Mi cama

Mi cama es maravillosa. Todavía me acuerdo cuando la compramos, tras varios años de insoportables dolores de espalda, una mañana Lari y yo decidimos por fin retirar el colchón repleto de muelles para cambiarlo por la cama más acogedora del mundo. No probamos muchas en esa tienda porque cuando nos tumbamos encima de la que terminó siendo la nuestra enseguida nos dimos cuenta que nada la podría superar. Además costaba $1200, precio relativamente asequible para lo que costaban las camas buenas en ese entonces. Recuerdo la sensación del pillow top, Dios sabrá como se dice en español, pero es una especie de funda acolchada, blandita, que se supone le dé a la cama un toque celestial de comodidad. Por fin la estrenamos, y con el paso de los años la hemos adorado. Llegar de vacaciones para tumbarte en esa primera noche ha sido una de las sensaciones más maravillosas que un ser material te pueda producir. La conexión con mi almohada, la única con la que puedo dormir, es total. Siempre que viajo me prometo llevar mi almohada en mi próximo viaje, y si pudiera llevaría mi cama, pero nunca hago ni una, ni la otra. La huella perfecta está formada en el lado izquierdo de mi cama, donde pongo la espalda, el culo y las piernas, para forma la figura perfecta en base a esta imperfecta figura. Pero explorar el resto de ella me da placer también, me saca de la rutina, me sorprende, me agrada la frescura del lado menos explorado de mi cama.

El día que dividí la casa con Lari solo hubo un conflicto: los dos queríamos la cama. Decidimos tirar una moneda al aire. Ya sabéis quien ganó. Me duele por ella, de verdad, sé que quería mi cama quizá aún más que yo. Lo siento, de verdad. Ojalá algún día puedas disfrutarla otra vez, creo. Pero hoy es mía, y no la quiero compartir con nadie. En mi cama tengo dos almohadas. La mía, y la otra que no sé de quien es, ni que hace en mi cama. Mi almohada siempre está colocada de la misma manera, con la parte más fina hacia el frente, parte que se ha aplastado por el peso de mi cabeza. La señora que me limpia la casa lo lleva haciendo por más de cinco años, creo, y todas las semanas, cuando hace mi cama, coloca en mi lado la almohada equivocada. Pero cuando digo todas las semanas no me refiero a que se ha equivocado un setenta por ciento de las veces, no, me refiero a que todas las semanas mi almohada está en el otro lugar, y en mi lugar está una almohada que no sé de quien es, ni que hace en mi cama.

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