Archivo mensual: enero 2012

Seguimos en Indy

No hace mucho frío. Unos 40 ó 50 grados (entre 6 y 12), además de que nos pasamos el día encerrados. Indianápolis tiene una serie de pasillos que comunican prácticamente todos los edificios del Downtown, además de unos subterráneos, que permiten no salir a la calle en ningún momento. Le llaman Skywalkers, como el famoso Luke. Y ahí termina la ciudad. Un par de museos, muchos bares y restaurantes, los varios estadios deportivos, y mucha gente rubia y amable. Esta zona forma parte del Midwest del país, que para mi gusto es de lo mejor en cuanto a gente. Todos te reciben con una sonrisa genuina, no de esas hipócritas del sur. Porque la gente del Midwest es amable y algo más liberal como la del norte, pero sin la arrogancia y despotismo que tiene la del Este. Aquí estaré hasta el lunes, haciendo todos los días lo mismo, aunque disfrutando mi trabajo.

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Indianapolis

Ya estamos en Indy, y como siempre, se me cortaron mis delicados labios. Ayyy A ver si en la noche escribo algo menos gay.

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Mi carrera acaba de comenzar

Que gran sensación la de conseguir una meta después de mucho tiempo trabajando para ello. Me siento nuevo. Rejuvenecido. Algo más completo. Tranquilo. Con una cierta arrogancia, esa que te otorga el haber conseguido algo cojonudo. Un pequeño porcentaje de la población mundial consigue terminar una carrera de larga distancia, y yo ya soy uno de esos. Hoy, rodeado de veinticinco mil chalaos, no pude evitar emocionarme. Durante la primera milla tenía los pelos de punta. El correr rodeado de tanta gente con el mismo propósito, cada uno con su historia, con su sacrificio, pero todos en equipo. Fascinante ver los diferentes cuerpos, y las pintas, los zapatos, los estilos de carrera. El agua y el Gatorade, los miles de vasos de papel tirados por el suelo. Miles y miles de cabezas, sudadas, subir y bajar en armonía. Camisetas de todos los colores. El ruido, los gritos, los llantos.

La primera milla levité por el puente que va camino a Miami Beach. Todavía era de noche, pero ver las luces del Downtown, los barcos de crucero gigantes con todas sus luces encendidas, el mar calmado, fue una experiencia relajante. Las primeras cinco millas éramos un equipo, siete corredores todos juntos, mirándonos a la cara, preguntando el uno al otro cómo la íbamos llevando. Iba adelantando y siendo adelantado por una amiga del trabajo que está buenísima, no niego que la motivación extra ayudó para sentirme más fresco en la primera mitad de la carrera. En la milla seis mi ex cuñada se cayó. El maldito IT band que me atacó a mí el año pasado. Nos quedamos con ella pero dos se marcharon al frente. Fascinante como el grupo se iba dividiendo. Los que no buscábamos marca, más que completarla, esperamos a los más lentos. Una milla más adelante nos fuimos cuatro del grupo, porque los lentos nos dieron permiso. Las siguientes tres millas, de la seis a la nueve, fueron de infarto. Nos sentimos bien y apretamos. Para la milla nueve ya me costaba apoyar la pierna izquierda, pero los gritos de la gente seguían llegándome.

Entre la milla nueve y la diez se encontraba un grupo de una organización que recauda dinero para niños con cáncer. Vi llorar muchos corredores en ese tramo. Yo no pude evitarlo. Las fotos, los niños con sus pañuelos en las cabezas corriendo por la hierba al lado de la carretera, fue un tramo electrizante. Las mamás, llorando desde la acera, nos vieron llorar a todos. Los niños corrían por la hierba y reían, sin saber muy bien que pasaba. Media milla más adelante tuvimos que tranquilizarnos porque sentimos que nos fundíamos por la emoción derrochada en ese tramo. Inigualable. Y creo que sí nos fundimos porque las siguientes tres millas fueron de quirófano. Las piernas no me dolían en un lugar en particular pero estaban tan hinchadas que sentía cuchillas desde la cadera hasta las uñas. Si caminábamos era peor. Y la milla once que nunca llegaba. Y en realidad nunca llegó. Cuando vi el cartel a lo lejos de la siguiente milla recé para que fuera la doce, porque si hubiera sido la once no hubiese tenido fuerzas para continuar. Pero fue la doce, y ya solo quedaba una más. Entonces me pasó mi compañera de trabajo, pero ni aún así pude mantener el ritmo. Ya todo me daba igual. Solo pensaba en mi padre, en todas sus horas de sufrimiento, la quimio, los dolores, y los que yo sentía no eran nada comparado con lo que él está pasando. Y pensé en mis hijos. Y me volví a emocionar. La última curva. La última recta. Y vi la meta al fondo. Y con la camiseta trataba de cubrirme. Muchos años de cambios. Muchas horas de entrenamiento. Me vinieron muchas cosas a la cabeza. Pero la sensación de cruzar la meta, con mi propias fuerzas, nadie me regaló nada, mereció la pena desde el primer día que empecé a correr a los doce años. La emoción de completar un propósito, que por mucho tiempo perseguí. Maravilloso.

