Mis hijos y el fútbol

Ayer me perdí el segundo partido “oficial” de la corta carrera de mis hijos. Entrenan un día a la semana en su colegio, sin mucha competencia, con la única y necesaria intención de amar este deporte, y van por buen camino. Hace un año, en su primer partido, Sebas no solo la falda de su madre, y Marcos corría detrás de la nube de niños sin llegar a hacer contacto con la pelota. Un año después, los dos golpean el balón con el interior, con el empeine, con los dos pies, cabecean, y ante todo su cara se ilumina al acercarse a un balón.

El partido de ayer fue especial. Sebas corrió, y Marcos conectó con el balón. Al terminar el partido el mayor me dijo: “Papi, I tried super-dooper hard but we still lost”. Quizá no me dio tiempo, y tampoco la distancia me permitió explicarle a mis hijos que lo importante es seguir practicando, intentarlo con más fuerza la próxima vez. Y que lo importante no es participar, sino superarse en cada vez que participas. Perder no debe tomarse a la ligera, sino debe ofrecernos ejemplos de qué cosas podemos mejorar. Claro, cómo le iba a explicar todo esto por teléfono a un niño de seis años, que solo quería llorar por haber sido goleado 9-0.

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