Archivo diario: Sábado, 6 agosto, 2011

El balón de Pelé

Escribo estoy hoy sábado, pero en realidad sucedió el jueves. Angel, venezolano que trabajo conmigo, me comentó de un niño de tres años que tiene leucemia, y que ninguno de sus padres es compatible para un transplante de médula ósea que necesita urgente. Los padres, con la ayuda de la comunidad venezolana en Miami, están organizando una subasta para recolectar el más de millón y medio de dólares que necesitan para hacer la investigación para que el pequeño reciba el transplante. Me preguntó si tenía algo de valor que quisiera donar para la subasta por lo que enseguida pensé en una de los dos balones de fútbol que tengo en mi oficina firmados por Pelé. Sin pensármelo me incorporé de mi silla, alcancé uno de los balones del mueble de mi oficina y se lo di a Angel. Le di uno bien feo, y barato, con los logos de las cadenas de televisión de mi compañía, pero firmado por Pelé al fin. Angel se puso bien contento: “Wow Joaco, esto va a ser lo mejor que tengan en la subasta” me dijo. Angel va a regalar unos guantes de boxeo bien guays firmados por Bernard Hopkins, y otra gente hará lo propio, la idea es ayudar a esta criatura de tres años que necesita seguir viviendo. Antes de que Angel saliera de mi oficina le pregunté si habría alguien que valorara una pelota barata, fea y con los logos de las tres cadenas de televisión, más allá de que estuviera firmada por Pelé. Le pregunté si no sería mejor que regalara la otra pelota que tengo firmada, esa sí es chula, es una de las bien poquitas que se crearon para el primer partido del Mundial. La pelota oficial de la inauguración del Mundial, Sudáfrica vs. México que se disputó en el Soccer City Stadium de Johanesburgo el 11 de junio de 2010. Angel me dijo: “epa, pero esa sí te va a doler perderla”. Entonces me entró un cargo de conciencia tremendo. Para qué quiero yo entrar todos los días a mi oficina y ver un trozo de cuero firmado por un tío que ni conozco cuando ese esférico puedo ofrecer unos cuantos dólares más a esta pobre familia. Por supuesto, cambié de las manos de Angel el balón feo y barato, por el oficial, todavía en su caja, de la inauguración del Mundial. Me sentí feliz. Recé por el niño.

Un día después apareció un donante para el pequeño en Nueva York. No sé si tuvo algo que ver, pero todos los días cuando entre a mi oficina y vea el vacío que dejó el balón de Pelé en mi mueble, me acordaré de la felicidad que me produjo saber que dos padres podrán seguir viendo a su hijo reír.

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