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A mi tío Sebastián, gracias

Empecé a correr por mi tío. Mañana cumplo una de mis tantas metas. Significa tanto esta carrera para mí, y conociendo lo moña que soy, no sé si en algún momento veré la carretera entre tanta lágrima. La primera carrera que corrí llegué el penúltimo, si mal no recuerdo. Me compré una lata de Aquarius, mi amigo Carlos otra, y nos fuimos con mi tío Sebastián al cruce de Calas, creo que era una distancia de cindo kilómetros. Cuando dieron la salida, mi tío salió a todo trapo con el grupo de favoritos, detrás iban a toda leche el resto de corredores, y mi amigo y yo nos quedamos los últimos. Recuerdo tener tanta rabia que también quería llorar. Yo le decía a mi amigo, literalmente, pero esta gente que coño se ha creído, por qué van tan rápido. Tendría diez o doce años, pero ¿sería yo tan ingenuo de pensar que en la carrera iríamos todos la mismo ritmo? El caso es que mi tío me dijo que si empezaba a correr me compraba unas zapatillas. Y me compró unas Le coq sportive. Eran más feas que pegarle a un padre, pero para mí era las más chulas que jamás había tenido. Y empecé a correr. Corría a todas partes. A clase de mecanografía, por el pan, al centro de Palma. Recuerdo correr por todas las calles de Palma. Tantos recuerdos. Al año siguiente corrí la misma carrera, quedé cuarto.

Mañana corro por mi padre y por mis hijos, ojalá estuvieran los tres en la meta para verme, como el día que corrí mi primer triatlón, y mi padre me cortó el primer mechón del pelo que me había dejado crecer durante dos años. Gracias por todos los mensajes en FB, me emocioné al leer tantos mensajes de apoyo. Me tengo que ir a dormir, pero ahora quiero gritar, quiero empezar a correr. Voy a disfrutar el paisaje, el amanecer, mi grupo con el que he corrido durante tres años, los otros 25 mil corredores a mi alrededor. Esta es una de las experiencias que más he deseado vivir, durante mucho tiempo.

Gracias tío por aquellas Le cop sportive, gracias por enseñarme este mundo. Gracias. Te quiero.

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¿Quién me compró el poster del Madrid?

No pudo llegar en mejor momento. Dos días después de la renovación de una ilusión que estaba perdida desde que Tamudo y Van Nistelrooy metieran aquel gol simultáneo ya hace unos años. Yo estaba en mi habitación, en la antigua casa, viendo el partido de pié porque desde la remontada 4-3 al Espanyol había decidido ver todos los partidos de pié, sin sentarme, ni ir al baño, ni beber, ni comer, por solidaridad al equipo. Desde entonces no habíamos perdido, además remontando partidos épicos, apelando a la historia blanca, huevos y buen fútbol. Ese día comencé a gritar el gol de Ruud, y segundos después continué con el de Tamudo, y ya no puede parar de llorar. Muchos partidos hemos ganado después pero no con el mismo sentimiento. Un intento en vano me produjo aquel cabezazo de Cristiano para darnos la Copa del Rey. Pero el gol de Benzemá cambió todo. No ganamos una mierda en ese partido, de echo nos eliminaron como viene siendo habitual, pero algo produjo en mí que desde aquel gol de Tamudo no sentía. Vi de nuevo un orgullo en el club que pensé se había perdido. El escudo volvió a brillar. El Barça volvió a ser el de siempre, el eterno segundón.

Hoy me llegó un poster del Madrid. Alguien lo compró en Amazón y me llegó por correo, sin remitente, sin nota. A quien haya sido: ¡gracias! El mejor regalo que he podido recibir. Lo pegué en la habitación de mis hijos para que se duerman soñando con las glorias del Bernabéu, como tantas noches hicimos mi hermano y yo. ¡Hala Madrid! Somos el club más grande de la historia.

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Oh no

Estoy exhausto. Por el trabajo, y los nervios de ayer. Los últimos 20 minutos fueron como los 90 de la séptima. Siempre Madrid!!!

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Gracias Facebook

Pues eso, que era inevitable llegar aquí. A ese momento que define tantos sentimientos sin una sola palabra. Un acto invisible, a la distancia, en nuestra más inmensa privacidad pero que nos comunica tantos mensajes resumidos en uno. El desplante más agrio que podamos ofrecerle a alguien en nuestro hoy. La anti-comunicación en un momento de nuestra vidas donde el estar conectados nos define. Compartir nuestras vidas con un solo clic. Nuestras relaciones, gustos musicales, o las fotos que más nos gustan. El voyeurismo excusado. El tirar los tejos sin temores. El recuerdo de lo olvidado. Reviviendo los momentos del pasado.

Hoy me borró de Facebook. O quizá fue ayer. Y yo siento alivio. Porque tantas veces huí de su presente pero nunca le di rienda suelta a mi ego. El mismo que pudo con ella. Y yo me alegro. Ya no tendré que preguntarme quién será su nuevo friend. ¿Será él? Ya no tendré que ver la próxima foto inapropiada. Ya no soy su amigo. Y no fui yo quien cometió la inmadurez. Ya no tendré que desearla, para ser rechazado de nuevo. Ya puedo dormir tranquilo. Frente a mí se formó un camino que durante un año estuvo ausente. Ya puedo caminarlo con un rumbo claro, y a pesar de que sé que no será fácil, al menos es más directo que la incertidumbre por la que navegué durante el último año. Gracias.

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