Mi primer amor, salado

Aquel verano yo era un niño, ella, un poco mayor. Por muchos años no recordaba ni siquiera su nombre, hasta que una antigua amiga me lo recordó. Todavía hoy dudo de si ese es su nombre, sobre todo porque la cara que ahora veo en alguna red social no tiene nada que ver con aquella niña, mi primer amor.

Cuando yo era niño todos los veranos eran iguales: piscina o playa en la mañana, piscina o playa en la tarde, show para los turistas en el hotel donde trabajaba mi madre en la noche. Todos los días, de todos los veranos eran iguales. Pero ese año fue diferente, porque ese verano llegó ella de Barcelona. Llegó con su pelo liso y sus gafas de sol grandes. Manejaba una moto, y yo iba detrás abrazándola con toda la extensión de mis brazos. Me fascinaba como se mordía la lengua cuando se reía, como haciendo el sonido de la letra zeta. Recuerdo que copié ese tic. Era tan dulce. Tenía unos ojos marrones pequeños, un pelo castaño fino, que cuando se mojaba oscurecía. Nunca había sentido en mi vida los nervios que sentía cuando ella me miraba. Me ardía algo por dentro que no podía reconocer. Un vacío inmenso en la boca del estómago daba paso al hueco profundo que me quitó el hambre durante todo el verano. Sentía que miraba en todo momento aunque no estuviera presente. Pensaba tanto en ella que me sentía observado en todo momento. Quería hacer todo a la perfección por si desde arriba, como un ángel, ella hubiera estado observándome.

Fue la primera vez que vi de cerca unas tetas. Tumbados los dos en la playa, o en la piscina, o cuando manejaba su moto y se le caía el tirante de su vestido, y yo sentado atrás miraba por encima de su hombre al espejo retrovisor. Todavía hoy no he olvidado su pecho pequeño, su pezón grande y marrón asomando por el espejo de su moto. El viento caliente del verano mallorquín en nuestras caras. Yo abrazado a ella. Y ella tan lejos. Ella lloraba todos los días por un novio que tenía en la ciudad donde vivía. Y yo solo era su amigo, su hombro. Fue mi primer amor, mi primer amor salado. Nunca supo como me sentía, porque al fin y al cabo yo era un niño y ella era mayor que yo. Se convirtió en mi mejor amiga, y yo en su mejor amigo. Hablábamos como nunca yo había hablado con nadie, y menos con una mujer. Todos los días, a todas horas. Éramos inseparables. Nos contábamos todo. Me enseñó a cuestionar la autoridad de mis padres, a tolerar otras costumbres, a entender que lo que yo había aprendido como normal no necesariamente lo era. Sin duda conversaciones de niños mayores, siendo yo todavía un niño pequeño. Esa sensación no correspondida de un amor que te quiere como amigo me marcó para siempre. Y que jodida sensación.

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