Archivo mensual: julio 2011

Viendo el sol

Me voy caminando a casa de mis padres. Casi cinco millas, no sé cuando llegaré pero me espera una lasaña y la única manera de comérmela sin remordimientos es haciendo algo de deporte. Me largo, que lo más probable el sol ya no se acuerde de mí.

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Los gritos

Escuché unos gritos que provenían de la casa de al lado. Siempre me pregunté cómo hacían los padres para tener ocho hijos tan bien educados y obedientes. Quizá esta era la razón. Si consigo descifrar de dónde vienen esos gritos sabré a su vez la respuesta a muchas preguntas. Salté de la cama, subí un poco la persiana y abrí una línea la ventana. Eran las doce del medio día y el sol que entró de golpe en mi habitación me dejó ciego. Los gritos cesaron, como si hubieran estado en mi cabeza, o quizá en mi sueño. Cerré la ventana y los volví escuchar, pero esta vez mucho más lejos. Como si mi sueño se hubiera ido marchando poco a poco. Bajé la persiana y la oscuridad dio a la habitación un tono de depresión. Entonces decidí yo dejarla a ella, ahí tirada en la cama deshecha, con la oscuridad y los gritos de mi sueño.

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Tengo amigos, y familiares

A parte de dos hijos preciosos que me dicen “Papi I love you” sin motivo o razón, o me abrazan de sopetón, tengo amigos que me escuchan y familiares que se retuercen cuando les cuento. A todos, gracias por la paciencia, por soportarme, por escucharme y otros por leerme. Hoy invertí la pirámide, en vez de verme abajo y tener que escalar la cuesta, llegué al momento más alto de dolor, y ahora, cuesta abajo empiezo a soltar mi pasado. Nos vemos al final de la cuesta, allí abajo, donde por fin podré yo escuchar vuestros problemas.

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Toque fondo

Qué manera de comer joder.

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La lluvia

Qué bonito es oír llover. Estoy metido en mi cama, escribiendo (lógico), son las diez y veintiséis de la noche, y afuera está lloviendo. No sé si en este preciso momento llueve, pero sí oigo los truenos. Qué maravillosa sensación es el escuchar la lluvia y los truenos. Esa majestuosidad que rodea nuestra presencia produciendo esos misteriosos ruidos en la inmensidad del cielo. Cómo algo tan simple como el ruido de un trueno nos puede revolver tantos sentimientos. Mágico. El sonido del agua golpeando el suelo. Los truenos corriendo por el cielo. El viento persiguiendo las sombras una y otra vez alrededor de mi casa. Y yo solo, escuchando caer la lluvia. Me erizo de la energía que se produce al instante. Veo los destellos de luz a través de mis cortinas, y segundos después escucho el rugir en las nubes, a lo lejos, mientras retumban mis paredes y ventanas.

No sé si estarás escuchando los mismos ruidos que yo, pero si estás disfrutando este momento espero que te recuerde a Costa Rica, o a alguna noche que nos despertó la tormenta más grande del Mundo. A mi me recuerda a ti. A nuestro amor. En cada trueno siento tus manos. En cada relámpago veo tu cara, dormida, preciosa. En cada gota que se rompe en el suelo se muere un amor que viajó desde muy lejos, como la lluvia que hoy baña mis plantas y te acompaña en tu casa, sola. Igual que la gota que decidió marcharse, no hay vuelta atrás. Emprendió un viaje sin girar su mirada hasta llegar a su destino final, sin preocuparse por el frío camino que le espera. Ojalá pudiera recoger esta lluvia para devolverte hasta la última gota, intacta, como el primer día. Su agua es dulce, mis lágrimas saladas, las tuyas también. Te amaré mientras siga lloviendo. Mañana otro te abrazará cuando te asusten los truenos, y yo te veré a lo lejos, con tu pelo mojado, corriendo descalza. Y sin poder tocarte, solo me quedará escuchar las gotas caer hasta que deje de llover.

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La paradoja de la soledad

No sé estar solo. Es más, no me gusta, nunca me ha gustado. Desde pequeño siempre hacía cosas con mi tío o con mis amigos. Íbamos a correr, a la montaña, de acampada, a ver aviones, a hacer bodas, jugaba al fútbol, montaba bicicleta, iba a la piscina, a la playa, al cine, de marcha, todo siempre con mi tío o mis amigos. Solo iba solo a comprar el pan, el periódico y a cortarme el pelo, y lo odiaba. Odiaba ir solo por la calle. Solo, la calle, mi mente y yo. No me gustaba ir solo conmigo, los dos solos. Simplemente me gustaba y me gusta estar con alguien.

Ayer mis roommates, y uno de mis mejores amigos, Robert, me insistía en que tengo que aprender a estar solo, a disfrutar de estar solo. Qué bonito es cuando aprendes a disfrutar la vida solo. Y me presumían de lo bien que se lo pasan solos. La vida y ellos, solos. En un mundo donde ermitaño, reservado e introvertido son adjetivos negativos, en un mundo donde la gente se suicida por depresión, por soledad, en un mundo donde tantos le tenemos miedo al aislamiento, ¿por qué seguimos intentado aprender algo negativo? ¿Por qué no aprendemos a tener más amigos?

Yo me niego a estar solo. Para mí estar solo no es algo bueno, no quiero aprender a estar solo, sino quiero aprender a tener más amigos, a cuidar los que tengo, a ofrecerles lo que tengo. No quiero ir solo a la playa, quiero ir con Matilde. No quiero ir solo de viaje por Europa, quiero ir con Robert. No quiero ir solo a comer sushi, quiero ir con El Pelao. No quiero ir solo de marcha, quiero ir con mis amigos. No quiero bañarme solo en mi piscina, quiero invitar a todos y hacer hamburguesas, o carne. No quiero correr solo, quiero correr con mi tío, o con mi grupo los sábados en la mañana. No quiero ver el Madrid solo, quiero verlo con mi hermano y Raúl. No quiero viajar por Mallorca solo, quiero hacerlo con mi tío. No quiero arreglar el jardín solo, quiero hacerlo con mi padre. No quiero vivir solo, quiero hacerlo con mis hijos.

No quiero estar solo, quiero estar acompañado.

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