Archivo diario: Jueves, 4 noviembre, 2010

El Mundo es un arco iris

El primer recuerdo que tengo del colegio, o en este caso un lugar de disciplina proporcionada por una profesora, es de una guardería estrecha y con olor a plastilina en Benidorm. Solo recuerdo estar sentado en un pupitre de madera, sólido, pesado, y esconderme a la salida en la esquina del local contiguo para hacer creer a mi tío que me había escapado. Tremenda seguridad tenía el lugar cuando dejaban salir solo a un niño de tres años y éste se escondía al final de la calle, solo, aunque ya lo dije, lo enfatizo. Solo.

Meses después nos mudamos a Mallorca, a Porto Cristo, donde pasa los veranos Rafael Nadal. Allí, me pusieron en un colegio de monjas donde subían a los niños a la mesa de la profesora y les bajaban los pantalones durante diez minutos, como castigo por haber levantado la falda a las niñas. No recuerdo más, bueno quizá que hablaban un idioma raro, catalán, y que lo odiaba, y que quizá por eso luego de mayor me resistí tanto a aprender. No recuerdo haber aprendido nada, de hecho después de un año en ese colegio infernal nos mudamos a Calas de Mallorca, donde empecé a ir al colegio de monjas de Son Maciá. Tampoco recuerdo haber aprendido nada allí. Sí recuerdo, para ser justos, que leía en unos libros viejos, y que me examinaban para contabilizar cuantas palabras leía por minuto. A pesar de que no tengo malos recuerdos, con lo cual podría seguir escribiendo de mis días en el colegio, en realidad de quién quería hablar era de Marcos y de Sebas.

Las cosas han cambiado. Antes ir al colegio era una actividad natural. Íbamos al colegio porque no nos podíamos quedar en casa, pero nada más. No había expectativas, no había metas, o al menos, ni mis padres ni yo las teníamos. El propósito de ir al colegio era solo llegar al curso siguiente, avanzar, no mirar atrás, aunque no se aprendiera nada. En el colegio Montesori donde tenemos a Marcos y a Sebas las cosas son distintas. Hay metas, hay parámetros, comparaciones, y expectativas. Los dos van bien, son un poco despistados, pero aprenden. Saben mucho más de lo que yo sabía a los cinco años, quizá seguro de lo que sabía a los ocho. Ayer estaba Marcos haciendo un ejercicio de figuras. Prismas cuadriculados, triangulares, pirámides cuadriculares, triangulares y esferas, y otra figura que no recuerdo como se llama. Me preguntó: “Papi, qué es esto?” Eso? Le dije…hummm…? Pfff, ni puta idea hijo, pensé. Déjalo para el final, por descalificación la acertamos. Consejo que me ha servido durante toda mi vida, pero que seguro no es el correcto. Se levantó y le preguntó a la profesora. Seguro esa es la manera correcta de resolverlo porque seguro hoy se acuerda como pijo se llama esa figura y yo, menos de 24 horas después, ya no me acuerdo.

En fin, que luego hicieron más ejercicios los dos muchachos. Ejercicios que en la vida se le hubieran ocurrido a aquellos profesores anticuados que tenía yo en Son Maciá, pero ejercicios tan buenos que te potencian todas las cuestiones motoras, de coordinación, cerebrales y musculares, de orientación y organización, y sin ni siquiera darte cuenta. Dos mil dólares bien empleados al mes, por los dos muchachos, para que aprendan, que se desarrollen. Los mejores dos mil dólares que empleamos al mes.

Al final de la demostración Marcos eligió su lección favorita: hacer pulseras con un trozo de hilo y bolitas de colores. Venga, manda huevos. Sí, sí, es muy bueno para la coordinación y la cuestión motora y todo eso, pero no deja de ser una pulsera. I love it papi!! Me dijo Marcos. Si m’hijo? Qué guay!!! A ver si me sale joyero al menos. Los mejores dos mil dólares que empleamos al mes.

La lección favorita de Sebas? Jugar con plastilina. Bien. Dos mil dólares.

Yo nunca aprendí que el Mundo es un arco iris, con muchos tipos de personas, y que se necesitan todas esas personas para que el Mundo gire. Si con estos dos mil dólares al menos aprenden una cosa, y esa cosa es entender al pie de la letra esta canción, esos sí serán los dos mil dólares que empleamos al mes.

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