Archivo diario: Miércoles, 16 mayo, 2012

El pan y la mantequilla

Maldito carbohidrato, te extraño como el mar extraña al río. Azúcar desgraciada, te necesito como las flores necesitan el sol. Estas primeras 48 horas sin vosotros han sido las más duras, os echo en falta como lo hace la orilla a sus olas.

Me corre la sangre mientras siento como la misma me araña la piel, no son hormigas, son cucarachas lo que siento por mis brazos y piernas correr de arriba abajo. No estoy de mal humor, tengo la actitud de Harry el sucio después de que su mujer le pusiera los cuernos, perdiera todo su dinero en Las Vegas y un taxista atropellara a su hijo, todo en una misma tarde.

La ansiedad me corroe como la humedad a la escalera del faro. Quiero salir corriendo para así dar esquinazo a esta irritación, aunque resulta que la muy puta tiene el récord de 100 metros atrapando gilipollas como yo que cortan de raíz el carbohidrato y el azúcar. Hoy fui a comer con unos amigos, yo pedí ensalada, vegetales y una pechuga de pollo. Mientras esperaba la comida un trozo de pan descansaba encima de la mesa, más allá un paquetito de mantequilla, los dos me miraban fijamente, yo los miraba de reojo. De repente sucedió. Comenzó una absurda conversación:

–    Psst, psst –dijo el pan.
–    ¿Quién yo? –le respondí.
–    Claro, tú, quién más iba a ser idiota –dijo la mantequilla.
–    ¿Qu… qué queréis? –dije.
–    Que me untes en este tío y nos comas –respondió la mantequilla.
–    ¿Pe… pe… pero es que no estoy comiendo carbohidrato? Estoy a dieta –continué.
–    Jajaja a dieta, idiota. Úntame la guarra esta y cómeme, idiota, no ves que soy integral –dijo el pan.
–    Ya. Y.. y eso es mejor, ¿no? –pregunté.
–    ¿Mejor pa quién? A mi me gustan más blanquitos y con mucha molla. –Dijo la mantequilla.
–    Sí, pero esos, vaya que si engordan, joe… -respondí con seguridad.
–    Engordas tú, idiota. Dale, venga joder, que si no me comes lo hará la camarera de camino a la cocina y esa no me mastica, me engulle sin respirar la muy guarra. –interrumpió el pan.
–    No, dejadme en paz. Aquí viene mi ensalada. Ya, callaos ya. Dejadme en paz, solo quiero mi ensalada, –continué entre gritos.
–    ¿Qué te pasa Joaco? Si nadie te va a quitar la comida. –Interrumpieron mis dos amigos.
–    Ah.. es qu.. es qu… es que el pan y la mantequilla me estaban hablando, -les dije avergonzado.
–    Oookeeeyy. Ya. Vaya macho. La dieta esa te tiene fino –respondieron bajando la cabeza y centrándose en su bistec.
–    Jijiji ¿ves, gilipollas, lo que pasa por no comernos? –gritaba el pan mientras se alejaba en la mano de la camarera. ¡Idiota! ¡Subnormal! ¡Qué dieta ni que ochocuartos! ¡Me hubieras comido cabrón!

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