Regalos de la infancia

Me vicié a otra serie en Netflix. Tras la maratónica relación que he tenido durante los últimos ocho meses con Lost, he decidido intimar con otras series. Ya terminé de ver Spartacus, Dexter la tengo ya casi dominada y además ya me aburre su tono. No tengo fuerzas para empezar con 24 y True Blood no se puede ver online. Por lo tanto me lancé a ver Persons Unknown. Me la recomendó Adrián, un poco tostón, sobre una organización que rapta a gente para encerrarlas en un pueblo desierto y someterlos a un cierto programa de rehabilitación, bla, bla, bla. El caso es que en uno de los últimos capítulos y después de llevar más de tres meses raptados y lejos de cualquier contacto con la humanidad, el grupo secuestrador ofrece un regalo a cada uno de las siete víctimas. Todos son regalos sentimentales que significan mucho para cada uno de los implicados. Abren las cajas tras deshacer el lazo que las rodea a la vez que les cambia la expresión, una expresión de total sorpresa y asombro. Uno recibe el cinturón con el que le pegaba su madre, y que un día él utilizó en ella. Otra la bufanda con la que ahogó a sus padres, otro el balón de fútbol americano que recibió en el instituto tras conseguir la última anotación en la final casi 20 años atrás, otra la Biblia que pensó había perdido y la protagonista su muñeca favorita de la infancia. Regalos importantes. Regalos únicos. Objetos perdidos en el tiempo. Perdidos en la nostalgia.

Y yo pensé, qué recibiría yo. Quizá la guitarra que me regaló mi padre tras la carroza que representaba el Rock de una noche de verano de Miguel Ríos en las fiestas de Calas. Era una guitarra azul, de madera maciza, y yo jugaba a ser Miguel Ríos por los rincones de mi casa simulando un Re, o un Mi menor en un mástil sin cuerdas ni cejilla. O el barco pirata de playmobil que armó mi padre hasta las tantas en la sala del piso de Benidorm con el que yo imaginaba navegando por los mares del caribe en busca del tesoro más grande jamás visto. O el fuerte Randall, o el tren de vapor, o el escalextrix que armé con mi padre en la mesa camilla de la salita en la calle Limones. O el radio-cassette stereo que me regaló mi tío en mi primera comunión, con dos cintas que olían a plástico fino, una de Miguel Ríos y otra de Los Pistones en la cara B y yo soñaba con ser el último admirador, y que Miguel Ríos volvía actuar solo para mí y yo le decía lo que él quería oír. Ya nadie espera el próximo guión, el gran estreno en Nueva York se aplazó. O quizá las primeras zapatillas que mi tío me regaló cuando empecé a correr, unas Le Coq Sportif más feas que pegarle a una madre. Yo creo que él pensó: le compro las más feas para que cuando esté viciado se compre unas Asics y se enamore, así no deje de correr nunca. Y así fue. Cada vez que me compraba unas zapatillas nuevas, unas Asics siempre, las colocaba en la mesa de la sala de nuestro piso en Palma y las dibujaba. Anima Sana In Corpore Sano será mi lema hasta la muerte y se lo inculco a mis hijos todos los días. O no me importaría recibir el primer balón de fútbol que me regalo mi tío, el día que hice el primer reportaje, una comunión creo. Mil doscientas pesetas, eso le costó. Lo sé porque la etiqueta con el precio estaba todavía pegada en uno de los hexágonos. Pero a mi no me interesó el precio, ni si era mucho o poco para un niño de doce años. Solo recuerdo dormir abrazado al balón durante muchas noches, absorbiendo el olor a cuero, imaginándome en el Bernabéu. O mi primera cámara, una Minolta X-300s. O cualquiera de mis bicicletas. O alguno de mis libros de la editorial Barco a Vapor. O mi favorito, Kavik el perro lobo.

Por todos esos regalos, y a todos, gracias por los recuerdos.

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