Archivo mensual: noviembre 2010

Dudamos para decidir

En ocasiones dudamos para tomar una decisión que ya teníamos decidida mucho tiempo atrás. Ya sabéis que estoy preparando una media maratón. Para los menos expertos en el tema este de correr, una media maratón es justo la mitad de una maratón. Jeje, ahora en serio. Es una carrera de 21 kilómetros y 97 metros y casualmente la media maratón más antigua del mundo se corre en Elche. Yo soy de Alicante.

El sábado pasado, justo antes de empezar las 7 millas del entrenamiento de larga distancia, Mark, nuestro entrenador, me dijo que iba a preparar un grupo para correr un Ironman en el 2012 y que si me quería apuntar. Dudé hasta el punto de no responderle. Lo primero que pensé fue que era imposible que yo terminara un Ironman a pesar de haber sido algo que siempre he querido completar. Más que la propia competición lo que siempre he buscado es alguien que me entrene, tener una meta, un motivo, una inspiración. Tener un programa, una agenda. Un entrenamiento continuo. En definitiva, siempre he querido lo que me ofrecieron y no supe decir que sí me interesaba.

Mañana hago 8 millas y en cuanto llegue a las 6am a lugar de concentración le diré a Mark que me apunto al entrenamiento del Ironman.

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Los dos primeros toques de Sebas

A pesar de que mi hermano no me cree, un día, por allá en abril del 95, hice casi 300 toques con el balón. Hoy Sebas dio sus dos primeros.

Ver el video. Ojo que el video tiene grito sorpresa!

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La risa del dolor

No entiendo muy bien por qué cuando algo me duele, me río. Marcos es igual.

Ver el video

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Todo el día reunido

Qué aprendí? Muchas cosas que no puedo compartir.

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Me gusta esta canción

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Domingo

La semana va a ser larga. Lo más probable es que no escriba mucho. Hoy ya sentí la presión de lo que se avecina. Agobio total.

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Quiero ser piloto

En algún momento de mi vida quise ser piloto de aviones. No sé muy bien por qué, o de quién me vio esa afición pero el caso es que tendría unos 16 años cuando por un tiempo estaba empeñado en ser piloto.

No tiene sentido y mucho menos explicación. Nunca quise ser piloto de aviones comerciales, porque me mareo en cualquier tipo de vehículo. Me mareo en los barcos, también cuando despegan los aviones, y sobre todo en el asiento de atrás de un coche. Entonces, no entiendo muy bien por qué quería ser piloto. Pienso que la respuesta se aclara cuando recuerdo que lo quería es ser piloto de aviones de caza pero en realidad solo ayuda a tener más dudas. Odio la guerra y todo lo que tenga que ver con el ejercito.  No concibo haber querido ser piloto de guerra cuando, no solo que me sería imposible matar a alguien, sino que en mi vida me he peleado, nunca he golpeado a nadie.

Más allá de todos los argumentos físicos, ético o morales, el que prevalece por encima del resto es el vértigo. Me tiemblan las piernas en el segundo peldaño de una escalera. Se me agrandan los ojos cuando miro al vacío desde el balcón de un edificio alto. Me muero de miedo haciendo canoping en las copas de los árboles. Entonces, cómo pijo iba yo a pilotar un avión? Sin mirar por la ventana?

Hoy fuimos a ver los aviones a Homestead. Los niños alucinaron. Para que no se ilusionaran mucho les dije que a los soldados les vacunan todas las semanas, y que seguro ellos no querrían que les pincharan con una aguja bien grande cada siete días.

Las fotos del evento

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Me chocaron mi coche nuevo

Creo que no os había contado que me chocaron el coche nuevo. Sí, a la salida del cumpleaños de Frida, la hija de mi amigo Iván, aunque esto sea irrelevante. La cuestión es que me dieron por detrás. Claramente su culpa, pero dio igual porque el chico, un joven árabe, también irrelevante, no tenía seguro.

