pregunté por qué quería hacer algo así y me dijo que porque él era un niño muy bueno pero que alguna vez había sido antipático con un amigo suyo, y que quería comenzar su vida de nuevo. Le dije que no importaba, que se olvidara del pasado, que ya lo hecho, hecho estaba pero que a partir de ahora nunca más fuera antipático con nadie. Entonces me contestó:

–    Es que quiero conocer mis verdaderos sentimientos, aunque en realidad no tengo ni idea qué significa eso.

Yo me partía el culo de lo serio que estaba. Era un hombre atrapado en un cuerpo de siete años. Su nivel de filosofada era tal que yo no quería que terminara el partido nunca. Conectamos como nunca.

Mañana juega el Miami Heat otra vez. Espero que ganen para así la semana que viene poder hacer de nuevo una noche especial con Marcos, pero esta vez con hamburguesas y patatas fritas en vez de jamón. Y el 10 de junio otra vez cuando España juegue contra Italia. Estos niños no tienen escapatoria, como tampoco la tuve yo en aquellas noches mágicas en el Santiago Bernabéu.

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Sigo bajando

A pesar de que me porté mal ayer, bajándome un bote de helado completo, el domingo paella, helado y flan, además de cuatro croquetas, una empanada y dos cafés el viernes, aún así he bajado cuatro libras en una semana. Lo único que he hecho ha sido cortar carbohidratos y azúcares.

Me siento deshinchado. Me siento ligero. Y ya no estoy de mal humor.
Dos semanas:
Primer día  – 215 libras
Segundo día  – 215 libras
Tercer día – 214 libras (pero me pesé en la tarde)
Cuarto día – 214 libras (pero no me he pesado)
Quinto dia – 214 libras (pero no me he pesado)
Sexto día – 214 libras (pero no me he pesado)
séptimo día – 214 libras (pero no me he pesado)
Octavo día – 211 libras

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Ahora sí

Todo parece diferente cuando lo miras desde otra posición.

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Gracias

Un domingo de primera, en realidad todo el fin de semana. Lo necesitaba.

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El primer gol

Hoy mi hijo mayor anotó su primer gol. Me tuve que contener, rodeado de otros padres, porque no hubiese sido apropiado iniciar la ola en las gradas. Tuvo más de cinco mano a mano con el portero. Robaba el balón en defensa, salía corriendo solo hacia el arco rival (como el gol de Raúl al Valencia en la Champions del 2000 o el de Torres al Barça este año) y cuando estaba solo frente a frente o le paraban el disparo o la tiraba fuera. Yo, sentado en mi silla de playa, hacia como que me daba igual lo que estaba sucediendo. No quería que se me notara que por dentro estaba ansioso por verlo anotar un gol. Me hacía el pasota, el canchero (como dicen en Argentina), el despistado, miraba mi teléfono, hablaba con otras madres… pero yo sabía en todo momento donde estaba el balón y si Marcos estaba cerca de él. Con mi mente jugaba a anticipar la jugada, casi como si intentara guiar a Marcos para interceptar el balón en cada ataque rival. Los niños golpeaban impredeciblemente el balón de un lugar a otro y yo con mi mente trataba de teledirigirlo hacia los pies de mi hijo. Entonces se anticipaba al pase, lo golpeaba hacia el frente y salía disparado en un contraataque. Y ahí mis pulsaciones se disparaban. En mi mente trataba de dibujar el recorrido a lo largo de la cancha, inhalaba por la nariz profundamente justo antes de cada golpeo que mi hijo iba a realizar. Como cuando respiras hondo antes de que te claven una aguja para que no duela, así aspiraba para de alguna manera influenciar y que el toque de balón saliera bien orientado hacia la portería rival. Ya cuando Marcos estaba a pocos metros del gol mi corazón golpeaba fuerte. Entonces yo mantenía la respiración, para que no se me notara lo nervioso que estaba. Apretaba los dientes, subía los pómulos mientras entrecerraba un poco los ojos, como si estuviera por llegar una escena de terror en el cine. Esperando el disparo, visualizando por qué lugar de la portería entraría el gol. Pero fallaba, y fallaba, y fallaba. Hasta que anotó. Perdimos 2-1, da igual. Le dieron la medalla por ser el mejor del partido pero inmediatamente se la colocó a su hermano en el cuello, y dejó que el pequeño la llevara durante casi todo el día. Porque así son mis hijos, los mejores.

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Más cubano que nunca

Como ya muchos sabéis, tengo un transplante de riñón. Pocos quizá, sabéis que el riñón pertenecía a un cubano que murió en un accidente casero, trágico. Pues sí, desde siempre tuve una conexión especial con Cuba, no sé, Silvio, mi primera novia en Miami, uno de mis primeros colegas, los chistes, Alvárez Guédez, el café, el arroz con frijoles y muchas otras cosas más. Cuba es gran parte de Miami, y Miami de Cuba, y a mí siempre me ha fascinado su despecho, su cuento y su triste alegría. Sus gritos, su arrogancia, su entusiasmo y un poco también, por qué no, su vagancia. El cubano resuelve como ninguno. El cubano inventa. El cubano es extrovertido, y te cuenta su vida. El cubano tiene una magia para sobresalir como no tiene nadie. El cubano no pasa desapercibido. La cubana, menos.

Hoy fui cubano por unas horas. Visité la feria de Cuba Nostalgia, con su música, sus croquetas, su dominó y su café cubano. Sus guayaberas, los tostones, los cuadros de La Habana y su gente sonriente. Me lo pasé muy bien, como en casa. Conocimos gente, nos contaron su vida, sus raíces españolas y todo eso que siempre termina contándome el cubano, porque yo suelo agradar mucho al cubano. Me gusta el calor del cubano, su risa y su inmediata confianza. Terminamos en el mítico Café Versailles, tomando un verdadero café cubano ya de madrugada.

El cubano es especial. No se corta, ni se calla. No sabe susurrar y le gusta interrumpir. El cubano camina erguido, con la frente en alto. Te mira a los ojos, se acerca extremadamente para hablarte claro. El cubano transparente me fascina. En la barbería, la cafetería, el mecánico, pintor, jardinero, el vecino, el primo del vecino. El cubano no tiene familia, tiene mucha familia. El cubano no tiene barco, tiene bote. El cubano no recuerda, vive en el pasado. El cubano no habla de política, resuelve el mundo. El cubano no baila, siente. El cubano no trabaja, tiene un negocio. El cubano no vive, se apasiona.

Amo Cuba, y algún día la recorreré entera, en uno de esos coches antiguos de las postales. Con mi cámara de fotos, pantalones cortos, sombrero y gafas de sol. Hoy fui más cubano que nunca.


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