Archivo diario: Jueves, 12 agosto, 2010

Los helados de España

¡Ahh el verano! Mi época favorita del año. Con el verano llega el calor, las vacaciones, la playa y la piscina, pero también con el verano siempre llegaron Los Helados. También conocidos en España como los polos, esta maravillosa invención china fue siempre el mejor regalo para todos los jóvenes españoles que comíamos la paella el domingo, acalorados y sudorosos, ante el intento fallido de refrescarnos con ventilador de la abuela.

El postre español por excelencia. Favorito en mi casa desde hace ya más de tres generaciones. Una comida sin helado de postre es un sacrilegio para mi padre, que a pesar de ya no ser muy practicante, esa costumbre no se la quita ni Dios. Mi debilidad, un buen helado de chocolate y-o cualquiera de sus ya sofisticadas variantes.

Recuero comprar por 25 pesetas aquellos que eran puro hielo en un trozo de plástico. Mordías arriba e ibas chupando. Al final se derretía todo quedando un líquido frío maravilloso. (Si alguien recuerda el nombre… se me fue). Luego Frigo los sofisticó creando el Calipo de fresa y de limón. Mi favorito en los ochenta era el Almendrado, que luego lo hicieron super. El negrito era el de mi padre. A mi hermana le gustaba Frigo pie. Nunca me gustaron ni el pie, ni el dedo. Pero sí recuerdo viciarme al Twister. Alguna vez comíamos el helado de Coco o de limón, de la Menorquina. De la Camy no recuerdo muchos y las fotos son muy pequeñas. Menos de Avidesa y creo que nunca probé los de Miko.

El helado que me cambió la vida fue el Magnum. Primero el de chocolate y más tarde, creo que al verano siguiente, el de chocolate blanco. Cuando salió costaba 100 pesetas, un dineral para ese entonces. No recuerdo bien si era mi paga diaria o semanal, pero que era mi paga, era. Ese verano dejé de jugar a las máquinas (maquinitas o arcade para otros), todo el dinero que me daban me lo gastaba en el magnum de chocolate blanco. Nunca más volví a jugar a las maquinitas, y a pesar de que era flaco como un palillo parece que ya desde entonces fui asentando los cimientos de mi exitosa barriga.

Los helados del verano siempre los guardaré en mi memoria como uno de los acontecimientos que marcó nuestra juventud en España. Todavía hoy, siempre que me como un helado con paleta (o palo) me transporto a esos días de verano, sentado en una silla de plástico en cualquier restaurante de Mallorca, con toda mi familia saboreando el escurridizo helado muñeca abajo. ¡Vivan los polos joder!

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