En realidad nunca supe si tenía o no seguro, ya da igual porque no se lo pedí. Me dio pena. Me dijo que me pagaría cash (en metálico) y le creí. Me dijo que me prometía ir pagando poco a poco, y le creí. Me dijo que si llamaba a la policía le quitaría la posibilidad de conducir porque era menor de edad y el seguro lo sacaría de la póliza, impidiéndole manejar. Me dio pena y le creí. Le tomé todos su datos: nombre, dirección, teléfono, número de licencia y le advertí que no me hiciera corretearlo. Me dijo que no, que me prometía que me pagaría todo el arreglo.

Le creí.

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El Mundo es un arco iris

El primer recuerdo que tengo del colegio, o en este caso un lugar de disciplina proporcionada por una profesora, es de una guardería estrecha y con olor a plastilina en Benidorm. Solo recuerdo estar sentado en un pupitre de madera, sólido, pesado, y esconderme a la salida en la esquina del local contiguo para hacer creer a mi tío que me había escapado. Tremenda seguridad tenía el lugar cuando dejaban salir solo a un niño de tres años y éste se escondía al final de la calle, solo, aunque ya lo dije, lo enfatizo. Solo.

Meses después nos mudamos a Mallorca, a Porto Cristo, donde pasa los veranos Rafael Nadal. Allí, me pusieron en un colegio de monjas donde subían a los niños a la mesa de la profesora y les bajaban los pantalones durante diez minutos, como castigo por haber levantado la falda a las niñas. No recuerdo más, bueno quizá que hablaban un idioma raro, catalán, y que lo odiaba, y que quizá por eso luego de mayor me resistí tanto a aprender. No recuerdo haber aprendido nada, de hecho después de un año en ese colegio infernal nos mudamos a Calas de Mallorca, donde empecé a ir al colegio de monjas de Son Maciá. Tampoco recuerdo haber aprendido nada allí. Sí recuerdo, para ser justos, que leía en unos libros viejos, y que me examinaban para contabilizar cuantas palabras leía por minuto. A pesar de que no tengo malos recuerdos, con lo cual podría seguir escribiendo de mis días en el colegio, en realidad de quién quería hablar era de Marcos y de Sebas.

Las cosas han cambiado. Antes ir al colegio era una actividad natural. Íbamos al colegio porque no nos podíamos quedar en casa, pero nada más. No había expectativas, no había metas, o al menos, ni mis padres ni yo las teníamos. El propósito de ir al colegio era solo llegar al curso siguiente, avanzar, no mirar atrás, aunque no se aprendiera nada. En el colegio Montesori donde tenemos a Marcos y a Sebas las cosas son distintas. Hay metas, hay parámetros, comparaciones, y expectativas. Los dos van bien, son un poco despistados, pero aprenden. Saben mucho más de lo que yo sabía a los cinco años, quizá seguro de lo que sabía a los ocho. Ayer estaba Marcos haciendo un ejercicio de figuras. Prismas cuadriculados, triangulares, pirámides cuadriculares, triangulares y esferas, y otra figura que no recuerdo como se llama. Me preguntó: “Papi, qué es esto?” Eso? Le dije…hummm…? Pfff, ni puta idea hijo, pensé. Déjalo para el final, por descalificación la acertamos. Consejo que me ha servido durante toda mi vida, pero que seguro no es el correcto. Se levantó y le preguntó a la profesora. Seguro esa es la manera correcta de resolverlo porque seguro hoy se acuerda como pijo se llama esa figura y yo, menos de 24 horas después, ya no me acuerdo.

En fin, que luego hicieron más ejercicios los dos muchachos. Ejercicios que en la vida se le hubieran ocurrido a aquellos profesores anticuados que tenía yo en Son Maciá, pero ejercicios tan buenos que te potencian todas las cuestiones motoras, de coordinación, cerebrales y musculares, de orientación y organización, y sin ni siquiera darte cuenta. Dos mil dólares bien empleados al mes, por los dos muchachos, para que aprendan, que se desarrollen. Los mejores dos mil dólares que empleamos al mes.

