Archivo diario: Martes, 15 marzo, 2011

Stáña

Me golpeó a la salida del baño depositando sutilmente en mi mano un trozo de servilleta con unas palabras en inglés:

– “Stop looking me. My boyfriend will kill you. Stáña”

Dos horas antes, cansado de caminar el suelo duro de las calles de Praga decidí entrar en un bar del barrio Malá Strana. Al abrir la puerta del local la vi apoyada en la barra. Sus ojos oscuros azules se clavaron en mi cara. Su mirada buscaba huir de algo, o de alguien. Busqué una mesa que me dejara observarla con calma, prendí un cigarro, pedí un expresso y un capuccino, mi habitual combinación de cafés durante mi estadía en Republica Checa. Desde mi silla, en el rincón del acogedor bar forrado de madera, no tardé en empezar a recorrer cada centímetro de su belleza. Mi astuta mirada no pasó desapercibida, y Stáña la recibía con desparpajo. Su reciprocidad me invitaba a seguir recorriendo su cuerpo. Repasé sus detalles sin distracción. Nuestras miradas se cruzaban entre el humo de lugar. Con prisa saqué mi libreta y lápiz para plasmar en mi papel la belleza checa que tenía ante mis ojos. Escribí como su pelo negro liso descansaba sobre sus hombros descubiertos por su blusa blanca transparente que dejaba entrever su sostén negro, el mismo que acariciaba sus pequeños senos. Stáña me controlaba de reojo. Yo seguía dibujándola en mi libreta. Su nariz era pequeña y fina, con su punta inclinada que le daba un toque de princesa a su cara. Su mirada intensa me sofocaba. Sentía el sudor recorrer mi espalda. Mi corazón palpitaba sin frenos. Me ahogaba la idea de no poder tenerla. Debía hablar con ella. No podía soportar la sensación de perderla para siempre sin haber sido mía. Necesita acariciar esa piel rosa que aparecía entre su blusa y su corta falda vaquera. Escribía para calmar mis nervios. Sentía mi frente húmeda, un sudor frío debajo de mis ojos. Su risa producía una contracción en mi estomago.

Inmóvil en la puerta del baño tras mi fugaz contacto con Stáña tomé una decisión que cambiaría mi suerte. Tras leer de nuevo el mensaje de la pequeña en la servilleta decidí jugármelo todo. Doblé el mensaje con cuidado y lo guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Subí los tres escalones que separaban el baño de la barra del bar cuando escuché su risa dulce y seca por última vez. Entonces encontré sus ojos entre la multitud. Ella supo enseguida mis intenciones. Dejó la copa de vino rosado en la barra mientras yo me abría hueco hacia ella. Sus labios fueron desdibujando la sonrisa de su boca. Abrió los ojos, y justo cuando le agarré la cintura con mis dos manos, los cerró inclinando su cabeza hacia un costado. Nos besamos despacio. Sentí que cesaba la música, el ruido de copas y platos y todas las conversaciones del lugar. Sus manos se instalaron con fuerza en mi espalda. Pasé mis dedos por su pelo. Ella dibujó círculos en mi cabello con su mano. Abrí los ojos para no olvidarla jamás. Ella tenía los suyos abiertos, para recordar este momento por siempre.

No hacía mucho tiempo atrás, cuando todavía me deleitaba el movimiento de sus caderas anchas mientras reía en la barra con sus amigas, su novio se percató de mi mirada. Yo ciego con la ola de deseo que me invadía no le presté la atención debida a una furia que crecía como una bola de nieve. Las piernas de Stáña eran cortas pero fuertes. Su cintura estrecha daba paso a unas caderas anchas que soportaban el peso de su culo inflado, perfecto, como el de un chelo clásico. Stáña nunca se percató que su novio, quien socializaba con dos amigos, había descubierto nuestro juego de miradas. Stáña hablaba y reía con sus amigas, mientras seguía buscándome con sus ojos pequeños y simpáticos. Reía entre copas de vino rosado. Su sonrisa se traducía en palabras de amor en mi libreta. La amé a través de la punta de mi lápiz. El carbón dibujaba la suavidad de su piel en mi papel. Sus manos grandes y venosas abrazaban mi cuaderno.

