Violeta en La dolce vita

Te vi en la fila del café a la vuelta de mi casa. Yo no tomaba café nunca, de hecho detestaba el sabor amargo, la acidez que me producía y las vueltas en la cama hasta bien entrada la madrugada. Pero ese día seguí tus pasos hasta la fila del diminuto café del tano Domínguez. En el barrio todos sabían que el tano Domínguez era de un pequeño pueblo de Huelva que había llegado a la capital después de las sequías, en busca de un mejor futuro para su mujer y seis hijos. Puso un café que llamó La dolce vita, porque decía que el café sabía mejor si se preparaba soñando en italiano. Y allí te observé, con tus labios gruesos y rosados, el pelo negro rizado, recogido con lo que parecían dos palillos de sushi. Me regalaste una sonrisa. Yo bajé la mirada. Ordenaste tú café, yo el mío para encontrarnos de nuevo en la estación del azúcar. Tus ojos pedían a gritos que yo te hablara, pero por un instante soñé que me rechazabas y el recuerdo de lo que pudo ser me confortó más que el odio de no poder tenerte jamás. Te fuiste. En el umbral del café te giraste regalándome la última sonrisa de esperanza, deseando que yo le echara valor inútilmente. Yo seguí moviendo mi café. Y entonces desapareciste por siempre. A los pocos segundos corrí a la puerta de La dolce vita pero ya no estabas. Me encaminé Rodrigo Bermúdez hacia abajo buscándote en cada uno de los comercios de ambas aceras. La amargura del café se unía con la angustia en mi esófago haciendo bien complicado poder respirar. Una vez en el trabajo recorrí todas las páginas sociales de mis amigos y los amigos de mis amigos, ni rastro tuyo. Revisé videos, fotos, foros, estoy seguro que llegué al final del Internet en busca de una pista que me diera contigo. Mandé mensajes describiéndola, hasta llegué a pensar que quizá te había imaginado.

Al día siguiente llegué a La Dolce vita a la misma hora con la esperanza de encontrarte. Pedí un café y me senté en la puerta. Dos horas después me di por vencido. Regresé al día siguiente. Y al siguiente. Y toda esa semana. Pedía siempre el mismo café. Comencé a llegar una hora antes y me quedaba dos horas después. Mi jefe me llamó la atención un par de veces esa semana pero le dije que sufría de insomnio y que recuperaría las horas en las tardes. No le mentí, porque en las noches no podía dormir, no podía dejar de pensar en ti. Imaginaba qué nombre haría juego a tu cara, cómo sería tu tono de voz. Te gustaría el fútbol, Sabina o Calamaro. Dormirías del lado izquierdo o del derecho de la cama. En los siguientes meses probé todos los sabores y especialidades de café de La dolce vita. Encontré un amigo que hacía retratos en los juzgados, nos tomamos un café mientras describía todos los rasgos minuciosamente. Una vez terminado el dibujo lo mandé imprimir doscientas veces. A la mañana siguiente la ciudad amaneció forrada con tu cara. No recibí ninguna llamada los dos primeros días hasta esa tarde al llegar a casa la luz del contestador estaba encendida. Era una radio local que quería entrevistarme. Llegué temprano el día citado para contar toda mi historia. Estaba emocionado y nervioso, seguro de que esa sería la clave para encontrarte. Me dieron treinta minutos para contarlo todo. Salí de la estación con la corazonada de encontrárte en la primera esquina. Caminé durantes horas por la ciudad sin suerte. Llegué a casa ya tarde para encontrarme por fin con la llamada que estaba esperando. Me habías llamado. Que nos encontráramos en la puerta de La dolce vita temprano. No podía creerlo, salté de emoción, lloré de alegría. No podía dormir pensando en la posibilidad de que quizá no quisieras nada conmigo. Seguro habías visto todos los mensajes, y los carteles, seguro habías escuchado el programa de radio. Lo más probable sentías tanta lástima que querías acabar con mi angustia y decirme que no te molestara nunca más. Una mujer así seguro estaba casada, con varios hijos. Esa mañana me quedé en cama, preferí no verte. En la tarde recibí otra llamada rogando que fuera a La dolce vita temprano. Esta vez me armé de un valor irreconocible para llegar al café. Allí estabas sentada con un vestido amarillo brillante, igual que esas piernas finas y ojos verdes, un pelo rubio y gafas negras. Era preciosa, solo que no era la mujer de mis sueños. Tomamos un café mientras contábamos nuestros días durante los últimos ocho meses. Reímos juntos. Nos vimos durante siete meses, todos los días consecutivos sin excepción. Me enamoré locamente de la mujer que nunca quise pero siempre esperé. Nos casamos en una iglesia pequeña de su barrio, a penas unos amigos y tres familiares. Dos años después nacieron los gemelos.

Hoy regresé a La dolce vita a saborear el café de aquel día. Allí estabas, en la misma cola donde te conocí. Me regalaste una sonrisa, te la devolví. Ordenaste tu café, yo el mío para de nuevo encontrarnos en la estación del azúcar. Una, dos, tres y te pregunté ¿te gusta dulce? Siempre. Emilio, y siempre le pongo cuatro. Una, dos, tres, cuatro. Me llamo Violeta.

2 comentarios

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2 Respuestas a “Violeta en La dolce vita

  1. Cris

    Tu dolce escritura…me encanta!😉

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