Las cartas de Santiago

Santiago miró por última vez por la ventana que había custodiado su humilde habitación durante dos años. El servicio militar se le hizo más largo de lo que jamás había imaginado, sobre todo las noches, y sobre todo los fines de semana. Santiago nunca dejó de escribir a Esperanza, pero ella nunca le respondió. Seiscientas ochenta y nueve cartas en setecientos treinta días de cuartel, y ni una sola respuesta. Santiago pensó muchas veces dejar de escribir pero siempre le venía a la cabeza el mismo pensamiento: y si Esperanza piensa que no me importa lo suficiente? Y si por alguna razón está tan ocupada que no puede escribirme pero está esperando que yo le escriba? Y Santiago seguía escribiendo. En otras ocasiones eran distintos los pensamientos que lo perturbaban. Sensaciones de rechazo, de menosprecio, lo torturaban sin sosiego. Entonces Santiago se armaba de valor mientras se decía a si mismo que ya no le escribiría más. Me voy a hacer el duro, susurraba en las noches. Pero pasaban unas horas y Santiago volvía a escribir.

El 16 de abril de 1927 Santiago miró por última vez por la ventana de su habitación. Al fondo, a lo lejos, cruzando la explanada del cuartel, brillaba la figura de Esperanza esbelta en un vestido blanco, sombrero rojo y zapatos de tacón. Santiago sintió la emoción que corrió por su tinta en las casi setecientas cartas que había escrito hasta ese día a Esperanza. Agarró su saco marrón con una mano, bajó las escaleras del edificio, y mientras cruzaba corriendo el inmenso patio del cuartel se sostuvo su gorra con la otra mano. Frenó en seco quitándose la gorra justo en frente de Esperanza. Vestida de blanco, hermosa, tan resplandeciente que le encandilaba los ojos, la muchacha ni se inmutó. Santiago se dio sombra en los ojos con su mano izquierda, y con el ceño fruncido descubrió que debajo del sombrero rojo no estaba Esperanza. Se colocó su gorra de lado, dio los buenos días y satisfecho salió caminando del cuartel. Santiago nunca más supo de Esperanza hasta muchos años después. En el pueblo alguien le dijo que Esperanza se había marchado a Roma con un vendedor de seda de la India, dos semanas después que él ingresara al cuartel. Esperanza le pidió al cartero que no le devolviera las cartas a Santiago, a pesar de que ella se marchaba del pueblo. Ordenó que las dejara en casa de su madre, y que nunca nadie respondiera de vuelta. Santiago entendió ese día, igual que lo hizo Esperanza años atrás, que él necesitaba alguien a quien escribir, sin importar si ese alguien jamás lo pudiera leer.

4 comentarios

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4 Respuestas a “Las cartas de Santiago

  1. Qué bonito¡ ¿es escrito por ti o tiene autor? Sabes, a mi me pasa algo muy parecido, sin conocer a las personas, tengo una necesidad imperiosa de seguir sabiendo de éstas…
    Pero entre esta pareja llegó haber alguna relación?

  2. Es mío Mara. Lo escribí anoche. Si hubo relación? buena pregunta. Estoy debatiendo si es necesario mencionarlo. Tú qué crees?

  3. Pues yo creo que sí, y no necesariamente una relación próxima. Quiero decir, y por experiencia, que una distancia se contrarresta con el diálogo diario sea por teléfono o escrito o con miradas si es por “webcam”. ¿Cuántas veces nos sentimos alejados de la persona que tenemos a nuestro lado?
    Felicidades, pues encuentro que está escrito con mucha sensibilidad, transmite mucho.
    Quiero más🙂

  4. Gracias Mara. Ha sido difícil crear en los últimos meses. Este es el tercer cuento que escribo, muy corto éste por cierto, pero me vino y tuve que escribirlo.

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