Al final de la demostración Marcos eligió su lección favorita: hacer pulseras con un trozo de hilo y bolitas de colores. Venga, manda huevos. Sí, sí, es muy bueno para la coordinación y la cuestión motora y todo eso, pero no deja de ser una pulsera. I love it papi!! Me dijo Marcos. Si m’hijo? Qué guay!!! A ver si me sale joyero al menos. Los mejores dos mil dólares que empleamos al mes.

La lección favorita de Sebas? Jugar con plastilina. Bien. Dos mil dólares.

Yo nunca aprendí que el Mundo es un arco iris, con muchos tipos de personas, y que se necesitan todas esas personas para que el Mundo gire. Si con estos dos mil dólares al menos aprenden una cosa, y esa cosa es entender al pie de la letra esta canción, esos sí serán los dos mil dólares que empleamos al mes.

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¿Vivimos todos deprimidos?

¿Nos os pasa que a veces sentís el día cuesta arriba? Literalmente. Desde que os levantáis, pareciera que el pasillo que conecta la habitación con el otro lado de la casa tuviese una inclinación de seis grados. Enseguida se almacenan todas las cosas que tengo que hacer en el día, una encima de la otra, sin excepción alguna. No solo las actividades grandes sino hasta los pequeños pero importantes detalles de lavarme los dientes o poner calzoncillos a los niños. A medida que las voy enumerando en mi cabeza, y las voy organizando siempre siendo consciente de los tiempos, voy sintiendo cada una de las actividades en mis hombros, cada una como un saco de cemento de 50 kilos. Hoy tengo uno de esos días.

Me desperté y fui al baño. Luego pensé todo lo que tengo que hacer. Despierta a Sebas, prepara las dos leches, busca la ropa para el cole mañana, prepara el desayuno para los dos, viste a Sebas, saca sus luncheras, ponle el hielo, busca tenedor, cuchara y cuchillo, busca dos servilletas, ponlo todo en la lunchera. Busca la pasta para ti, la ensalada, los cacahuetes, una pera, un tenedor y cuchillo, pon aceite, sal y pimienta para la ensalada, ponlo todo en tu lunchera. Pon agua en un cazo, echa dos huevos. Planta tu camisa, busca calzoncillos, calcetines y unos pantalones que no estén arrugados. Busca los zapatos. Pon las bolas para Oliver, abre una lata de comida blanda. Busca su plato en el patio, pero desactiva la alarma antes de abrir la puerta. Desactiva la alarma. Busca el plato. Abre la lata. Echa las bolas. Busca su cuchara de la pica de la lavandería. Mezcla la comida. Regresa la cuchara. Enjuaga la cuchara. Saca el plato al patio. Saca a Oliver al patio. Quita los huevos del fuego. Claro, puse antes los dos huevos en el fuego. Enfríalos con hielo. Báñate. Sécate. Vístete. Comete los dos huevos. Bebe un poco de zumo de naranja. Lávate los dientes. Ponte colonia. Busca la mochilla para el trabajo. Que esté la computadora dentro, las llaves de la oficina, las de mi coche, mi móvil. Pon la alarma. Vete al trabajo. Solo son las 8:15 de la mañana.  Porque hoy Lari llevó a los niños al cole, lo que supuso siete cosas menos que hacer antes de salir.

En alguna clase de las tantas que tomé de psicología, o quizá en alguna de esas que pagué aprendí que cuando enumeramos todas y cada una de las actividades que comprenden nuestro día es porque estamos deprimidos. Puede ser un principio de depresión, o simple y crudamente una depresión. ¿Será que vivimos deprimidos? ¿Será que siempre estamos deprimidos, con unos días mejores que otros, pero siempre deprimidos? Y que cuando tenemos un buen día, de esos que tampoco es que abunden es porque conseguimos salir de esa depresión. Quizá la vida así como la conocemos no es más que una vida de depresión, aunque no estemos diagnosticados con ella, y solo los que están mucho más jodidos son los que etiquetamos con depresión. Lo ideal sería no enumerar todas las cosas que tenemos que hacer en un día. Pensar las cosas, hacerlas, pero no enumerarlas. Sería genial.

El día ideal: al despertarnos pensar, esta noche me acuesto a las 11.

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