Mi cama

Ayer dormí todo el día. No lo suelo hacer. Aunque me acueste bien tarde, en cuanto me despierto salto de la cama, a pesar de seguir teniendo sueño. Tengo la sensación que se me va la vida, que se me escapan momentos a pesar de que despierto tampoco necesariamente los voy a aprovechar, pero prefiero estar haciendo algo que tirado en la cama. Ayer fue diferente. El café, el estrés y las cabalgadas mentales me han llevado a dos semanas de horribles noches. Ayer colapsé. Me levanté a las siete para ver la clasificación de la Fórmula Uno (por cierto un desastre) y mientras me preparaba para ir a montar bicicleta sentí una terrible atracción por mi cama. Me miró con ojos pardos entreabiertos y destellos rubios de un cabello lacio. No me quedó más remedio que tirarme a dormir. Desperté descompuesto del hambre cerca de la una del medio día. Comí y regresé a mi atracción principal. Enamorados, locos de pasión, nos revolcamos hasta las cinco, sin interrupciones, sin recesos, solos los dos. Mi cama y yo.

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