El beso duró unos segundos aunque yo me imaginé toda una vida a su lado. Sentí un codo seco golpear mi nuca, seguido de un:

– “You are going dead”

Una voz de odio salía de la cuadrada boca del novio checo. Lo empujé para hacerme paso a las calles desiertas de Praga. Ya me lo había advertido Stáña en la servilleta pero también lo había hecho su novio. Minutos antes de levantarme al baño, la tensión de nuestra mágica relación había llegado a su punto más alto. Yo le sonreía a la distancia. Ella cerraba sus ojos lentamente, avergonzada bajaba su mirada. A escondidas de su pareja ella era mi cómplice. Su novio recorrió entonces su cuello de un lado a otro con su pulgar. Si hubiera podido me hubiese matado en ese preciso instante. A mi no me importaba porque Stáña era mía. Y yo era suyo. Ella desnuda en mi libreta. Yo en su sonrisa.

Nada más saltar a la calle escuché un grito. El golpe en la nuca me había dejado desorientado. Tras el grito miré dentro del bar para ver como la mano del novio borraba de la cara de Stáña la huella de mis labios. Los dos amigos del traicionado novio ya corrían tras de mi. Corrí por la calle del bar hasta la esquina de Matousova. Los disparos silbaban en los adoquines mientras levantaban chipas a mis pies. Giré por la calle Botanice, llegué a Stefánikova donde estaba seguro de encontrar una pareja de policías paseando por la avenida Mostecká. El frío se delataba en el vapor que soltaba mi boca, aunque yo por dentro ardía. Bajé la calle en dirección al puente Carlos. Entonces fue cuando la corriente del Moldava trajo sus gritos hasta mis oídos. Desde el puente Carlos, vi a través del caudaloso río, forcejear a Stáña con su novio sobre el puente Most Legií. Corrí a orillas del Moldava hacia donde se encontraba Stáña. Ya no escuchaba los pasos de mis perseguidores, tampoco los veía entre la noche. Un disparo estremeció la corriente y algunas gaviotas que dormían apelotonadas. Al llegar al puente vi al novio de Stáña tirado boca abajo en el suelo. No había rastro de los ojos azules. Habría sido Stáña responsable del disparo? Llegué a la altura del cuerpo para comprobar su estado. Con mi pie derecho lo intenté voltear pero era demasiado pesado. Al agacharme para hacerlo con mis manos, el cuerpo se me adelantó escurriéndose para voltearse con rapidez mientras apuntaba con una pistola mi estómago. Entonces sentí cuatro manos fuertes como grúas que me levantaban en peso. Eran los amigos del novio. Me sentaron en el muro del puente, con mi espalda mirando al vacío y mis piernas flotando en el aire. Yo me agarraba con rabia a sus brazos cuando sentí unos ojos traicionados y sangrientos en la cara del novio. Me agarró por el cuello para inclinarme aún más sobre el río. En tus manos tienes mi vida, le dije. Aunque decidas quitármela no podrás cambiar el hecho de que Stáña fue mía, y yo suyo en ese bar. Nunca borrarás el deseo que sintió por mi. Entonces me acarició el viento de la caída en mi pelo, y muy pronto el frío de las aguas del río en mi piel. La corriente era fuerte. No quise flotar. Dejé que me abrazara todo el caudal del Moldava. Mientras me hundía en sus turbias aguas recordé la mirada cómplice de Stáña. Llegué al fondo del río. Y allí, con los ojos azul oscuro abiertos estaba Stáña. En sus manos apretaba con fuerza mi libreta con el carbón de mi lápiz describiéndola. Su belleza todavía intacta a pesar del disparo en el pecho.

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