El túnel de Ernesto Sábato

Obviamente no he matado a nadie y espero no hacerlo nunca. Empezaré por decir que estas características las he visto en muchos de mis amigos y conocidos sin distinguir ningún tipo de nivel cultural, nacionalidad o raza. En unos más presentes que en otros, pero creo que muy pocos se salvan de esta comparación con Juan Pablo Castel. De lo que sí estoy seguro es que todos tenemos la capacidad de vernos reflejados en el tormentoso personaje de El Túnel, aunque haya sido en algún momento de nuestras vidas, como si fuese un defecto que llevamos por dentro y solo se descubre en los momentos más oscuros de nuestras vidas.

Sin preámbulo y ningún tipo de orgullo, al contrario, con vergüenza de haberme visto en este tipo de situación, os presento al pobre infeliz Juan Pablo Castel, protagonista de El Túnel de Ernesto Sábato. Enamorado de María, mujer casada con Allende, con la que tiene una relación amorosa.

 …me has hablado en una oportunidad de un tal Richard, que no era, ni primo, ni amigo de la familia, ni tu madre.
– Pobre Richard –comentó María dulcemente.
– ¿Por qué?
– Sabés bien que se suicidó y en cierto modo yo tengo algo de culpa. Me escribía cartas terribles, pero nunca pude hacer nada por él. Pobre, pobre Richard.
– Me gustaría que me mostrases alguna de esas cartas.
– ¿Para qué, si ya ha muerto?
– No importa, me gustaría lo mismo.
– Las quemé todas
– Podrías haber dicho de entrada que las habías quemado. En cambio me dijiste <<¿para qué, si ya ha muerto?>>. Siempre lo mismo. Además,  ¿por qué las quemaste, si es que verdaderamente lo has hecho? La otra vez me confesaste que guardás todas tus cartas de amor. Las cartas de Richard debían de ser muy comprometedoras para que hayas hecho eso. ¿O no?
– No las quemé porque fueran comprometedoras, sino porque eran tristes. Me deprimían.
– ¿Por qué te deprimían?
– No sé… Richard era un hombre depresivo. Se parecía mucho a vos.
– ¿Estuviste enamorada de él?
– Por favor…
– ¿Por favor qué?
– Pero no, Juan Pablo. Tenés cada idea…
– No veo que sea descabellada. Se enamora, te escribe cartas tan tremendas que juzgás mejor quemarlas, se suicida y pensás que mi idea es descabellada. ¿Por qué?
– Porque a pesar de todo nunca estuve enamorada de él.
– ¿Por qué no?
– No sé, verdaderamente. Quizá porque no era mi tipo.
– Dijiste que se parecía a mí.
– Por Dios, quise decir que se parecía a vos en cierto sentido, pero no que fuera idéntico. Era un hombre incapaz de crear nada, era destructivo, tenía una inteligencia mortal, era un nihilista. Algo así como tu parte negativa.
– Está bien. Pero sigo sin comprender la necesidad de quemar las cartas.
– Te repito que las quemé porque me deprimían.
– Pero podías tenerlas guardadas sin leerlas. Eso solo prueba que las releíste hasta quemarlas. Y si las releías sería por algo, por algo que debería atraerte a él.
– Yo no he dicho que no me atrajese.
– Dijiste que no era tu tipo.
– Dios mío, Dios mío…

…Un día decidí aclarar el problema Allende. Comencé preguntándole por qué se había casado con él.
– Lo quería –me respondió.
– Entonces ahora no lo querés.
– Yo no he dicho que haya dejado de quererlo –respondió.
– Dijiste <<lo quería>>. No dijiste <<lo quiero>>.
– Hacés siempre cuestiones de palabras y retorcés todo hasta lo increíble –protestó María-. Cuando dije que me había casado porque lo quería no quise decir que ahora no lo quiera.
– Ah, entonces lo querés a él –dije rápidamente, como queriendo encontrarla en falta respecto a declaraciones hechas en interrogaciones anteriores. Calló. Parecía abatida.
– ¿Por qué no respondés? –pregunté.
– Porque me parece inútil. Este diálogo lo hemos tenido muchas veces en forma casi idéntica.
– No, no es lo mismo que otras veces. Te he preguntado si ahora lo querés a Allende y me ha dicho que sí. Me parece recordar que en otra oportunidad, en el puerto, me dijiste que yo era la primera persona que habías querido…
– …¿qué contestás a eso? –volví a interrogar.
– Hay muchas maneras de amar y de querer –respondió, cansada-. Te imaginarás que ahora no puedo seguir queriendo a Allende como hace años, cuando nos casamos, de la misma manera.
– ¿De qué manera?
– ¿Cómo, de qué manera? Sabés lo que quiero decir.
– No se nada.
– Te lo he dicho muchas veces.
– Lo has dicho, pero no lo has explicado.
… María me miró tristemente.
– Bueno, dejemos de lado esta contradicción –proseguí-. Pero volvamos a Allende. Decís que lo querés como a un hermano. Ahora necesito que me respondás a una sola pregunta: ¿te acostás con él?
– ¿Es necesario que responda también a eso?
– Sí, absolutamente necesario.
– Me parece horrible que me interrogués de este modo.
– Es muy sencillo: tenés que decir sí o no.
– La respuesta no es tan simple: se puede hacer y no hacer.
– Muy bien –concluí fríamente-. Eso quiere decir que sí.
– Muy bien: sí.
– Entonces lo deseás.
– He dicho que me acuesto con él, no que lo desee.
– ¡Ah! –exclamé triunfalmente-. ¡Eso quiere decir que lo hacés sin desearlo pero haciéndole creer que lo deseás!
– Yo no he dicho eso.
– Porque es evidente que si demostrases no sentir nada, no desearlo, si demostrases que la unión física es un sacrificio que hacés en honor a su cariño, a tu admiración por su espíritu superior, etcétera, Allende no volvería a acostarse jamás con vos. En otras palabras: el hecho de que siga haciéndolo demuestra que sos capaz de engañarlo no sólo acerca de tus sentimientos sino hasta de tus sensaciones. Y que sos capaz de una imitación perfecta del placer.
– Sos increíblemente cruel.
– Dejemos de lado las consideraciones de formas: me interesa el fondo. El fondo es que sos capaz de engañar a tu marido durante años, no solo acerca de tus sentimientos sino también de tus sensaciones. La conclusión podría inferirla un aprendiz: ¿Por qué no has de engañarme a mí también?

No soy tan exagerado, espero.
 

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Archivado bajo Cuento, Reflexión, Relato

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